El lugar que le corresponde

2673 Palabras
Meses atrás. Nueva York lo recibió con su cielo ennegrecido, con esa luz de ciudad que jamás dormía, mientras los autos rugían como bestias a lo lejos. Al tiempo que Dante cerró la puerta de su apartamento y dejó las llaves sobre la mesa de mármol. El silencio del lugar lo envolvió. Afuera todo era ruido, pero ahí dentro solo quedaba él y la ausencia que lo perseguía desde hacía casi tres años. Podría haber ido con los demás a celebrar la llegada del cargamento, podría haberse perdido en el cuerpo de una mujer que no significara nada luego de correrse, o en un club lleno de lujuria pagada, en esas bocas que lo adorarían solo por dinero o por miedo. Pero no lo hizo. Dante siempre elegía lo mismo: volver a ese apartamento y sentarse frente al único cuadro que le importaba. Se dejó caer en la silla de cuero, justo enfrente de ella. De Gabriella. La pintura lo hipnotizaba, como si el tiempo no hubiera pasado, como si ella aún estuviera ahí, respirando con él. Aún recordaba aquel día, cuando trazó cada cueva, cada sombra con sus propias manos a petición de ella misma. Su imagen perfecta estaba grabada en la tela como un juramento. Gabriella estaba desnuda, sentada de manera sensual sobre la alfombra, llevando solo una tela blanca semitransparente alrededor de sus hombros y cayendo sobre su pubis, apenas sugiriendo un pudor inexistente. Sus cabellos rubios se expandían en ondas como un sol radiante, desordenado, imposible de encerrar. Su sol. Así la había querido eternizar, como la única fuente de luz en medio de todo lo que él era: oscuridad, violencia, muerte. Su mirada descendió hasta sus pechos, grandes, firmes, con los pezones rosados que había besado hasta la devoción. Pintados con tanto detalle que parecían respirar. Podía jurar que se erguían por él, por su deseo, igual que antes. Los labios de Gabriella, carnosos, húmedos, curvados en esa sonrisa que parecía un secreto compartido, lo observaban desde el lienzo. Eran labios de pecado, labios que habían pronunciado su nombre con dulzura y con furia, labios que lo habían arrastrado al borde de la locura y lo habían devuelto. Y sus ojos… sus ojos marrones lo miraban como si ella estuviera viva, como si lo desafiara a tocarla de nuevo, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo ahí, sentado frente a ella, excitado, temblando entre la lealtad y el dolor. Dante se desabrochó el cinturón, bajó el cierre del pantalón. Su erección se liberó, mostrando una verg∆ enorme, dura, palpitante. La tomó entre sus dedos, cerró la mano alrededor y comenzó a deslizarla lentamente, de abajo hacia arriba. El cuadro lo devoraba entero. No era solo un retrato: era Gabriella desnuda, eternamente suya, extendida frente a él, ardiente como el sol que ella siempre había sido. El cabello se expandía alrededor de su rostro, con un resplandor tan bello que lo cegaba. Imaginó su piel blanca, suave, bajo sus manos. Imaginó el peso de sus pechos en su boca, apretando con fuerza mientras la oía gemir. Imaginó sus labios alrededor de su polla, calientes, ansiosos, como aquella primera vez que no pudo detenerla. El movimiento de su mano se hizo más firme, más rápido. La respiración de Dante se volvió áspera, jadeante. Sentía que los ojos pintados lo desnudaban a él, que lo instaban, que lo llamaban como tantas veces lo habían hecho en la vida real. «Eres mía… siempre serás mía» La frase se deslizó en su mente, brutal y cierta. El cuadro brillaba en la penumbra, iluminado solo por la lámpara tenue de la sala. El rosado de sus pezones parecía intensificarse, los labios rojos como llamas, el cabello abierto como un sol que ardía en la tela. Su solecito. La mano de Dante apretó con fuerza su verg∆ magra. Cerró los ojos un segundo y en su oscuridad