El aire en el viejo apartamento de Astoria era denso, casi irrespirable. Emiliano acababa de decirlo, con esa voz que no dejaba espacio para dudas: “Se acabó el huir”. Ginger sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Él la había encontrado. Después de dos meses de esconderse, de noches en vela, de cambiar de ciudad, de nombre y de rostro, estaba ahí, bloqueando la puerta con esa mezcla de rabia, tristeza y amor que la había perseguido en sueños. Era el hombre que amaba, y al mismo tiempo, su condena. Le gritó. Le suplicó que se fuera, que no entendía lo que estaba en juego. Le habló de Zuri, de Gabriel, de los muertos que los seguían como sombras. Pero Emiliano no escuchó. La pérdida lo había endurecido. La obsesión lo había convertido en algo que ella apenas reconocía. Cuando la

