PREFACIO
El olor a humedad, pólvora y traición flotaba en el aire pesado de la noche neoyorquina. La lluvia golpeaba con una violencia implacable contra los cristales reforzados del cuartel general de la T.E.M.F., tiñendo las luces de la ciudad con un tono distorsionado, casi sangriento. En el epicentro de ese laberinto de acero y secretos oficiales, la Teniente Avon Williams se mantenía de pie frente a la enorme pantalla de operaciones tácticas. El uniforme operativo se ajustaba a sus curvas como una segunda piel de cordura y peligro, pero por dentro, la calma era una fachada a punto de agrietarse. La misión en la facultad bajo la identidad de Amanda Presley había concluido, pero la verdadera pesadilla apenas comenzaba. Los informes sobre la mesa no mentían: la misma agencia que juró protegerla la había arrojado a los lobos. Una red de falsedad institucional la rodeaba; los enemigos no solo vestían chaquetas con las insignias de los Latin Kings o trajes caros de la mafia rusa, sino también uniformes con medallas al valor.
El sonido de unas botas militares resonó contra el suelo de porcelana, rompiendo el silencio sepulcral del ala restringida. Avon no necesitó girarse para saber de quién se trataba. La energía densa, asfixiante y cargada de una lascivia mal disimulada delató al Coronel Connors antes de que su sombra se proyectara sobre la pantalla.
—Siempre tan dedicada, Teniente —la voz de Connors, áspera y modulada con una falsa condescendencia, le erizó los vellos de la nuca—. O debería decir... Amanda.
Avon apretó los puños, manteniendo la vista al frente, ignorando deliberadamente la proximidad del hombre que se suponía era su superior, pero que en los últimos meses se había convertido en su sombra más retorcida. El Coronel no buscaba justicia; buscaba posesión. Se detuvo a escasos centímetros de ella, violando cualquier espacio personal, permitiendo que el calor de su cuerpo invadiera el espacio de la teniente. Su mirada, cargada de una obsesión que rozaba la locura, recorrió el perfil de Avon, deteniéndose en la tensión de su mandíbula y en el sutil subir y bajar de su pecho bajo el chaleco táctico.
—La misión terminó, Coronel —respondió ella, con una voz de hielo que ocultaba la tormenta interna—. Los datos de la infiltración están listos. Exijo que se me retire del campo inmediatamente.
Connors soltó una carcajada baja, un sonido oscuro que provocó un escalofrío en la columna de Avon. Él dio un paso más, acorralandola contra el borde de la mesa de metal. Sus manos, toscas y curtidas por los años de servicio, se apoyaron a ambos lados de las caderas de la joven, atrapándola en un espacio confinado donde el morbo y el deseo prohibido se mezclaban con el peligro mortal.
—¿Retirarte? Oh, mi dulce Avon, todavía no entiendes cómo funciona este juego —susurró Connors, inclinándose tanto que sus labios casi rozaron el lóbulo de la oreja de la teniente—. Fuiste una pieza perfecta. Creíste que limpiabas las calles mientras tus superiores firmaban los contratos por debajo de la mesa. Estás sola. La T.E.M.F. te ha dejado sin salida. Tu cabecita tiene un precio en el bajo mundo, y la única forma de mantenerte con vida es que te quedes aquí... conmigo. Bajo mi completa custodia.
El asco y la adrenalina se dispararon en la sangre de Avon. Podía sentir la futilidad de su posición, la inmensa red de enemigos que se cernía sobre ella fuera de esas paredes, y la amenaza inmediata de un hombre cegado por la lujuria institucional. Connors deslizó una de sus manos desde la mesa hasta el muslo de ella, apretando con una fuerza posesiva, buscando la sumisión que tanto ansiaba.
El morbo de la situación, el peligro implícito de ser consumida por el sistema corrompido, la hizo jadear. Sin embargo, antes de que el Coronel pudiera reclamar algo más, las luces del cuartel parpadearon con violencia.
Un zumbido sordo recorrió las instalaciones. Las pantallas táctiles se tiñeron de n***o antes de mostrar una única señal parpadeante: un pentágono estilizado, goteando en un rojo virtual. KROV.
El agarre de Connors se congeló. El pánico sustituyó la lujuria en sus ojos cuando las alarmas silenciosas comenzaron a activarse en cascada. El sistema de máxima seguridad de la T.E.M.F. estaba siendo desmantelado desde el exterior con una facilidad pasmosa, como si las cerraduras electrónicas no fueran más que juguetes en manos de un dios caprichoso. Avon aprovechó el instante de duda para empujar al Coronel con fuerza, ganando distancia mientras su corazón golpeaba su caja torácica con un ritmo desbocado. Ella conocía esa firma digital. Sabía perfectamente quién poseía el poder absoluto para poner de rodillas a la agencia de seguridad más avanzada del país.
Las puertas reforzadas del ala de comando se abrieron con un siseo neumático. La densa neblina del aire acondicionado de los servidores inundó el pasillo principal, creando una atmósfera mística, casi fantasmal. Y de entre la penumbra, emergió la figura que hacía temblar los cimientos del orden público y el desorden clandestino.