estaba ella, con su risa, con su voz, con sus jadeos. Con la forma en que había prometido volver siempre. El espasmo lo sorprendió y lo atravesó entero. Su semen caliente estalló en su mano, salpicando, derramándose mientras su espalda caía pesada contra el respaldo de cuero. Sus músculos tensos cedieron, pero la pintura seguía ahí, observándolo, juzgándolo y amándolo a la vez. Quedó inmóvil, respirando con dificultad, con el corazón golpeándole las costillas. Y aún entonces, entre el sudor y el temblor, sus ojos buscaron otra vez el cuadro. Gabriella seguía ahí, desnuda, perfecta, con sus labios que prometían infierno y cielo al mismo tiempo. Él no necesitaba nada más. Porque mientras no hubiera un cuerpo inerte, mientras no hubiera una tumba, ella seguía viva. Y para Dante Brown, no existía otra mujer en el mundo. Actualidad Gabriella frunció el ceño, con los dedos apretando la toalla contra su cuerpo como si ese trozo de tela pudiera darle la dignidad que sentía desmoronarse a cada segundo. Había un destello extraño en los ojos de Dante cuando la escuchó decir que no sabía si era virgen, algo que no supo si era burla, enojo o simple posesión. Sentía el calor subirle a las mejillas al escuchar su pregunta. —¿Cómo sé que no mientes? —soltó él, con la voz baja, grave, como una sentencia. El corazón de Gabriella se aceleró con rabia. Esa pregunta, esa duda, la exponía de una forma humillante, como si su intimidad fuera un terreno público al que él tenía derecho. Tragó saliva y respiró hondo, intentando mantener la calma. —Si me crees o no, es tu problema —respondió con un filo en la voz, clavando los ojos en los suyos, desafiándolo como ninguna. Él la miraba, serio, impasible, pero aunque no tuviese memoria la conocía demasiado bien. Ella siempre se tocaba el cabello cuando decía una mentira. Y en ese momento sus manos seguían quietas, apretando la toalla con fuerza. —Ni siquiera besé a Philipp —escupió al final, enojada consigo misma apenas lo dijo. «¿Por qué diablos le estoy dando explicaciones? ¿Por qué debo justificar lo que he hecho o no con Philipp?» gruñó en su mente. Dante no sonrió, pero en sus ojos algo se relajó. Como si hubiera estado cargando un peso insoportable por dos días. Dio un paso hacia ella, su mirada recorriéndola con detenimiento. Levantó una mano y le acarició el cabello, lentamente, con la suavidad que contrastaba con todo lo que él era. El aliento de Dante rozó su rostro al inclinarse. Gabriella sintió un vuelco en el estómago. Podía olerlo, sentir la dureza de su presencia, tan cerca que por un instante olvidó que lo odiaba. Ese roce le arrancó una punzada de contradicciones. Él también lo sintió. Había pasado dos días envenenado por la idea de que otro hubiera podido tocarla, y al fin, ahora, sentía un respiro. Porque Dante no había tocado a ninguna mujer desde que ella desapareció. En la mafia Brown, un hombre infiel era un hombre indigno de confianza. Y aunque Gabriella había desaparecido antes de que pudieran jurarse amor eterno, él ya lo había decidido hacía tiempo: no habría otra después de ella. Ninguna valía tanto. Seguía siendo suyo. Solo suyo. Retrocedió unos pasos, recuperando el gesto duro en su rostro. El aire que había entre ellos se quebró con la frialdad de sus siguientes palabras. —Después te llevaré a comprar ropa. Todo lo que necesites —dijo con voz firme—. Pero hasta que no sepa qué ocurrió tras nuestra salida de la iglesia, estarás aquí, en esta habitación. Sin comunicarte con nadie. Gabriella alzó la barbilla, con la toalla aún apretada a su pecho. —¿Y qué harás si escapo? —preguntó, con un dejo de desafío en la voz. Dante avanzó de nuevo, atrapando con su mano el mentón de Gabriella, con firmeza, obligándola a mirarlo a los ojos. —¿Ves a esos hombres ahí