Su miedo era tan grande y sus ganas de morir lo eran mucho más. Ezra se había dado la vuelta y la había dejado sola para que admirara el bello arte de su trabajo, pero Arlene no lo pudo soportar y se desmayó.
—Súbanla a la camioneta —ordenó Ezra mientras sus hermanos se limpiaban la sangre de sus rostros que habían salpicado los cuerpos al ser atravesados por las balas.
—Excelente trabajo hermanos —dijo Daniel con una gran sonrisa.
Todos asintieron y subieron a sus camionetas y sus chalanes se quedaron a limpiar el parque de diversiones. Ezra entendía que todo debía de salir bien y para que eso fuese así, siempre debía deshacerse de las piedritas que calaban y el Bola era un maldito ladrillo en su camino al igual que lo era el Chelo quien mató aquella noche cuando Arlene era trasladada a la hacienda Villa Santa que era el hogar del Cartel De Las Sombras y su centro de operaciones, además de otras propiedades que tenían.
Sus terrenos eran muchos y cada uno tenía una función diferente. En Puebla, Colima, Veracruz y en otros lugares tenían pistas donde las avionetas despejaban y volaban hacia diferentes partes del mundo transportando drogas y armas. En Estados Unidos era más su actividad ya que ahí el negocio del narcotráfico era muy bueno al igual que en Colombia, pero la policía hace tiempo que estaba detrás de los hermanos, pero era claro que ellos solo actuaban de noche cuando se trataba de salir a la ciudad, pero cuando era de día mantenían un perfil muy bajo y discreto.
—Hermano, malas noticias —informó Thiago por la radio tragando saliva y cerrando los puños—, derribaron al pájaro.
...
Los disparos sonaban fuertes, escuchaba gritos de terror y sufrimiento. Estaba en un pasillo largo y oscuro mientras que al final había una luz que se encendía y se apagaba, pero en realidad eran los disparos. Tenía miedo y hacia tanto frio que le calaba hasta los huesos, no veía nada más que los disparos a la distancia.
—No, por favor —decía ella temblando. Los disparos y gritos se hacían más fuertes con forme se acercaba y no podía soportarlo.
Corrió rápido, tenía que ayudar a esas personas, salvarlas de esos malditos asesinos. Entró a la habitación y se encontró en el comedor donde todos los hombres estaban muertos en sus asientos y con la garganta cortada. Miró hacia un lado y vio una figura delgada con una metralleta en sus manos, Arlene sintió mucho coraje, se acercó y jaló del brazo de aquella persona.
—No… —susurró ella retrocediendo con miedo. A delante estaba alguien igualita a ella, pero no era alguien, esa persona era ella misma. Tenía un saco grande n***o una cachucha del mismo color y una sonrisa macabra.
—No... Yo...
No podía articular palabra alguna, ella no era incapaz de haberlos matado. Detrás de su doble apareció una sombra en la oscuridad que se fue acercando hasta besar el cuello de su doble y sonriendo con picardía. Su doble tan solo sonrió ante las caricias de Ezra en su cara y cuello.
—Es un sueño, es un... —se comenzó a decir ella misma.
Cerró los ojos y los abrió al sentir un aliento cálido en su cuello.
—No es un sueño, es la realidad... —le susurró Ezra.
...
—¡Noooo! —se levantó gritando y sudando en frio.
Se tocó la cara y el cuello como si aun sintiera las manos de aquel criminal sobre su piel. Miró a todos lados asustada, ya era de noche y la luz de las lámparas del patio entraban por las ventanas que no tenían cortinas. Se levantó de la cama y se dio cuenta de que no está en la misma habitación, esta era mucho más pequeña con tan solo una cama y ya. Un baño, pero ni puerta tenía solo una cortina.
Había solo dos ventanas pequeñas en la parte superior de la pared derecha, el piso era de cemento y nada adornaba la habitación.
