Nueva York seguía siendo una herida abierta. Cada edificio reflejaba un recuerdo, cada calle olía a pasado. Las luces de neón cubrían las cicatrices, pero no las curaban. Para Ginger Smith, la ciudad era una tumba disfrazada de metrópolis. Cada sombra tenía la forma de Zuri; cada esquina, la voz de Ulises; cada torre de cristal, el eco de Fernando Rodger. Aimar Murray había muerto allí. Si quería vivir como Ginger Smith, tenía que irse. Eligieron la costa oeste. Carmel-by-the-Sea, California. Un rincón donde el viento olía a sal y las casas parecían esculpidas en la niebla. Nada de rascacielos, nada de cámaras, nada de torres con nombres grabados en bronce. Solo el Pacífico, inmenso y constante, como una promesa. Emiliano encontró la casa perfecta en los acantilados de Big Sur. De vidri