afuera? —señaló con un movimiento de cabeza hacia la puerta—. Si escapas, ellos mueren por no hacer bien su trabajo. De ti depende que sigan con vida —retó con sus palabras. Un estremecimiento la recorrió. No supo si era miedo, ira o alguna otra cosa, pero su cuerpo reaccionó a la cercanía, como si hubiera un hilo invisible tirando de ella hacia él, aun cuando lo detestaba. Dante soltó su mentón y se dio la vuelta. —Te enviaré a alguien con tu comida —dijo al llegar a la puerta—. Aliméntate bien… a menos que quieras que venga yo a darte de comer en la boca. El golpe de la puerta cerrándose resonó en sus oídos. Gabriella soltó el aire que había estado conteniendo, con las piernas temblándole mientras se dejaba caer en la cama, con la toalla todavía apretada. —Ay, no… —murmuró de pronto, al darse cuenta—. El maldito se llevó mis calzones. Se quedó inmóvil un rato, sintiendo la indignación mezclada con un calor que la confundía. Minutos después, la puerta se abrió sin que nadie tocara. Una sirvienta entró en silencio, llevando una caja en los brazos. Gabriella suspiró al ver que dentro había ropa interior nueva, de su talla. También una blusa gris, olgada, y unos jeans negros. —Gracias —murmuró, sin levantar demasiado la voz. La mujer salió en silencio, porque el mafioso prohibió que hablaran con ella, dejándola sola otra vez. Gabriella se vistió con lentitud, observando de reojo el pasillo a través de la puerta entreabierta. Los hombres seguían ahí, como sombras apostadas para vigilarla. No sabía si Philipp y su hermana estaban vivos o muertos. No sabía qué pensaba hacer Dante con ella. Solo sabía que estaba atrapada en esa habitación. Se sentó en la cama, con el corazón pesado y la mente llena de preguntas sin respuesta. Mientras que Dante salió de la habitación sin mirar atrás, enfundándose la chaqueta oscura que colgaba del respaldo de una silla en el pasillo. Ordenó a dos de sus hombres que reforzaran la vigilancia en la puerta y que no permitieran que Gabriella diera un solo paso fuera de esa habitación. Después bajó las escaleras, con las manos hundidas en los bolsillos, y subió a una de las camionetas negras que lo aguardaban en el exterior. —A la casa de mi padre —ordenó con sequedad, cerrando los ojos mientras apoyaba la cabeza en el respaldo del asiento. El vehículo partió entre calles silenciosas. La noche avanzaba fría y pesada, como si la ciudad misma supiera lo que Dante llevaba en la mente. Damien Brown, por supuesto, ya lo sabía. En el segundo piso de su residencia, tras el ventanal amplio de su despacho, había visto a su hijo entrar por la entrada principal. Solo. Lo esperaba con Gabriella, con esa pieza faltante que por años había buscado. Sin embargo, Dante apareció sin ella, con el gesto más duro de lo habitual. El mafioso no dijo nada. Solo deslizó la mirada hacia el lobo viejo que descansaba junto a él, a un costado del sillón de cuero. Hades, su inseparable compañero, tenía el pelaje grisáceo y la mirada tranquila, aunque aún conservaba la imponente fuerza de su especie. Pasaron apenas unos minutos antes de escuchar el golpe seco de los nudillos de Dante contra la puerta. —Adelante —espetó Damien, con la voz grave que llenaba la estancia. El heredero entró, cerrando detrás de sí. Se dejó caer en el sofá frente al escritorio de madera oscura. Se notaba agotado, tenso, con el ceño fruncido y un aire de fastidio que solo podía deberse a un asunto grave. —La encontré —soltó, directo, sin rodeos. Damien lo observó con detenimiento. No había júbilo en su voz, tampoco había emoción en sus ojos. El hallazgo, esperado por tantos años, no parecía darle paz. —Lo supuse en cuanto llegaste a Nueva York —replicó el mafioso con calma, entrelazando los dedos sobre el escritorio. Dante inspiró hondo, recostándose