Tu nuevo hogar

2562 Palabras
Besar los labios de Gabriella había sido, tal vez, el deseo más grande de Dante. Tenerla frente a él y reclamarla con la boca era la idea que lo sostuvo durante noches enteras. Pero nada salió como esperaba. Ella no lo recordaba. Sus ojos, grandes y marrones debajo de espesas pestañas, no tenían la devoción que siempre habían mostrado para él; tenían rabia y miedo. Él vio el odio reflejado en sus pupilas y sonrió con ironía, amarga. No habría un beso que sellara su unión, tampoco un banquete de bodas. En lugar de eso, Dante la sujetó del brazo con firmeza y la arrastró hasta el auto que esperaba afuera. Gabriella forcejeó, lo maldijo, intentó apartarse, pero su fuerza no era nada comparada con la de él. Abrió la puerta trasera y prácticamente la empujó dentro, entrando con ella sin soltarla. El chofer encendió el motor y arrancó sin decir palabra. Gabriella se pegó contra la ventana, manteniendo los dedos crispados en su regazo. El camino se hizo eterno. Cada curva, cada semáforo, cada minuto que pasaba la sumía más en esa sensación de encierro. No había escapatoria, no había salida. Solo la compañía de ese hombre que parecía decidido a arrastrarla a un destino que no comprendía. Dante se mantuvo en silencio durante el trayecto, observándola de reojo. Notaba cómo su respiración era agitada, cómo sus labios se apretaban en una línea fina, cómo contenía la rabia y el miedo al mismo tiempo. La camioneta se detuvo frente al edificio. El chofer bajó y abrió la puerta, pero Dante no esperó. Tomó nuevamente a Gabriella del brazo y la obligó a salir. Subieron hasta el apartamento y, al entrar, la empujó directo a la habitación en la que ya había estado. Ella giró bruscamente hacia él, con la mirada encendida. —¿Qué demonios pretendes? Dante no respondió. Caminó hacia una de las paredes, movió un cuadro y dejó al descubierto una caja fuerte que Gabriella ni siquiera se había imaginado que estaba ahí la primera vez. Marcó un código con calma y la puerta de acero se abrió con un chasquido seco. Sacó algo dentro, cerró y volvió a colocar el cuadro en su sitio. Luego se dirigió nuevamente a la puerta de la habitación donde dos de sus hombres lo esperaban en el pasillo. Uno de ellos, de complexión ruda, se adelantó apenas un paso, esperando instrucciones. —Ordena preparar todo —dijo Dante, sin titubeos—. Volvemos a Nueva York ahora mismo. El hombre asintió. Dante regresó a la habitación y cerró la puerta con fuerza. Gabriella se tensó, sus hombros estaban rígidos, y la respiración contenida. —¿Nueva York? —preguntó con incredulidad. Él la miró de frente, serio, implacable. —Sí. Te llevaré a tu nuevo hogar. Las palabras la golpearon como un cubetazo de agua helada. Dio un paso hacia él, desafiante. —¿Quién eres? —le preguntó frunciendo el ceño—. ¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Por qué te casaste conmigo? Su voz no temblaba. Había enojo, había miedo, pero sobre todo había una exigencia feroz. Quería respuestas. Para ella todo lo que estaba ocurriendo era un mal sueño. Una pesadilla interminable. Cada segundo con ese hombre la confundía más, y aun así, en el fondo, esa confusión no lograba apagar la fiereza que ardía en sus ojos. Dante mantuvo su mirada en ella. Podría decirle quién era. Podría mostrarle la verdad de su vida, arrancarle la venda y despejar sus dudas. Pero también estaban las suyas. Necesitaba saber hasta dónde había llegado ella con ese otro. Quería saber si la había tocado, si se había metido en su cama, si había follado con ese maldito que, esperaba ya estuviese muerto. La sola idea de que así fuera lo consumía por dentro, despertando demonios que luchaban por salir. Y ahora necesitaba mantenerlos quietos. Apretó la mandíbula y respiró hondo. Ya habría momento de comenzar a despejar sus dudas. Pero ahora solo quería volver a casa. —Lo único que tienes que saber —dijo finalmente, con voz baja y dura— es que ahora eres mía. Eres mi esposa. Se giró hacia la puerta. —Nos vamos —ordenó tajante, pero ella no se movió. Su frente se arrugó un poco. —No me puedo ir así —lo detuvo Gabriella, con los labios apretados y la barbilla alta—. Necesito ropa —pidió, con la voz inquisitiva. Aunque ahora se sentía ridícula usando ese vestido blanco sabiendo que era la esposa cautiva de aquel hombre. En realidad quería cambiarse, porque quería usar algo que le permitiera moverse con ligereza. En caso de que encontrara una oportunidad para huir de su lado. Dante la recorrió con la mirada. El vestido blanco le marcaba cada curva, se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Sus pechos grandes y pesados tensaban la tela, y el contraste de su cabello rubio y la blancura del vestido la hacía ver jodidamente hermosa. Y esa visión solo lo enfurecía más. No quería verla así. Con ese vestido que