La victoria de Ginger en la cena familiar le supo a ceniza. Sí, se había ganado la admiración de Emiliano y la devoción casi ciega de Fernando. Desde fuera, todo era un triunfo calculado. Pero en la soledad de su apartamento, mientras se quitaba el vestido que él le había regalado, solo sentía la prisión. Cada movimiento que la acercaba al poder era otro barrote en su jaula dorada. Estaba dejando de ser Ginger Smith para convertirse en la reina de un tablero que despreciaba. Mientras ella se ahogaba en su éxito, Ulises se ahogaba en veneno. Paola le había contado cada detalle de la cena con una crueldad divertida: cómo Aimar había desarmado a Emiliano, cómo había puesto en su sitio a Fernando, cómo había salido de allí como jugadora principal y no como simple ficha. Para Ulises, no era u

