La pregunta de Fernando quedó suspendida en el aire, cortando el silencio con la misma fuerza que un trueno: —¿Huyes de tu misión o huyes de mí? El cuarto del motel olía a humedad y miedo. La lluvia golpeaba el techo como si quisiera abrirse paso, y el parpadeo intermitente de la luz exterior hacía que las sombras bailaran sobre las paredes. Ginger se sintió acorralada. Su respiración era un temblor que no podía controlar. Sentía su mirada como una corriente eléctrica recorriéndole la piel, desnudándola, arrancándole cada capa de mentira que aún intentaba sostener. Trató de recomponerse, de refugiarse en el personaje que había construido con precisión quirúrgica. —No sé de qué hablas —dijo, intentando sonar firme—. Solo soy una empleada que decidió irse. No tienes derecho a— —Basta, Gi