había elegido para otro. Caminó hasta el armario. Abrió las puertas y encontró únicamente algunos trajes suyos. Tomó una de sus camisas y se la lanzó. Gabriella lo miró como si eso fuese una broma. —No puedo ponerme esto, es enorme —avisó indignada. —Es lo único que hay. Tómalo o sigue con ese vestido —retó él, encogiéndose de hombros. Gabriella atrapó la prenda y apretó los dientes. «Maldito desgraciado» pensó, y caminó hacia el baño. Antes de que pudiera entrar, Dante la detuvo. Entró primero y revisó el lugar con precisión. Abrió el botiquín, los cajones, movió el espejo. Asegurándose de que no hubiese nada que ella pudiera usar en su contra. Solo entonces se apartó y le hizo un gesto para que pasara. Gabriella cerró la puerta tras de sí. Se quedó un momento de pie, con la camisa apretada entre sus dedos. Después comenzó a quitarse el vestido sola. Lo dejó caer al suelo, arrancó el velo de un tirón y lo arrojó sobre la bañera. Abrió la llave del lavabo y se lavó la cara con fuerza, como si el agua pudiera arrancarle esa sensación de encierro. Se colocó la camisa azul que claramente le quedaba grande, pero estaba impregnada de un aroma masculino fuerte, inconfundible. Apenas sintió el contacto del tejido con su piel, los hombros se le tensaron. Era el aroma de Dante. —Si no sales ya, entraré por ti —la voz de Dante retumbó desde afuera, impaciente. Gabriella respiró hondo, cerró los ojos un instante y abrió la puerta. Dante la miró de arriba abajo. La camisa apenas cubría la mitad de sus muslos. A pesar de lo holgada, la forma en que caía sobre su cuerpo la hacía ver malditamente provocativa. Se quedó en silencio unos segundos, procesando la imagen. Y soltó un resoplido de fastidio, porque no iba a permitir que sus hombres la vieran vestida así. Ni siquiera un segundo. De un empujón la devolvió al baño. —Quítate eso. Ordenaré que te consigan ropa —bramó él y salió, cerrando la puerta con fuerza. Gabriella soltó el aire contenido, sin comprender porque había cambiado de idea de repente. Dante regresó minutos después. Llevaba una bolsa en la mano. La dejó caer sobre la cama y la abrió delante de Gabriella. Dentro había un pantalón n***o sencillo, una blusa blanca de tela ligera y un par de zapatos bajos. —Vístete —ordenó con voz seca—. El jet nos espera. Gabriella no discutió. Tomó las prendas y se encerró en el baño. Esta vez se cambió rápido. El vestido de novia seguía arrugado en el suelo. El pantalón le quedaba un poco ajustado, pero nada incómodo. La blusa le quedaba ligeramente holgada aunque se justaba bien a sus pechos y los zapatos, planos, le daban un aire de normalidad que agradeció después de tantas horas atrapada en telas pesadas y corsés. Cuando salió, Dante la estaba esperando de pie, con las manos en los bolsillos, la mirada fija en ella como asegurándose de que estaba lista. Con esa ropa lucia más presentable que con su camisa, no se podía negar que con lo que se pusiera luciría hermosa, pero al menos no tendría a nadie mirándole las piernas, o tratando de imaginar sus pechos desnudos, pues la blusa él la eligió a propósito una talla más grande. Asintió apenas, conforme, y sin decir nada más la sacó de la habitación. El chofer ya los esperaba con la camioneta encendida. Gabriella subió primero, él detrás. El vehículo rodó por las calles iluminadas de Las Vegas. Afuera todo seguía con vida, casinos abarrotados, luces de neón, risas, pero dentro del auto el silencio era espeso. El aeropuerto privado no quedaba lejos. En cuestión de minutos subieron por la escalerilla del jet. Dante dio un par de instrucciones rápidas al piloto y luego caminó por el pasillo, guiándola hasta una puerta al fondo. —Aquí —dijo, y abrió la habitación. Era amplia con una cama y varios compartimentos. Cerró la puerta y la dejó ahí. Gabriella se dejó caer en el colchón, agotada. No sabía cuánto tiempo pasó hasta que una de las asistentes de vuelo entró con una bandeja de comida caliente. Ella murmuró un “gracias” sincero y comió de inmediato. Su estómago llevaba horas vacío y esa comida fue lo único que le devolvió algo de fuerzas. El vuelo se alargó. Habían despegado pasadas las once de la noche en Las Vegas, lo que significaba que aterrizarían en Nueva York cerca de las siete de la mañana. Cuando la aeronave descendió, Gabriella se asomó por la ventana de la habitación y observó el paisaje. Las luces, la extensión de la ciudad, los edificios le provocaron un deja vu extraño. Sintió que había estado ahí antes, que algo de ese lugar le era familiar, aunque no pudiera ponerlo en palabras. Dante la observó con atención. Quería ver si algo cambiaba en su rostro, si un recuerdo se asomaba en su mente, pero nada pasó. Gabriella seguía igual de perdida. —Vamos —dijo finalmente. Un vehículo los esperaba en pista. Gabriella subió detrás de Dante. El