Gabriella estaba junto a la ventana, la luz de la luna cayendo sobre ella, iluminando su figura. El camisón corto de seda apenas cubría sus muslos, dejando sus piernas largas y suaves a la vista, la tela ajustándose a sus curvas. Sus pechos, grandes y pesados, se marcaban bajo el tejido, los pezones apenas visibles en la penumbra. Cuando escuchó la puerta abrirse, se giró con un movimiento lento, coqueta, sensual, su cuerpo balanceándose ligeramente. Sus ojos se encontraron con los de Dante, y su voz salió suave, aunque cargada de un tono soberbio y molesto. —Llegaste —dijo, cruzando los brazos bajo el pecho, haciendo que sus senos se elevaran aún más. Dante la miró, su respiración pesada, el whisky todavía corriendo por sus venas. Sus ojos recorrieron sus piernas, subiendo por las curvas

