Capítulo 3

907 Palabras
La ciudad me recibió con indiferencia. Sus luces de neón se reflejaban en los charcos de una lluvia reciente, tiñendo el asfalto con colores artificiales. Esa primera noche debía quedarme en el apartamento de la señora Carmen, la arrendadora del edificio donde supuestamente mi piso aún no estaba listo. Una mentira conveniente, un peón de Ulises. Ella y su hija adolescente, con sus sonrisas amables y su charla ligera sobre los vecinos, eran la coartada perfecta. El inicio de mi primera prueba real. Para ellas yo era Aimar Murray, una joven profesional abrumada por la mudanza. Lo que no sabían era que cada gesto de cortesía, cada sonrisa tímida, era parte de un engranaje diseñado para ejecutar a un hombre. Mientras me ofrecían un té, mi teléfono vibró. Un número encriptado. Contesté. —Hoy es tu segunda prueba —la voz de uno de los hombres de Ulises, fría, plana, me rozó el oído—. Zuri quiere que el paquete sea recuperado y el mensajero eliminado. ¿Necesitas aclaraciones? “Segunda prueba”. La primera había sido mi transformación. Esta era mi graduación. —No —murmuré apenas—. Nueve me explicó el protocolo. Colgué. El corazón me golpeaba el pecho como un tambor de guerra. Esa noche, la señora Carmen y su hija prepararon lasaña casera para darme la bienvenida. El olor a queso derretido y orégano llenaba el pequeño apartamento, un aroma a hogar, a normalidad. A todo lo que había perdido. Puse una excusa sobre el estómago revuelto y apenas comí. Lo único que logré tragar fue una manzana verde; su acidez me pareció lo único real en medio de tanta farsa. Pasada la medianoche, el silencio se apoderó del lugar. Ellas dormían, mis testigos involuntarios, garantes de mi coartada. Me moví con la precisión que Nueve había pulido durante meses: vestida de n***o, el cabello tirante en una coleta alta, me deslicé fuera del edificio. Un sedán gris me esperaba. Subí sin una palabra. El viaje nos sacó del centro iluminado hacia suburbios oscuros, donde las casas se apretaban unas contra otras. La casa del objetivo era pequeña, descuidada, el jardín devorado por maleza. Entré por la ventana trasera del dormitorio. El aire olía a alcohol barato y abandono. Me escondí en el armario, la puerta apenas entreabierta. La espera fue eterna. En la oscuridad me asaltaron los recuerdos: mis abuelos, sus sonrisas, el olor a galletas de la abuela. Y luego los documentos que Ulises me había mostrado: este hombre, el juez que los condenó por órdenes de los Rodger, el mismo que —según los archivos— los había torturado en prisión para arrancarles secretos sobre mi madre. La rabia helada apagó cualquier miedo. La llave giró en la cerradura. El sonido retumbó en mi pecho. Entró tambaleándose, apestando a whisky. Dejó un maletín en el suelo y se quitó la chaqueta con torpeza. Ese fue el momento. Salí del armario como un relámpago. Lo estampé contra la pared, el golpe le arrancó el aire. Una patada brutal en la entrepierna lo dobló. Lo derribé y caí sobre él, rodilla en el pecho, la pistola con silenciador hundida en su estómago blando. Sus ojos inyectados de sangre se abrieron, a medio camino entre súplica y confusión. No le di tiempo. El primer disparo fue calculado. El segundo, inmediato. Luego, la furia tomó el control. Vacíe el cargador. Dieciséis disparos. Uno por cada año que mis abuelos pasaron en la cárcel. La sangre me salpicó el rostro, la ropa, las botas. El silencio que quedó después era insoportable. —Debo sobrevivir —susurré, temblando—. Maldición, debo ser fuerte. Para ahogar mi propio temblor, lo pateé en las costillas. Luego lo arrastré hasta el baño, dejando un rastro oscuro sobre la alfombra. Lo metí en la bañera y abrí el grifo. Mientras limpiaba huellas, reí. Una risa histérica, rota, que se mezclaba con lágrimas silenciosas. Recogí el maletín. Quise abrirlo, pero la voz de Nueve resonó en mi cabeza: Sigue el plan. Sin desviaciones. Lo dejé cerrado y salí por donde había entrado. El coche gris seguía allí. En el asiento trasero me esperaba Nueve, leyendo bajo la luz de un flexo portátil. Todo en él era rojo: la ropa, el aura. Sus gafas ocultaban unos ojos cuyo color jamás había visto. —El paquete —dijo sin mirarme. Le entregué el maletín. Lo dejó a un lado. —Si todo sigue como está planeado, no tendrás que volver a ensuciarte las manos por un tiempo —comentó, con tono académico—. Aunque, si surge otra oportunidad, evita el cuerpo a cuerpo. Dejaste demasiados rastros. Fue un trabajo sucio, emocional. Me hundí en el asiento. Su crítica dolía más que cualquier herida. Días después, ya instalada en mi lujoso apartamento, dos cosas ocurrieron casi al mismo tiempo. Un correo llegó a mi bandeja de entrada: Solicitud aprobada - Rodger Corp.. Al mismo tiempo, en las noticias, hablaban de un cuerpo hallado en el río, despedazado. El equipo de limpieza de Ulises había terminado el trabajo. Recordé cómo Nueve me había hecho degollar animales durante el entrenamiento, “para desensibilizarme”. Mintió. Nada te prepara para la sangre humana. Maté a alguien. Esa verdad me seguirá siempre, como un fantasma pegado a mi espalda. Pero lamentarme no salvará a Max. No protegerá a Abril. El precio de su seguridad es mi alma. Y ya empecé a pagarlo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR