Capítulo 4

1033 Palabras
El acero y el cristal del edificio principal de Rodger Corp se alzaban como un monumento a la arrogancia, un dedo de gigante apuntando al cielo. Cada mañana, al cruzar sus puertas giratorias, sentía el peso de la misión sobre mis hombros. Había acabado con la vida de un hombre, y el eco de esa noche aún retumbaba en mis silencios. Pero ese acto, brutal y definitivo, apenas había sido el prólogo. El verdadero campo de batalla estaba aquí: un laberinto de cubículos, salas de juntas y sonrisas de oficina. Un imperio que vine a destruir desde adentro. Pronto entendí que el entrenamiento no me había preparado para la sutileza de esta nueva jaula de oro. ¿Cómo iba a acercarme al hombre en el trono de aquel rascacielos? Fernando Rodger era más sombra que carne, un fantasma inaccesible rodeado de protocolos y asistentes. Mi escritorio estaba perdido en un mar de puestos idénticos. Allí, Paola Walker reinaba como la abeja reina del chisme. —Dicen que el señor Rodger no ha sonreído desde que murió su esposa —me susurró un día, fingiendo buscar un clip en mi mesa—. Sale con modelos, actrices… pero ninguna dura más de un mes. Es como si tuviera el corazón congelado. Cada dato que soltaba lo guardaba con cuidado, comparándolo con la información que Ulises me había dado. Pero los archivos no me enseñaban cómo romper ese hielo. Una tarde, el aroma de sándalo me anunció a Ulises antes de que lo viera. Apoyó un codo en mi escritorio, con esa sonrisa burlona que parecía un insulto al aire solemne de la oficina. —Siempre tan ocupada, señorita —dijo con voz de terciopelo. —Lo tomaré como un cumplido —respondí sin mirarlo, escondida en el informe que revisaba. —Lo es. Sé lo que te preocupa. Esa distancia. Estoy aquí para ayudarte con Rodger. —¿Cuándo? —mi voz traicionó un hilo de impaciencia. —En su momento. La paciencia es el arma más elegante. Se fue justo antes de que Paola apareciera con los ojos brillando de insinuaciones. —Aimar… ¿qué te traes con el bombón del señor Twitchell? Me obligó a una partida de ajedrez verbal que siguió por mensajes hasta la noche, en la que tuve que convencerla de que su imaginación era más fértil que el Amazonas. Fernando maldijo y apoyó los brazos en su escritorio. El silencio de la oficina, antes su refugio, ahora se sentía como una tumba. Desde la muerte de Helena, su vida amorosa había sido un desierto interrumpido apenas por oasis pasajeros. Sexo, sí. Amor, nunca. Y entonces había llegado ella. Aimar Murray. Una distracción incómoda, pero adictiva. Cada mañana irrumpía en su rutina con un café o un chocolate caliente, según el clima. Interrumpía con pequeñas anécdotas triviales que se habían convertido, para su fastidio, en lo que más esperaba del día. Aquella noche, al marcharse, la vio sola en su escritorio. La luz del monitor bañaba su rostro mientras escribía con el ceño fruncido, el cabello sostenido con un lápiz. Se acercó casi sin pensarlo. Ella se sobresaltó, como si hubiera visto un fantasma. —Señorita Murray, ¿qué hace aquí tan tarde? Un rubor subió por su cuello. Notó entonces dos cosas: que ella había dejado a un lado las medias, y que él mismo solo vestía una camiseta ajustada tras quitarse la chaqueta por el aire dañado de su oficina. Ambos estaban demasiado expuestos. Ella murmuró una excusa. Él buscó una explicación banal sobre el mantenimiento. Ninguno se creyó la escena. La tentación de ofrecer llevarla a casa fue tan fuerte que Fernando tuvo que apretar los puños. El plan de Ulises se desplegó con sutileza cruel. Organizó una reunión de emergencia y me sentó estratégicamente entre él y Fernando. A mi izquierda, el aroma oscuro de sándalo; a la derecha, la frescura limpia de Fernando. —Discúlpenme un momento —dijo Ulises, fingiendo una llamada y dejándonos solos. —Mi amigo es muy popular —comentó Fernando, rompiendo el silencio. Después, recordó un detalle nimio sobre mis gustos en postres, una conversación de semanas atrás. Ese recuerdo íntimo me desconcertó. Y justo cuando el aire empezaba a suavizarse, Ulises volvió, levantando otra vez el muro entre nosotros. Los días siguientes fueron un tira y afloja. Fernando empezó a buscar excusas para hablar conmigo. En una jornada larga, insinuó con voz cargada de sospecha: —Usted consiguió un patrocinador muy rápido en esta empresa. La mirada hacia la oficina de Ulises lo decía todo. La sangre me hervió. Antes de salir, lo tomé de la muñeca. —No haga eso, señor Rodger. Respéteme, como yo lo respeto a usted. Lo solté y me marché, dejándolo desarmado. Ese desafío, lejos de alejarlo, avivó su interés. Me miraba más de cerca. Notaba detalles personales, como la horquilla que me había regalado Abril. Y con cada mirada, su atención se volvía más posesiva. Desde mi torre de cristal, Ulises observaba la partida con satisfacción amarga. Sabía cuánto temía Fernando al amor. Y verlo caer, inevitablemente, por la mujer que él había moldeado, era un triunfo envenenado. Hasta que una tarde Fernando entró a su oficina y lo confesó sin rodeos: —Creo que me gusta Aimar. Ulises sintió el golpe en el estómago, pero mantuvo el gesto impasible. Lo animó a confesarle sus sentimientos, ocultando que la mujer en cuestión era lo único que de verdad le importaba. Cuando Fernando salió con renovada determinación, Ulises fue a buscarme. Me encontró en el archivo, sola, con el aire oliendo a papel viejo y a mi perfume. —Felicidades —dijo, con voz áspera—. El pez ha picado. Me giré y lo miré. —Gracias, Ulises. No pude añadir más. Me tomó por la cintura y la carpeta cayó al suelo. Su boca buscó la mía con una urgencia que me atravesó. No tuve tiempo de pensar. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Correspondí al beso. No había ternura en él, solo dolor, posesión, años de deseo reprimido. Cuando se apartó, murmuró algo que sonó a maldición y se fue, dejándome sola, con el caos latiendo en mis labios.
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