Ella seguía de pie ante la ventana, quieta, observándome. Me fui a mi ventana, iba a dejar mi nave, pero sabía que debía llevar a cabo mi trabajo y no lo podría hacer con mi forma humana o en persona, mi corazón no me lo permitiría. Regresé a su ventana. Continuaba en la misma posición, como si me esperara, como si ella aguardara ese momento. Hurgué en su mente por última vez y me di cuenta de que, a pesar de todo, a pesar del miedo, a pesar de todo lo ocurrido en esa ciudad, ella quería seguir allí, conmigo. No me quería dejar. Me amaba como yo la amaba a ella. Me armé de valor y comencé a borrarle la mente, a quitar su anhelo por quedarse y, a mi pesar, a borrar su fascinación por mí. Sabía lo que ella sentía: el vacío. Porque cada emoción, cada recuerdo, cada sentimiento, me lo llevab

