—Espero que cuando salga de bañarme, ya te hayas vestido. Y te largues de mi vista. Y caminó hacia el baño, mostrando una maldita seguridad que lo puso mucho más duro. Porque Gabriella no era de las que se dejaban intimidar por un hombre con ego grande. Sin importar que este fuera un puto mafioso. Dante desde la cama amplió una sonrisa. —Maldita insolente —la detestaba tanto como ella a él, pero disfrutaba de su rebeldía. Cuando estuvo lista, Gabriella bajó las escaleras con paso lento. Con los guardaespaldas tras ella como ya era costumbre. La casa estaba silenciosa, salvo por las voces lejanas que provenían del despacho de Dante. Reconoció el tono firme de su voz, dando órdenes, coordinando con sus hombres. El sonido metálico de un arma al colocarse sobre la mesa la hizo deteners

