Ángel entró con mi maleta y mi bolso.
-La comida está lista -avisó la mujer que nos esperaba.
-Gracias, María; pasemos al comedor.
Ángel me tomó del codo y me llevó a la otra habitación donde estaba todo preparado.
-Lo siento, ella es María, mi ama de llaves -se disculpó Ángel cuando nos presentó-, ella es Cassandra, mi nueva secretaria.
Luego del saludo, nos sentamos a comer una sopa de pollo de esas que devuelven el alma al cuerpo y unas pastas deliciosas; de postre, un flan casero delicioso.
-¿Mejor? -me consultó Ángel al terminar.
-Sí, mejor es un eufemismo, esta comida me devolvió la vida, muchas gracias. Y usted quería que me perdiera esto y lo cambiara por la comida plástica del aeropuerto -le reproché en broma.
-Creí que tendría hambre después de tantas horas de viaje.
-Sí, pero no quiero volver a ver un aeropuerto... en mucho tiempo.
Ángel se largó a reír, su risa era muy extraña, era como si cientos de estrellas estallaran en su boca. Era casi mágico.
-La entiendo muy bien, uno muchas veces ya no quiere andar en el aire.
-¿Usted viaja mucho?
-Sí, a veces creo que demasiado.
Lo dijo de una forma que se me apretó el corazón, pareció muy triste, quizá, de tantos viajes, no tenía ni tiempo a ver a sus seres queridos ni a su familia.
-¿Tiene familia? -me animé a preguntar.
-Padres, pero los veo muy poco, unas cuantas veces al año.
-Qué mal. Bueno, ese es el costo de buscar tanto el dinero.
-Es el costo de trabajar tanto.
-¿Es muy trabajólico?
-Debo serlo.
-¿Por qué no delega?
-Porque ya delegaron sobre mí. Mi obligación es hacer que todo funcione como corresponde.
-¿A qué se dedican, específicamente?
-Somos una empresa de turismo, pero no vendemos paquetes turísticos, lo que hacemos va más allá de eso. Creamos o transformamos espacios para que las personas puedan disfrutar de su entorno, de lugares considerados turísticos, sin echar a perder el medio ambiente, sin atacar el ecosistema; el fin es acercar la naturaleza a los seres humanos y que estos puedan comprender que todos somos uno, que somos polvo de estrellas y que eso nos hace estar en unión. Al ser humano le falta estar en sintonía con el Universo, con el todo; en fin, la idea es que las personas puedan subir de nivel y... ¿Qué pasa?
Me había quedado extasiada al escucharlo hablar así y creo que tenía cara de estúpida.
-¿Cassandra? -Yo volví en mí.
-Nunca había oído a alguien hablar con tanta pasión de algo, es más, nunca había oído a nadie hablar de esto.
-¿De qué?
-De esto, de que somos uno, de que somos polvo de estrellas, de que estamos en unión con el Universo, pero no en sintonía...
-¿Te molesta el tema? ¿No crees que sea así?
-No, para nada, es solo que… No sé, su forma de decirlo me hizo transportar al universo, como si yo misma fuera parte de él.
-Eres parte de él, eso es lo que intento decirte. Todos somos uno y parte del Universo.
-Yo no sé nada de esto. Yo tenía una compañera que decía ser de otro planeta, pero nunca dijo nada parecido. Ella solo decía que los extraterrestres nos querían ayudar a subir de nivel.
-Hay mucha gente a la que le gustaría venir de otro planeta.
-Así como está la tierra, mejor es ser de otro planeta y esperar a que nos vengan a buscar antes de que explote nuestro mundo, ¿o no?
-Sí, tienes razón, pero la tierra no va a explotar.
-Ojalá, porque sería re fome.
-¿Sería qué?
-Fome... Algo que no debiera ser... malo, aburrido, tonto... -No sabía cómo explicar esa palabra que tenía tantos significados.
-Ah, ustedes y sus modismos -se burló.
-Sí, y no nos damos cuenta, muchas veces lo hacemos sin querer.
-Sí, ya está insertado en su ADN -bromeó.
Sonreí avergonzada, era cierto, los extranjeros no entendían nuestra especial forma de comunicarnos con tantas palabras inventadas.
Después de aquella conversación, me fui a dormir. Mi habitación se encontraba en el segundo piso. Era una pieza mediana, con baño propio. Me metí a la ducha, pero no me lavé el pelo, no tenía ganas de esperar para acostarme, mucho menos de secármelo con secador. Quería meterme a la cama y olvidarme de ese nefasto día.
