Las siguientes dos semanas para Gabriella no fueron sencillas. Los días se le hacían eternos entre esas cuatro paredes, sin más compañía que el silencio y los pasos lejanos de los guardias en el pasillo. Sabía que si seguía encerrada ahí, terminaría perdiendo la cabeza. Tenía claro que Philipp—o mejor dicho, Darién Jäger—no era una buena persona. Pero Dante… Dante tampoco lo era. Y aun así, debía aceptar que ahora pertenecía a su mundo. Que, como su esposa, tenía que adaptarse. La habitación era enorme. Tenía una pequeña sala con un mueble alto que ocultaba una pantalla tan grande que parecía un cine privado; podía ver cualquier película o programa, cualquier cosa que ella quisiera del exterior, si lo pedía se lo daban. La terraza se abría al jardín principal que se extendía como un camp