—¡No! ¡No, por favor! ¡No otra vez! —gritó ella llevándose las manos a la cabeza.
De nuevo estaba encerrada, pero ¿cuál era la diferencia? Ellos jamás la dejarían libre. ¿Qué esperaba? Eran asesinos y unos cabrones, jamás la dejarían libre porque ya conocía sus rostros, sus nombres, el lugar donde se escondían y aunque, no sabía la ubicación, sabía que era apartado de la civilización. Después de unos minutos cayó en la cuenta de su realidad... Jamás saldría de ese lugar, ellos no eran estúpidos como para dejarla libre ya que eso era muy peligroso para ellos.
La puerta se abrió y ella por instinto retrocedió. Se limpió las lágrimas y miró con odio a Chore, el muchacho que la llevó a la habitación cargando cuando recién llego.
—El jefe quiere que comas algo —dijo él arrojando un plato con sopa de arroz roja.
—No quiero —respondió ella haciéndose la fuerte.
—Ese es tu problema —el muchacho sonrió, después salió de la habitación y cerró la puerta—, yo que tú comía, al jefe le gustan las perras obedientes.
Ella indignada le iba a gritar de cosas, pero era tarde, se había quedado sola en la habitación. Pasaron alrededor de quince minutos cuando la puerta se volvió a abrir y entró Ezra con su vestimenta de siempre. Su chaqueta negra, jeans, sus botas etc.
—No has tocado tu comida.
—No quiero —respondió ella sentada en la cama. Tenía la misma ropa que hace un rato ya que tan solo habían pasado unas horas desde que ocurrió la masacre.
—Tienes que comer —dijo él con toda la paciencia del mundo.
—No quiero —volvió a decir ella entre dientes—. ¡Eres un maldito! ¡Dijiste que me dejarías libre!
—Eso era antes de que desobedecieras, te dije que te quedarás cerca y en lugar de eso estabas con un hombre en la sala de cuadros —le respondió él con voz tranquila.
—Él se me hecho encima —responde ella llorando y llevándose las manos a la cara—, ese asqueroso...
—Ya está muerto —dijo él con voz suave y angelical—, no podrá hacerte daño.
Se sentó a lado de ella en la cama y le acarició la mejilla cuando ella se descubrió el rostro.
—Me quiero ir a casa...
—No puedo.
—Déjame ir, yo no diré nada, puedo irme sola... —decía ella con voz débil.
—No puedo.
—¿Por qué?
—No lo sé —admitió él con la mirada vacía. Mira hacia el plato de comida y luego a ella—, tienes que comer.
—No quiero.
—Tienes que comer —le repitió esta vez con la voz más dura.
Ella guardo silencio a causa del miedo que no le permitía articular palabra. Él sonrió de lado, se le acercó y ella bajó de la cama yéndose a una esquina donde él la acorraló.
—No me gusta que me reten cariño —le dijo con la voz gruesa, parecía un demonio y así lo sentía ella que trataba de quitárselo de encima.
—Por favor...
—Vas a comer y si te portas bien podrás salir.
Ezra retrocedió un paso y puso su mano en el abdomen de ella donde estaba la herida de bala. Arlene sintió dolor y se pegó más a la pared.
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó tomándola por sorpresa, ella sabía a qué se refería, pero tenía miedo de contestar y él lo notó.
Se acercó más a ella y la tomó de la cintura, su cuerpo era perfecto y tenía que reconocerlo. Sus curvas se marcaban bien con ese vestido que aún tenía. Acercó sus labios poco a poco hacia los de ella atraído por su belleza.
—¡Suéltenme! ¡Por favor! ¡Ayuda! —se escuchó una voz proveniente del pasillo que se alcanzaba a ver porque la puerta estaba abierta.
Arlene se separó inmediatamente de Ezra rodeándolo, tenía enfrente de ella la puerta abierta.
—Ni se te ocurra —le advirtió él con la voz firme, pero un defecto que tenía Arlene era que nunca obedecía.