contra el respaldo. —Alguien activó el rastreador del collar —explicó—. Lo habían vendido en una joyería en Hamburgo. Damien entrecerró los ojos, procesando la información. —¿Y luego? —Luego de interrogatorios exhaustivos… —su tono se volvió cortante, como si no quisiera ahondar en detalles... detalles que incluían muertes— la encontré en Alemania. Un silencio denso se extendió por la estancia. Damien acarició distraídamente la cabeza del lobo a su lado, sin apartar la vista de su hijo. —¿Y por qué no la trajiste contigo? —preguntó, directo. Dante cerró un momento los ojos antes de contestar. —Porque ella no recuerda nada —dijo finalmente—. Sabe su nombre, asumo que es porque llevaba su esclava con él… pero no me reconoció. No tiene puta idea de quién soy. El aire se volvió más pesado. Damien se recostó contra el respaldo, exhalando un suspiro profundo. —Estaba a punto de casarse —añadió Dante, con un deje de rabia en la voz. El mayor levantó la mirada hacia su hijo. —Supongo que ese hombre ya no respira —dijo el patriarca, sin inflexión en la voz. Dante asintió apenas, con un gesto seco. —Hiciste bien —concedió Damien—. Entonces dime… ¿qué fuiste a hacer a Las Vegas? Dante sostuvo su mirada con firmeza. Era lógico que su padre supiera sus movimientos. —Casarme con ella —respindio sin más. Damien arqueó una ceja, sorprendido, aunque no tardó en recomponerse. Conocía demasiado bien el temperamento de su hijo como para cuestionar la decisión. Si Gabriella había estado a punto de unirse a otro hombre, Dante había hecho lo único que podía hacerse: reclamar lo que le pertenecía. No lo culpaba. Él habria hecho lo mismo. Ahora ella estaba en las manos de un Brown, tomando el lugar que le correspondía. —Me parece excelente. Aunque tu madre no estará feliz de no haber estado en la boda. Seguro se pondrá furiosa —agregó soltando un suspiro grave. Por primera vez en toda la conversación, Dante se llevó la mano a la nuca y se rascó la parte trasera de la cabeza, con un gesto de incomodidad poco habitual en él. —Ella lo entenderá —respondió al fin, con un suspiro contenido. —¿Qué hay de Jarek? —preguntó Damien. El ceño de Dante se frunció de inmediato. —Sigue en Alemania. Y teniendo en cuenta que no debería ser difícil deshacerse de un simple millonario, y que hasta ahora no ha regresado. He comenzado a inquietarme. Damien guardó silencio unos segundos antes de responder: —Esperaremos a que vuelva. Necesitamos saber qué ocurrió allá, antes de dar cualquier paso. Dante asintió. —De momento, un médico debe ver a Gabriella —añadió Damien con voz firme—. Debemos saber qué tanto daño tiene, por dentro, para no poder recordar nada. —Ya lo había pensado —dijo Dante, cruzando los brazos sobre el pecho—. Y también tomé una decisión: de momento no voy a decirle nada. Ni quién soy, ni quién es su familia. Damien lo miró fijo, como evaluando sus palabras. Pero no cuestionó su decisión. Lo importante es que habían traído a la hija de su amigo de vuelta. Hubo un silencio largo, roto solo por el respirar pausado de Hades. —Entonces habrá que traer a Massimo —dijo Damien al final—. Debe saber que su hermana vive. Pero será con discreción. Dante asintió de nuevo. Massimo era el hermano menor de Gabriella, tenía 19 años y estaba en la universidad, en Suiza. Cómo todo hijo de mafioso, estaba entrenando para tomar un lugar en la organización cuando llegara su momento. Damien se puso de pie, acercándose al ventanal. Observó las luces de la ciudad mientras su voz se endurecía. —Todo se hará con cautela. Esperemos que Gabriella recupere sus recuerdos antes de que sus padres despierten del coma. Dante lo siguió con la mirada, en silencio, consciente de la carga que pesaba sobre ambos.
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