Hedeon Kozlov caminaba con una elegancia que desafiaba el caos que acababa de desatar. Su blazer oscuro estaba impecablemente cortado, ajustándose a sus hombros anchos; las manos, cubiertas por guantes de piel negra, reposaban con una calma aterradora a los costados de su cuerpo. A su alrededor, el aire pareció congelarse. Su sola presencia irradiaba una mezcla letal de poder político, control absoluto y una depravación sofisticada que eclipsaba por completo la burda obsesión del Coronel Connors. Los ojos de Hedeon, fríos como el invierno ruso, ignoraron olímpicamente los cañones de las armas automáticas de los guardias de seguridad que yacían en el suelo, neutralizados por su equipo táctico de la KROV sin disparar un solo tiro. Su mirada magnética se clavó directamente en Avon.
Connors, recuperando la postura a trompicones, desenfundó su arma de reglamento, apuntando directamente al pecho del Ministro.
—¡Kozlov! Estás cometiendo un acto de guerra contra el Estado —rugió el Coronel, aunque el sudor frío que corría por su frente delataba su pánico—. No saldrás vivo de este edificio.
Hedeon no se inmutó. Ni siquiera miró el cañón que lo amenazaba. Dio un paso seguro, el eco de sus zapatos resonando con una cadencia hipnótica. Su rostro, una escultura de facciones duras y perfectas, mantuvo un estoicismo imperturbable. Detrás de él, dos de sus hombres de confianza de la KROV flanquearon la entrada, con las armas listas, bloqueando cualquier intento de escape o refuerzo. El mundo sucio que Avon tanto temía se había materializado en esa habitación, dividiéndose entre los falsos protectores y el demonio que prometía una salvación pecaminosa.
—Un hombre con las manos tan sucias como las tuyas, Connors, no debería hablar de legalidad —la voz de Hedeon emergió desde lo profundo de su pecho, un barítono aterciopelado pero cargado de una amenaza letal que hizo eco en las paredes de metal—. Sé de tus negocios con las petroleras del viejo presidente, sé cómo usaste a los Latin Kings para presionar el mercado, y sé perfectamente lo que estabas intentando hacer con lo que me pertenece.
El Coronel palideció, la base de sus mentiras desmoronándose bajo el peso de los secretos que el Rey de la KROV manejaba con tanta soltura. Hedeon levantó una mano enguantada, haciendo una sutil seña. En cuestión de segundos, los sistemas de comunicación emitieron las grabaciones que hundirían a Connors y a la cúpula de la T.E.M.F. en un escándalo irreversible. El "boom" de falsedad había estallado. La red de enemigos que rodeaba a Avon se volvía visible, dejándola en medio de un fuego cruzado donde la única constante era el peligro absoluto.
Hedeon avanzó un paso más, reduciendo la distancia con Avon. El deseo y la lujuria que existían entre ellos, una adicción forjada en habitaciones oscuras, encajes negros y sumisión mutua, resurgió con una fuerza devastadora en medio de la crisis. La tensión erótica era tan densa que opacaba el olor a ozono de los circuitos quemados. Avon lo miraba con una mezcla de furia, alivio y una inevitable sumisión a la realidad: estaba rodeada de enemigos, su placa ya no significaba nada, y el único hombre capaz de mantenerla a salvo en este tablero corrompido era el monstruo que vestía de diseñador frente a ella.
Connors intentó moverse, pero un disparo preciso a sus pies, cortesía de los hombres de Hedeon, lo obligó a retroceder y caer de rodillas, desarmado y derrotado en su propio territorio. La humillación del Coronel era total, un reflejo de lo que ocurre cuando un simple peón intenta jugar en la liga de los reyes.
Hedeon se detuvo justo frente a Avon. El calor que emanaba de su cuerpo la envolvió, rompiendo el frío del laboratorio y de la traición institucional. Él inclinó levemente la cabeza, sus ojos oscuros recorriendo el rostro pecoso y castaño de la mujer que obsesionaba sus noches y dominaba sus planes. Con una lentitud exasperante y morbosa, Hedeon levantó su mano derecha y, con el dorso de sus dedos enguantados, delineó suavemente la línea de la mandíbula de Avon, un toque que demandaba propiedad, una promesa de que el dolor y el placer volverían a entrelazarse bajo sus propias reglas.
Avon sostuvo la mirada, sus pestañas tiesas por la adrenalina, comprendiendo que el mundo se había vuelto demasiado sucio para la justicia, y que su única opción para sobrevivir a la marea de enemigos que se avecinaba era aceptar la alianza con el Rey del Pentágono. La red de mentiras se había roto, dejándola desnuda ante su destino.
Hedeon sonrió con una frialdad cínica, la misma sonrisa de superioridad con la que gobernaba su imperio, y se inclinó hacia ella, permitiendo que su aliento rozara sus labios antes de pronunciar las palabras que sellarían su pacto de sangre y deseo en esta nueva era de pecado.
—Te dije que esta vez todo sería a mi modo, muñequita.