Comenzó a correr y salió rápido cerrando la puerta detrás de si dejando a Ezra encerrado.
—¡Sacadme de aquí! ¡Vuelve! —gritó Ezra, pero Arlene ya estaba corriendo hacia la voz que pedía ayuda que había reconocido enseguida.
—¡Eduardo! ¡Eduardo!
Lo estaban metiendo en otra habitación unos hombres. Arlene tomó un palo que estaba en el piso y corrió golpeando al primero, el segundo volteó y recibió uno en la cara. Eduardo estaba golpeado en el piso y lloraba como niño pequeño. Estaban al parecer en una construcción de un solo piso y solo había pocas lámparas.
—Eduardo —Arlene lo abrazó y él retrocedió asustado, pero al reconocerla le sonrió y se levantó enseguida.
—¿Qué está pasando Arlene?
—Tenemos que irnos —dijo ella tomándolo de la mano y corriendo.
Al final de un pasillo se escucharon pasos, Ezra debió de haber llamado a sus hombres por su radio que siempre llevaba consigo.
—Por acá —dijo ella corriendo al lado contrario de los pasos, había muchos cuartos y todos eran igual.
—Ahí dentro —exclamó Eduardo.
En un cuarto había una ventana sin vidrio, podían salir por ahí. Esperanzados entraron y les llegó el fresco aire de la noche.
—Vamos, súbeme —dijo Arlene lista para ser libre.
—¿Qué? No, primero súbeme a mí.
Ella volteó los ojos y lo subió rápido, pero era un poco lento y para cuando él ya estaba afuera las voces se escucharon más cerca.
—¡Eduardo, súbeme!
Pero el chico ya había agarrado carrera dejándola abandonada.
—¡Eduardo! ¡Eduar...!
—¡Ahí estas!
Chore la tomó de los brazos para que no se fuera a escapar, pero ella no tenía ya esa intención. Las lágrimas salieron de sus ojos con mucha tristeza, ese estúpido la había dejado tirada por segunda vez. No valía la pena y ahora lo entendía. Si lo hubiera dejado en estos momentos ella ya seria libre.
—Déjenme sola con ella y vallan por el mocoso —ordenó Ezra entrando al cuarto.
Todos salieron y Arlene miró hacia abajo, luego volteó hacia la ventana por donde pudo haber salido ella misma poniendo un banco o lo que sea que encontrara sin ayuda de ese maldito cobarde.
—Eres inteligente —habló Ezra con una sonrisa tomándola del brazo—, pero déjame decirte que tu novio no ira a ningún lado.
—¡No me importa! —gritó ella zafándose de su agarre— ¡Mátalo si quieres, me da igual! Mátame a mí también ¿para qué tenerme aquí? Yo no te sirvo de nada...
Soltó el llanto y cayó de rodillas por un fuerte dolor de su reciente herida de bala.
—Ya no me importa... —susurró Arlene siendo escuchada perfectamente por aquel tipo. Luego comenzó a toser sangre y se tocó la herida con mucho dolor. Estaba sangrando y mucho, las puntadas se le habían abierto.
—¡No! ¡No!
Ezra la levantó y la cargó en sus brazos, ella soltó un grito de dolor y Ezra corrió con ella. Salió de la construcción y corrió entre los árboles hasta llegar a la hacienda que tan solo estaba a algunos metros y aquel lugar de donde acababa de salir era donde tenía a la gente que él y sus hermanos capturaban.
Entró y la subió rápido a su habitación de él.
—¡Barbara!
La dejó sobre la cama mientras Arlene se retorcía de dolor. Barbara llegó enseguida con el botiquín y comenzó a cortar el vestido hasta dejar al descubierto su abdomen. Quitó la venda y al ver la herida volteó hacia su jefe.
—Ezra —dijo ella—, no puedo sedarla se acabó el medicamento, los antibióticos —mientras habló Ezra se enojó mucho más—, y si no le curo la herida... Se morirá de una hemorragia y la herida está a inicios de infectarse.
