El eco del beso de Ulises todavía ardía en algún rincón de mi mente, un recordatorio febril de la delgada línea que caminaba. Era un fantasma que debía exorcizar, un sentimiento que no podía permitirme. Mi enfoque debía ser absoluto, mi objetivo inamovible: Fernando Rodger. Y justo cuando la duda amenazaba con enraizarse, él mismo me entregó la siguiente pieza del rompecabezas.
Apareció en mi escritorio al final de la jornada, una figura imponente que proyectaba una larga sombra sobre mis papeles. Su nerviosismo era casi palpable, una disonancia extraña en el hombre que dirigía un imperio con puño de hierro.
—¿Cena? —repetí, incrédula. El tono me salió perfecto, no del todo fingido. Mi pulso se aceleró, no por emoción, sino por la adrenalina del plan en marcha—. No recuerdo ninguna cena de negocios para hoy, señor. Mis compañeros no lo comentaron. Déjeme verificar en la agenda.
Él levantó la mano para detenerme.
—No la hay, señorita Murray. Desde el viernes he estado esperando para pedírselo. Quería disculparme por mis insinuaciones. No fue profesional.
La presa estaba cayendo en la trampa. Era el momento de tirar del sedal con la delicadeza justa.
—No creo que sea buena idea, señor Rodger —bajé la vista, proyectando modestia—. Usted es mi jefe. Podrían correr rumores. La gente habla.
“Que hablen”. Esa frase había empezado a perseguirme desde la última conversación con Ulises. Yo mismo me había repetido que era un hombre adulto, que no debía temer a algo tan simple como pedir una cita. Pero frente a ella, con sus ojos serios y su postura impecable, me sentía como un adolescente torpe.
—No me importa —dije, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. Si los rumores son el precio a pagar por su compañía, que así sea.
El silencio fue denso. Vi la lucha en su rostro y temí que me rechazara. Hasta que finalmente susurró:
—Está bien. Déjeme recoger mis cosas.
Un alivio me recorrió. La vi guardar sus pertenencias con torpeza, algo en ella estaba nervioso también. Esa imperfección la hizo más real, más alcanzable.
En el coche, el silencio era expectante. El interior olía a cuero caro y a su loción, una mezcla embriagadora. Yo miraba las luces de la ciudad, consciente de su mirada fugaz sobre mí.
Entonces el teléfono vibró. Vi cómo su rostro palidecía al leer la pantalla. Sin una palabra, giró bruscamente en la siguiente intersección.
—Perdóneme —dijo, con la voz tensa—. Hubo un cambio de planes.
No explicó más. El aire se volvió helado, cargado de incertidumbre.
El mensaje era de la señora Gosnell: Gabriel ha despertado. Está preguntando por ti. El mundo se detuvo. Mi hermano, después de meses en coma. Tenía que ir.
Al llegar a la casa de mi infancia, la señora Gosnell nos recibió con el rostro preocupado. Fue entonces que lo noté: en algún momento había tomado la mano de Aimar. Ella no me la había retirado. La solté como si me quemara.
—Ya no sé ni lo que hago… —murmuré para mí mismo.
Ella saludó con educación, como si nada fuera extraño. Gosnell nos hizo pasar, y enseguida apareció mi madrastra. Pelirroja, fuerte, aún firme como siempre. Me abrazó con esa familiaridad que nunca había sido sincera.
Me habló de Gabriel, de un espasmo en su pie, un signo de esperanza. Lloró. Y Aimar, rápida, le tendió un pañuelo de su bolso. El gesto desarmó a mi madrastra, aunque yo conocía sus juegos. Su insistencia en que me quedara a dormir era la misma manipulación de siempre. Me negué con frialdad.
—La señorita Murray debe irse a su casa. Avíseme cuando mi hermano despierte de verdad.
De vuelta en el coche, sentía el peso de aquel encuentro oprimiéndome.
—Muero de hambre —suspiré, más cansado que hambriento.
—Pues si usted quiere —dijo ella con un brillo calculado— puede cenar en mi apartamento.
La tentación fue fuerte, pero la noche ya estaba demasiado cargada.
—Lo dejaremos para otro día.
Al llegar a su edificio, me detuve. No quería que la noche acabara sin decirlo. Tomé su mano con plena conciencia.
—¿Sería imposible pedirle una oportunidad?
Ella me miró fijamente.
—No lo creo. Usted no me es indiferente.
Y con eso bastó. Me incliné y la besé.
El beso fue primero tímido, luego más profundo al sentir mi respuesta. Sus manos recorrieron mi espalda y mi cintura, y un escalofrío me atravesó. Yo repetía en mi mente: Esto es parte de la misión. No sientas nada. Eres Aimar.
Al llegar a mi apartamento, el teléfono sonó. Número bloqueado.
—Zuri la felicita por su excelente trabajo —dijo una voz metálica—. Pero recuerde: no involucre sus sentimientos. Si traiciona a Zuri, deseará estar muerta.
—Lo sé.
Colgué con la amenaza flotando en el aire. Recordé las historias de Nueve: cómo el padre de Ulises intentó traicionar a Zuri y acabó en un sanatorio, balbuceando incoherencias. Toda victoria está teñida de rojo, me había dicho.
Los días siguientes fueron un torbellino. Ulises me encontró en la oficina del supervisor, con la mirada más intensa que nunca.
—Han pasado días y no has progresado con Fernando —me recriminó.
—Lo intento, pero no es fácil —me defendí—. Además, sigo buscando a los otros cómplices. Algunos ya han muerto.
—No digas más —me interrumpió, casi en un susurro—. Concéntrate en la misión. Eso es lo que quieres, ¿no?
—Sí, claro —forcé una risa—. Después de todo, no fue mi primer beso.
Vi un destello de dolor en sus ojos antes de que lo ocultara. Me entregó una nota.
—Reserva en un restaurante. Invítalo. Ve asegurando tu puesto.
Y así lo hice. La cena fue tensa, hasta que, bajo la mesa, Fernando tomó mi mano.
—Quiero hacer las cosas bien contigo, irnos conociendo poco a poco… mi bella Aimar.
Besó el dorso de mi mano, y sentí el calor subirme al rostro. Un sonrojo real, no fingido. Y en ese momento me estremecí al imaginar el odio en sus ojos cuando descubriera la verdad.
No debo flaquear. Me infiltraré, completaré mi venganza y aceptaré mi castigo. Todo por proteger a los que amo.