Capitulo 01
Valery Montesco
El aire de Londres tiene esa particularidad de calarte hasta los huesos con su humedad gris, pero esta tarde, mientras cruzaba el umbral de cristal de uno de los estudios de arquitectura más prestigiosos del Reino Unido, el frío me parecía una caricia.
Salí a la calle con una sonrisa que sentía grabada a fuego en mi rostro, una expresión que desafiaba la sobriedad británica que me rodeaba. Mis dedos se cerraron con fuerza sobre la correa de mi bolso de cuero, donde guardaba los planos que acababa de presentar. La entrevista había sido un éxito rotundo podía sentirlo en la forma en que el socio principal me había mirado al final, con ese respeto que solo se le otorga a alguien que sabe proyectar mundos en papel.
Me sentía invencible. Era como si el universo, después de meses de esfuerzo y noches en vela frente a la mesa de dibujo, finalmente hubiera decidido alinearse a mi favor. Pero la euforia profesional era solo la mitad de la marea que me arrastraba. La otra mitad era el peso sutil, pero constante, del anillo que ahora descansaba en mi dedo, y la memoria de la noche anterior. Lucas me había pedido matrimonio.
Caminé hacia mi coche, deteniéndome un momento en un pequeño local de comida china que solíamos frecuentar.
El aroma a jengibre y soja inundó mis sentidos mientras esperaba mi pedido. Quería que esta noche fuera perfecta. Quería celebrar que mi carrera despegaba y que mi vida personal finalmente parecía tener un norte sólido. Al subir al coche, coloqué las bolsas en el asiento del copiloto y comencé a conducir hacia su apartamento.
El tráfico londinense era el caos de siempre, pero yo estaba en mi propia burbuja de felicidad, imaginando nuestro futuro en una casa diseñada por mí, llena de luz y de esa estabilidad que tanto me había faltado siempre.
Entonces, el tablero del coche se iluminó con una llamada entrante. Mamá.
Suspiré, sintiendo un leve pinchazo de tensión en la nuca, pero atendí con una pequeña sonrisa que todavía se negaba a desaparecer.
—¿Hola, mamá? —dije, tratando de mantener el tono ligero.
—Valery, por fin. Estuve llamándote anoche, ¿por qué no atendiste el teléfono? Sabes que odio que me dejes en espera —la voz de Victoria Rossi llegó nítida, cargada de esa urgencia egocéntrica que siempre la caracterizaba.
—Lo siento, mamá. No pude atender porque... —sentí un nudo de emoción en la garganta y decidí soltarlo—. Porque anoche Lucas me pidió matrimonio. ¡Me voy a casar!
Esperé un segundo de silencio, un grito de alegría, un "estoy tan feliz". Algo pero lo que recibí fue una interrupción seca, como un portazo que me dejó sin aire.
—Valery, por favor —me cortó ella, y pude imaginar perfectamente el gesto de su mano descartando mis palabras—. No cuentes la noticia todavía, ¿sí? No quiero que distraigas la atención ahora. Resulta que mi novio me pidió matrimonio ayer también y mañana será nuestra fiesta de compromiso oficial. Quiero que toda la atención sea mía, que sea mi momento. Ya tendremos tiempo para tus noticias después, cuando pase lo mío.
Me quedé muda, apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Mis ojos se desviaron hacia el retrovisor, viendo mi propia expresión de incredulidad. No debería sorprenderme, y sin embargo, dolía como si fuera la primera vez. Era Victoria Rossi en su estado más puro. Mi madre, la mujer que siempre necesitaba ser el sol en cualquier sistema solar, incapaz de compartir el brillo, incluso con su propia hija. Es la razón por la que nuestra relación siempre ha sido un campo de minas; para ella, mis logros no son más que notas al pie en su gran biografía. Doblé los ojos con fastidio, sintiendo una oleada de cansancio emocional que me recorrió el cuerpo. Era tan típico de ella. Nunca podía alejarse por nada ni por nadie que no fuera ella misma.
—Tengo que colgar, mamá —dije, mi voz ahora plana y fría como el asfalto bajo mis ruedas.
—¡Ay, no seas así! Alégrate por mí, Valery.
