No quiero perderlos
VERÓNICA
—¿Me ayudas?—, se queja Orlando. Lleva dos cajas grandes en los brazos. Contengo la risa mientras le abro la puerta. Orlando y yo vamos a abrir la panadería solos hoy, ya que Laura tiene un día muy ajetreado en la universidad.
Se está preparando para su primer examen de Derecho.
Orlando deja caer las cajas de masa sobre el mostrador suspirando.
—J0der, qué pesadas.
—Cuando mis bebés desarrollen el oído en el útero, te cortaré la lengua—. Abre mucho los ojos mientras me mira fijamente.
—El embarazo te ha vuelto malvada—, bromea.
—Ve a preparar los pasteles—, lo regaño. Murmura entre dientes mientras se pone un delantal.
Hoy trabajaré en la caja hasta que tenga que irme a mi cita de la ecografía. Mi ecografía de la semana trece. El médico solo va a comprobar lo básico.
—Te he hecho un donut—, dice Orlando con una sonrisa al salir de la trastienda. —Lleva virutas de colores y fresas. Tu favorito.
Mis ojos se posan en el bollo que tiene en las manos. Se me hace la boca agua al instante. Siento que mis ojos se abren como suplicando. Él se ríe entre dientes mientras me lo entrega.
—Muchísimas gracias—. Mis labios se curvan en una gran sonrisa.
Mi estómago gruñe mientras me como el donut, lo que provoca las risitas de Orlando.
Suena el timbre de la puerta de la panadería, anunciando al primer cliente del día. Dejo el donut y esbozo una amplia sonrisa para saludar a nuestros clientes.
—Hola, ¿qué les puedo servir?—. La pareja de ancianos mira los pasteles detrás del escaparate.
—Dos magdalenas, por favor.
Pongo ambos en una bolsita y se la entrego. Sonríen amablemente y dejan un billete de cinco dólares en el bote de las propinas al marcharse.
Para cuando llega la hora punta del almuerzo, estoy agotada.
—Orlando, me voy, Laura está de camino—. Me desato el delantal de la cintura y lo dejo sobre el mostrador.
—De acuerdo—, murmura Orlando mientras lame el glaseado de una magdalena. —Tenemos que ir de compras después de tu cita—, me recuerda. Laura, Orlando y yo cenamos juntos todos los viernes.
—¿Qué vas a preparar?—, le pregunto; cada semana cocina alguien diferente. Él sonríe y deja el cupcake sobre la mesa.
—Eso que dijiste que te apetecía. Llevaba filete, patatas y algunas otras cosas. Iremos a Target después de tu cita.
—¿A Target?—, me animo. Target es mi tienda favorita desde el instituto.
—Sí—, dice riendo. —Ahora vete—. Me echa con un gesto. —Llegarás tarde.
Cojo todas mis cosas y le doy un abrazo al salir. Mi teléfono vibra en mi mano llamando mi atención.
L: He suspendido. He suspendido esa prueba por los pelos.
Siento cómo se me frunce el ceño. Laura siempre se subestima a sí misma.
V: Estoy segura de que lo has hecho genial. Vamos a ir a Target más tarde, te ayudará a dejar de pensar en las notas que están por salir.
Guardo el móvil en el bolso después de que ella me desee suerte para mi cita.
El trayecto hasta la clínica es bastante rápido. La ansiedad me revuelve el estómago mientras firmo los papeles y me llaman para pasar a la consulta.
—Verónica, ¿cómo estás?—, me saluda mi médico.
—Estoy bien—, suspiro, dejándome caer en la camilla.
—Muy bien—. Se pone unos guantes. —Según tu expediente, veo que sigues estando un poco por debajo de tu peso ideal—. Mi ceño se frunce aún más. He intentado una y otra vez ganar peso, pero años en una relación tóxica me lo han arruinado.
—Te recetaré unas vitaminas nuevas y veremos cómo va, ¿vale?—. Simplemente asiento con la cabeza mientras él saca la máquina de ecografía. Me unta el gel azul transparente en la parte baja del vientre y presiona el doppler contra mi estómago. Aparecen dos pequeños sacos grises en la pantalla.
Toda mi atención se centra en la pantalla al ver lo pequeños que parecen los bebés.
—Son demasiado pequeños—. Frunzo el ceño. —Lo intenté, de verdad que lo intenté.
El Dr. Williams me mira.
—Todo irá bien—. Ha sido mi ginecólogo desde mucho antes de quedarme embarazada y ahora es mi obstetra. Junto con mi madre, el Dr. Williams ha sido uno de mis mayores apoyos.
Toma unas cuantas fotos mientras mide a los bebés. Comprueba los latidos de ambos antes de limpiarme el gel del vientre y apagar la máquina.
—Es malo, ¿verdad?—. Siento cómo el pánico me oprime el pecho mientras él suspira y se sube las gafas por la nariz.
—Toma—. Sonríe y coloca ambas fotos en mi palma. —Sí, son un poco pequeños. Pero recuerda que estás embarazada de gemelos—, subraya. —Tu peso era bajo antes de quedarte embarazada, así que te llevará algún tiempo recuperarlo.
¿Mis bebés tienen dificultades para crecer por mi culpa? Es culpa mía que mis bebés no crezcan como deberían. Soy su madre. Mi útero debería ser su refugio. Y no lo es. Lo único que se supone que debo hacer es estar sana para que puedan crecer correctamente y ni siquiera puedo hacer eso. He fallado. Tal y como él dijo que haría.
Una lágrima resbala por mi mejilla y cae sobre la ecografía.
—Verónica—, murmura, acercando su silla. —No quiero que te sientas culpable. Sí, tú y tus bebés tienen un poco de bajo peso, pero podemos solucionarlo. Puede ser una solución sencilla—. Me dedica una sonrisa tranquilizadora. Me seco las lágrimas de la cara y respiro hondo.
Voy a mejorar. Por mis bebés.
*
—Es tierno—, dice Laura con voz melosa mientras mira la ecografía. Sonríe al ver las fotos antes de devolvérmelas.
—Me toca a mí—, dice Orlando cogiendo las fotos. —Sigo sin poder creer que sean dos.
—A mí también—, me río. Miro las fotos y una extraña sensación me oprime el corazón. ¿Y si son dos niños? ¿Y si todo en ellos me recuerda a él? ¿Soy una mala madre por desear que sean niñas?
—Vero—, dice Laura, sacándome de mis pensamientos. —Esos bebés heredarán todo lo bueno que hay en ti. Los criarás y los amarás con todo tu corazón.
Respiro hondo. Tiene razón. Son mis bebés, sean niños o no, los amaré por completo.
—¡Muy bien!—, exclama Orlando, dando una palmada. —Vamos a Target a levantar esos ánimos —. Nos da una mano a cada una para levantarnos del suelo.