Capítulo 5-2

476 Palabras
Vuelvo a tener frío. Tanto frío que estoy temblando. Sé que es por la propia ansiedad, ya que la temperatura ronda los veinticinco grados. Voy de aquí para allá por la habitación y de vez en cuando me detengo para observar por la ventana. Cada vez que miro es como un puñetazo en el estómago. No sé qué esperaba. En realidad, no he tenido la oportunidad de pensar en donde estoy. No sé por qué, pero supuse que me retendría en algún lugar cercano, puede que por Chicago, donde nos vimos por primera vez. Creí que para escaparme solo tendría que encontrar el modo de salir de esta casa, pero ahora compruebo que es mucho más complicado que eso. Intento abrir la puerta otra vez, pero sigue cerrada con llave. Hace unos minutos he descubierto un pequeño cuarto de baño dentro de la habitación. He aprovechado para hacer mis necesidades básicas y lavarme los dientes. Ha sido una distracción agradable. Ahora camino de un lado a otro como un animal enjaulado, lo que hace crecer mi miedo y mi ira cada minuto que pasa. Finalmente, la puerta se abre y una mujer entra. Estoy tan aturdida que solo me quedo mirándola fijamente. Es bastante joven, quizá tenga unos treinta y es guapa. Lleva una bandeja con comida y me sonríe. Tiene el pelo pelirrojo y ondulado y sus ojos son de color marrón claro. Es más alta que yo, al menos más de diez centímetros, y es de constitución atlética. Viste de manera muy informal, lleva un par de vaqueros cortos y una camiseta de tirantes blanca y unas chanclas. Pienso en atacarla. Es una mujer y tengo una pequeña posibilidad de ganarle en una pelea, en cambio, no tengo posibilidad alguna contra Julian. Esboza una gran sonrisa, como si me leyera la mente. —Por favor, no te me eches encima —dice ella y puedo percibir la diversión en su voz—. No tiene sentido, de verdad. Sé que quieres escapar, pero no puedes ir a ningún sitio. Estamos en una isla privada en medio del Pacífico. La ansiedad que sentía empeora. —¿De quién es la isla privada? —pregunto a pesar de ya saber la respuesta. —Pues de Julian, evidentemente. —¿Quién es él? ¿Quiénes sois? Mi voz es un poco más serena cuando le hablo. Ella no me pone nerviosa como Julian. Suelta la bandeja. —Lo sabrás todo a su debido tiempo. Estoy aquí para cuidar de ti y de la vivienda. Por cierto, me llamo Beth. Respiro hondo. —¿Por qué estoy aquí, Beth? —Estás aquí porque Julian te ha elegido. —¿Y no ves nada malo en eso? —escucho mi tono casi histérico; no entiendo cómo esa mujer está de acuerdo con ese loco ni cómo se comporta como si fuese algo normal. Ella se encoge de hombros. —Julian hace lo que quiere. No soy nadie para juzgarlo. —¿Por qué no? —Porque le debo mi vida —dice con seriedad y sale de la habitación.
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