Colgué sin despedirme. La rabia burbujeaba en mi pecho, pero respiré hondo, forzándome a calmarme.
"No vas a arruinar mi noche", pensé con determinación. "No hoy". Me rehusaba a dejar que su narcisismo empañara lo que yo sentía por Lucas. Aunque, en el fondo, anoche no había logrado disfrutar del todo.
Había algo que siempre faltaba. Lucas no era el mejor amante; el sexo con él era insípido, una coreografía mecánica que me dejaba sintiéndome vacía y extraña. Aun así, hoy iba dispuesta a que fuera diferente. Quería forzar esa conexión, quería que funcionara.
Al llegar a su apartamento, estacioné en el sótano y subí al ascensor. El cubículo de metal me llevó rápidamente hacia el piso 6. Busqué las llaves, las mismas que Lucas me había dado anoche con una promesa de hogar, y abrí la puerta.
Todo estaba en un silencio absoluto. Dejé las bolsas de comida y mis cosas sobre la mesa del comedor, disfrutando de la quietud.
Quizás Lucas aún no llegaba, lo cual era perfecto; así podría preparar todo y darle una sorpresa cuando cruzara la puerta sin embargo, unos gemidos interrumpieron mis pensamientos.
Fruncí el ceño y me quedé inmóvil en medio de la sala. Al principio, me acerqué a una de las paredes pensando que el sonido venía del exterior.
Me sonrojé violentamente, pensando que quizás era la vecina y que, de la misma forma, ella también nos escuchaba a nosotros en nuestras noches silenciosas. Pero de la nada, reconocí un grito. Un grito que no era de dolor, sino de una exigencia oscura. Y luego, la voz de Lucas.
—¡Abofetéame! —gritó él, seguido de un golpe fuerte y seco que resonó en mis oídos como una explosión.
Sintió como si todo mi mundo se caía en pedazos bajo mis pies. Me quedé paralizada, sintiendo cómo el frío de Londres finalmente entraba en mis venas. Sabía que era él. No había lugar a dudas. Era la voz de Lucas, el hombre que me había pedido matrimonio anoche, el hombre con el que se suponía que iba a construir una vida. Estaba allí mismo, a unos metros de mí, revolcándose con la vecina. Con la maldita vecina.
Sus ojos se cristalizaron de inmediato. Sentí tanta rabia, tanto dolor físico en el pecho que me costaba respirar. ¿Por qué? La pregunta se repetía como un eco cruel en mi cabeza. ¿Por qué me había pedido que me atara a él si no podía aguantar ni un día sin buscar a otra? Yo había intentado adaptarme a él, a su cultura fría, a sus fetiches extraños aunque a mí no me gustaran y me hicieran sentir fuera de lugar.
Me había esforzado por ser la mujer que él quería, y él se iba con otra en la primera oportunidad, en nuestra propia casa, el día después de darme un anillo.
El asco me subió por la garganta. Miré las llaves sobre la mesa, las bolsas de comida que ya empezaban a enfriarse, y sentí que no pertenecía a este lugar. Nunca lo había hecho. Londres, el estudio de arquitectura, los planes de boda... todo era una mentira pintada de colores bonitos sobre un lienzo podrido.
Tomé mis cosas con movimientos bruscos, decidida a no pasar un segundo más en esa atmósfera contaminada. No iba a gritar, no iba a darle el gusto de una escena. Simplemente me iría. Estaba decidida a regresar a casa, decidida a regresar con mi familia, o lo que quedaba de ella. En ese momento, lo único que deseaba con cada fibra de mi ser era irme de Reino Unido. Quería cruzar el océano, regresar a Estados Unidos y refugiarme en el único lugar donde todavía esperaba encontrar algo de verdad.
Necesitaba a mi padre. Necesitaba a Luciano.
Quería volver a sentir que tenía raíces, que no era una náufraga en un país que solo me había dado una alegría profesional para luego cobrarme el precio más alto en el alma. Bajé al estacionamiento con la visión borrosa por las lágrimas, pero con una determinación de hierro.
Mi maleta no tardaría en estar lista. Esta misma noche buscaría un vuelo. Quería estar en casa, quería estar con mi padre, quería desaparecer de esta pesadilla y despertar en los brazos de quien realmente me amaba sin condiciones.