La declaración de amor de Fernando no fue un alivio. Fue una sentencia. Cada palabra que pronunció con la voz de un hombre que se creía salvador se convirtió en una nueva cadena alrededor de Ginger. Él no solo la reclamaba; la absorbía. Le ofrecía una protección que no era refugio, sino prisión. Ya no estaba atrapada entre el odio y el deseo, sino entre dos amos que la tiraban en direcciones opuestas: su comandante, Zuri, y su carcelero, Fernando. El aire dentro de esa casa se volvió denso, cargado de una devoción enferma que la asfixiaba. No podía moverse sin sentir su mirada; no podía dormir sin escuchar su voz resonando en su mente, prometiendo amor eterno como si fuera una amenaza. Entonces llegó el mensaje. Sin cortesías, sin preámbulos. Solo una orden. Una reunión. Presencial. Fin

