La súplica de Ginger —“déjame ir”— quedó suspendida en el aire, como un hilo frágil entre dos voluntades irreconciliables. Fernando la observó sin moverse, la mirada fija, los ojos oscuros e impenetrables. Durante unos segundos, ella creyó que tal vez habría piedad. Que aquel hombre que había confesado amarla sería capaz de concederle un gesto de libertad. Entonces él soltó una risa corta, seca, sin un rastro de humor. —¿Dejarte ir? —repitió con incredulidad, como si la idea fuera un mal chiste—. ¿Para qué? ¿Para que los verdaderos monstruos te encuentren ahí fuera? ¿Crees que yo soy el único enemigo que tienes, Ginger? La forma en que dijo su nombre la despojó del aire. Dio un paso atrás, pero él no la siguió. No necesitaba hacerlo. Su voz bastaba para llenar el espacio con una autorid