trayecto se extendió hacia las afueras de la ciudad, dejando atrás el ruido y los edificios. Cuando por fin llegaron, lo primero que vio fue la mansión. Era enorme, imponente, pero no fría. Esa casa era digna de un mafioso, rodeada de terreno, árboles bien cuidados y muros altos. No parecía un simple refugio, era una propiedad pensada para ser habitada, con toques elegantes que sorprendieron a Gabriella. Era hermosa. Damien Brown la había comprado para ellos como regalo de bodas antes de que el accidente ocurriera. Y por primera vez iban a habitarla. Aunque Dante ya había ordenado que llevaran todas sus pertenencias a ese lugar desde que salieron de Alemania. Ella giró la vista a su alrededor y, pese a todo, lo que vio le gustó. No lo esperaba. No quería admitirlo, pero le agradaba el lugar. Dante caminó directo a un pasillo apartado. Abrió una de las puertas y la llevó hacia dentro. —Esta será tu habitación por ahora —dijo con un tono perverso. —¿Por ahora? —repitió Gabriella, frunciendo el ceño. Pero Dante ya estaba saliendo. Cerró la puerta sin darle más explicaciones. Afuera, tres de sus hombres quedaron apostados. Desde antes de aterrizar él había dado órdenes: quería vigilancia en cada rincón, patrullando la propiedad. Nadie debía darle a Gabriella la oportunidad de escapar. Ella se quedó de pie unos segundos, mirando la puerta cerrada, antes de dejarse caer en la cama. El cansancio pesaba, pero su mente no dejaba de correr. Mientras tanto, Dante se dirigió al despacho. La estancia era amplia, minimalista, con paredes blancas y un escritorio de caoba oscuro. Todo el mobiliario era moderno, sobrio. Pero lo peculiar estaba en el fondo, donde se alzaba una estructura metálica adaptada para dos aves. Los cuervos lo recibieron apenas entró, graznando con fuerza. —Draven. Corveth —murmuró, acercándose. Ambos tenían plumajes negros, brillantes, y un detalle único: Los dos cuervos tenían un ojo n***o y el otro de un verde esmeralda que se asemejaba a los característicos ojos de los Brown. Draven el izquierdo y Corveth, el derecho. Cuando lo vieron, aletearon, inquietos. Dante sacó del bolsillo el collar de oro con el rubí en forma de corazón. —La traje conmigo—les dijo, como si pudieran entenderlo. Las aves graznaron más fuerte, como si celebraran. —Pronto podrán verla —avisó, y dejó el collar sobre el escritorio para servirse un vaso de whisky. Bebió de un trago, sirvió otro y lo repitió. No había comido nada desde que sacó a Gabriella de esa iglesia. Ni pensaba hacerlo. El alcohol era lo único que le calmaba los demonios que ardían por salir. Sabía que debía llamar a su padre, informarle que ella estaba con él, viva. Pero su cabeza estaba aún demasiado caliente y los demonios en su interior no le daban tregua. Lo ultimo que necesitaba era responder las preguntas que haría su padre. Y además. Necesitaba que su gente en Berlín le diera noticias de lo ocurrido tras su partida. Tres vasos después, dejó la botella de lado y salió del despacho. Caminó hasta aquella habitación otra vez. Gabriella miraba por la ventana. Afuera, hombres armados vigilaban el perímetro, y ella se preguntaba si había alguna mínima posibilidad de escapar. La esperanza era débil, pero estaba ahí. Cuando escuchó voces afuera de la puerta, se apartó de la ventana de inmediato y se sentó en la cama. Fingió estar tranquila, como una niña buena, como si no hubiera estado pensando en nada. La puerta se abrió. Dante entró y cerró tras de sí. Ella se puso de pie de inmediato. Él se acercó despacio, con la mirada fija en ella. Su respiración era pesada, y el olor a whisky golpeó el aire entre ellos. —Date la vuelta —ordenó, con voz ronca. Gabriella dudó un instante, pero terminó obedeciendo. Se giró hacia la ventana, con el corazón acelerado. Sintió la colonia de Dante mezclada con el alcohol, respiraciones fuertes que se acercaban a su oído. Sintió como él aspiraba el aroma de su cabello y de pronto, vio sus manos extenderse frente a ella. En ellas brillaba el collar con el rubí en forma de corazón. —¿Qué es eso? —preguntó, casi en un susurro. —Tu regalo de bodas —dijo con un tono que a ella no le agradó. Perverso, como si ocultara algo. Se sentía como un perro al que le estaba poniendo un collar su dueño. Le colocó el collar en el cuello, con cuidado, y permaneció un momento más cerca de ella, observando. Después bajó la vista a su mano y frunciendo el ceño la tomó. Gabriella se tensó al notar que él fijaba la vista en el brazalete que llevaba. Mientras que Dante veía que el pequeño sol que lo adornaba ese que también tenía un rastreador ya no estaba. Quizá se había perdido. Dante no dijo nada más. Soltó lentamente su mano y se apartó un poco. Después se giró y salió de la habitación, dejando atrás un silencio pesado.
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