Había pasado una semana desde la noche del almacén. Una semana desde que el nombre de Domenico Zuretti dejó de ser un susurro entre pasillos corporativos para convertirse en el rostro público de un monstruo. Una semana desde que el olor a gasolina, pólvora y sangre se grabó para siempre en la memoria de Ginger. A veces despertaba creyendo escuchar aún el eco de los disparos. El silencio posterior era peor, un vacío que ni las sábanas de mil hilos ni las paredes de mármol podían llenar. Dormía en una habitación de huéspedes de la mansión Rodger, el mismo lugar donde una vez había sentido la opresión de una jaula disfrazada de lujo. Ahora, era otra cosa: un purgatorio con vistas al Hudson. Emiliano no la presionaba. No hacía preguntas, no exigía explicaciones. Solo estaba allí. Su presenci