No lo logré.
Toda la noche la pasé con pesadillas de que iba en un avión que se caía. Cada cierto rato, despertaba y el temor se apoderaba de mí, sentía que todavía estaba en el aire, como cuando iba al río y sentía hasta mucho después como si flotara en el agua.
Llegó el amanecer y yo seguía en vela. No me quería levantar, mi cabeza daba vueltas y me dolía. Intenté seguir durmiendo, lo que hacía a ratos y a saltos.
Tocaron a la puerta y entró María con una bandeja con desayuno.
-¿Y esto? -pregunté sorprendida.
-Ángel me pidió que le trajera el desayuno. Dice que hoy descanse, que, después de lo vivido ayer, debe reponerse.
-Gracias, pero ya me voy a levantar, es mi primer día aquí y no quiero abusar de ustedes.
-Pierda cuidado, si él dice que descanse, es mejor que haga caso, además, a juzgar por la cara que tiene, sí necesita reponerse del viaje.
-¿Me veo muy mal? -inquirí avergonzada.
-Bastante -dijo con un tono de maternal burla-. Tome desayuno y siga descansando, le traje unos analgésicos.
-Gracias, ¿cómo sabía que lo necesitaba?
-No me pregunte cómo, pero él parece que siempre lo sabe todo.
-Lo agradezco, porque anoche no dormí casi nada, tuve muchas pesadillas -le conté con culpa.
-Quédese tranquila, tome su desayuno antes de que se enfríe, tómese los analgésicos y quédese en la cama. Si necesita algo, solo llámeme, estaré en la cocina.
-Muchas gracias.
María se fue y yo me tomé el exquisito café con leche y las tostadas con palta. Me tomé las pastillas con el vaso de agua que me llevó y me volví a acostar. El dolor desapareció en pocos minutos y pude volver a dormir. Cuando abrí los ojos, bastante más repuesta, lo primero que vi fue a Ángel sentado en una silla, al lado de mi cama, me miraba muy fijo. Debo admitir que no me asusté ni me avergoncé, sus ojos y facciones me daba una paz difícil de describir.
Sostuve su mirada por largo rato, ninguno de los dos dijo nada. Sentía como si todavía no estuviera despierta del todo.
-¿Te sientes mejor? -me preguntó al rato.
-Creo que sí.
-¿Crees?
-Es que no siento la cabeza.
Sonrió extrañado.
-¿Cómo no sientes la cabeza?
-Es como si no la sintiera, pero también siento que, si la muevo, en cualquier momento va a volver el dolor.
-Entonces, no te muevas.
-Tengo que moverme, ¿qué hora es?
-Las dos y un cuarto.
-¡Qué tarde! -Me quise incorporar de golpe, pero el dolor y la mano de Ángel, me detuvieron.
-Tranquila, niña, no te muevas muy brusco.
-Es tardísimo. ¡Qué vergüenza!
-Después del día tan tenso que tuviste ayer, es lógico que hoy hayas despertado así, cansada, con dolor de cabeza, ¿el cuerpo no te duele?
-No, por lo menos no hasta el momento.
-Más tarde te tomas otros analgésicos. ¿Quieres bajar a comer o prefieres que María te traiga el almuerzo?
-No, no, no estoy acostumbrada a comer en la cama, no me gusta.
-Bueno, te esperamos entonces.
Se levantó y me dejó sola para que me vistiera. Me calcé un par de jeans, unas zapatillas y una polera manga larga, aunque la casa estaba abrigada, yo tenía un poco de frío.
Bajé y en el comedor ya se encontraban los dos instalados, me esperaban.
-¿Cómo te sientes ahora que te levantaste? -me consultó Ángel.
-Bien, bien, pensé que me iba a doler más la cabeza al levantarme, pero no.
-Eso es bueno, si quieres después te acuestas un rato.
-No, si vuelvo a dormir, pasaré la noche en vela.
-Si prefieres, puedes ir a dar una vuelta al pueblo.
-Creo que prefiero quedarme aquí hoy día, voy a llamar a mis abuelos y me voy a quedar flojeando.
-Como quieras; en la sala está el teléfono, eres libre de usarlo.
-Muchas gracias.
-No hay nada qué agradecer.
Después de un agradable almuerzo, Ángel salió a la oficina, no quiso que yo ese día fuera a trabajar, según él debía descansar. De todos modos, me dijo, mi trabajo comenzaría el lunes siguiente y recién era jueves, cosa que, debo admitir, agradecí de sobremanera.