La victoria de Fernando en aquella cena fue tan breve como amarga. Cuando el silencio cayó sobre la mansión, él se refugió en su estudio. No lo movía el deseo de saborear el triunfo, sino la inquietud creciente de no entender completamente el juego que se desarrollaba frente a él. Había algo que no encajaba. La huida de Ginger, su regreso desesperado, la tensión que vibraba en su cuerpo como una cuerda a punto de romperse. No era el comportamiento de una mujer que buscaba venganza. Era el de alguien que escapaba de un enemigo invisible. Fernando se apoyó en el escritorio, las manos sobre los papeles, la mente girando en círculos. Su instinto, curtido por décadas de manipular a tiburones financieros y sobrevivir entre traidores, le susurraba que faltaba una pieza. Tomó el intercomunicador