—Me duele mucho —dijo Arlene llorando—, por favor hagan que pare ¡por favor!
—Haz lo que sea Barbara ¡vamos!
—Pero no hay anestesia sería muy doloroso si...
—¡Solo hazlo! —gritó él y ella obedeció.
Comenzó a sacar lo necesario para abrirle la herida y limpiarla como es debido. La enfermera le cortó los hilos y Arlene gritó pues Barbara tenía que sacarle todos los hilos y volverla a coser.
—Ezra ¿qué pasa? —preguntó Thiago en la entrada de la habitación.
—Nada.
—Daniel ya llego a Colombia —avisó Thiago sin quitarle la mirada a la chica en la cama—, la avioneta que derribaron en Miami fue encontrada por los de la policía. Pero la mercancía fue rescatada por Piraña quien llegó primero.
—¿Entonces no hay evidencia contra nosotros?
—No —afirmó Thiago volteándolo a ver a su hermano a los ojos—, pero...
—¿Pero?
—El teniente Derricks de la policía está detrás de nosotros —respondió y Ezra apretó los puños.
—Por la mañana nos encargaremos de eso —dijo Ezra volteando a ver a la chica—. Dile a Gerardo que se lance rápido a la comisaria.
—¿A quién vamos a sacar?
—Al Pepe nuestro socio, llévate a Esteban también —dijo sonriente—, y a como dé lugar sáquenlo.
Thiago asintió distraído mirando a Arlene gimiendo de dolor, Barbara todavía no terminaba de quitarle los hilos.
—¡Vamos! —le gritó Ezra a su hermano menor, después cerró la puerta y se sentó a lado de Arlene y le miró a los ojos tomándole la mano—. No te quiero mentir. Va a doler como el infierno.
Ella abrió los ojos mientras apretaba la mano de Ezra con miedo.
—¡Pero eh! Estarás bien —su voz sonaba tan sincera que Arlene cerró los ojos y asintió. Por un momento sintió confianza, pero su instinto aun le decía que tuviera cuidado.
Barbara sintió algo dentro de ella, envidia, esa chica estaba recibiendo toda la atención de Ezra. Dejó caer el alcohol en la herida y Arlene soltó un grito tan fuerte que Ezra cerró los ojos con enojo.
—¡Barbara, ten cuidado! —le gritó Ezra enojado.
—Duele —dijo Arlene llorando.
—Lo sé —le respondió él—, pero tendrás que confiar, ¿confiarás en mí?
Ella dudó un poco ¿Que le decía? Era obvio que no le tenía confianza y mucho menos como para confiarle su vida, pero tenía que ser cuidadosa con sus palabras si quería seguir viva.
—Sí —logró decir con firmeza para convencerlo.
—Entonces todo saldrá bien —ella asintió mientras dos lagrimas se le salían de los ojos.
—Bien.
Ezra le lanzó una mirada a Barbara y ella comenzó a limpiarle por dentro de la herida.
Entonces los gritos no se hicieron esperar.
...
—Teniente Derricks —llegó una mujer a la oficina del apuesto hombre—, soy la agente Montero, Alicia Montero.
—Mucho gusto —dice él hombre estrechando su mano—, supongo que ya le platicaron el asunto.
—No exactamente —dice ella tomando asiento.
—Nuestro objetivo: El Cartel de las Sombras, nuestra prioridad: capturarlos vivos... O muertos.
—Delo por hecho —dijo ella con una gran sonrisa, pues de todo su equipo ella era la mejor y a lado del agente Derricks lo sería mucho más—, ¿por dónde empezamos? —cruzó sus piernas y su pantalón n***o pegado a su cuerpo la hizo lucir más sexy de lo que ya era.
—Por Arlene Guerra —le respondió pasándole una carpeta con toda la información de la chica—. Ella nos ayudara.