Para qué decir cómo me recibió María; estaba feliz de que hubiera vuelto, como si me hubiese marchado hacía años. Ángel nos llevó a almorzar a un restaurant típico de la zona, luego fuimos al Valle de la Luna, le gustaba mucho ir allí, y era entendible, de día y noche tenía un encanto especial. De día, las rocas de sal y minerales brillaban y contrastaban con todo, con el cielo azul, con la arena, con los cráteres... con los ojos azules de Ángel. De noche, el cielo, como un manto, llenaba de luces y colores la tierra, el blanco relucía y se podía sentir una energía que no sé si en otro lugar de la tierra se pueda sentir así. De verdad, parecía la Luna tal como la muestran en la televisión. Por la tarde antes de volver a la casa, pasamos a tomar once a una pequeña posada, muy familiar.

