Dos semanas después de llegar a casa, me mudo de casa de mis padres. Ellos intentan persuadirme, pero yo los convenzo de que lo necesito, que tengo que estar sola y ser independiente. Pero, en realidad, por mucho que quiera a mis padres, no puedo estar con ellos las 24 horas del día. Ya no soy esa chica tranquila y despreocupada que recuerdan, y me resulta agotador fingir que aún lo soy. Es mucho más fácil ser yo misma en el pequeño estudio que alquilo cerca de allí. Mis padres quieren darme lo que queda del regalo del Julian —algo más de medio millón—, pero yo me niego. Para mí, ese dinero iba destinado a liquidar la hipoteca de mis padres y quiero que lo usen para ese fin. Después de algunas discusiones llegamos a un acuerdo: ellos liquidarán la mayor parte de su hipoteca y refinanciar

