Capítulo 6

1240 Palabras
Hay imágenes que se graban a fuego en la memoria, inmunes al paso del tiempo. Para mí, era el rostro de Ginger Smith a los dieciséis años, sentada bajo el viejo roble detrás de su casa, con una cinta azul en el pelo y los ojos llenos de un futuro que aún no había sido destrozado. Desde aquel beso en el archivero, esa imagen se repetía en mi mente en un bucle tortuoso, superponiéndose a la mujer en la que se había convertido: una pantera elegante y letal, con la mirada endurecida por el odio y la pérdida. Aquel primer día que la conocí, éramos tan jóvenes que confundíamos la fascinación con el amor. Pero incluso entonces, supe que había algo en ella, una chispa de acero bajo la dulzura, que me atraía de una forma inexplicable. Ahora, medito una y otra vez sobre los rastros de esa chica que aún quedan en sus ojos. Los veo en momentos fugaces, cuando una broma de Paola la sorprende, o cuando mira por la ventana con la guardia baja. Pero el miedo a perder lo único que le queda —su hermano, su mejor amiga— le impide luchar por su propia felicidad. Se ha convencido de que no la merece. La deseaba para mí, rota y entera. Pero no puedo ir en contra de su voluntad, de la misión que yo mismo ayudé a forjar. Al menos, no por ahora. Mi puerta se abrió y ella entró, seguida de mi secretario. Ginger me mostró unos papeles con la expresión perfectamente neutral, como si nada ardiera debajo. Cuando mi secretario se marchó, dejándonos a solas, el aire en la oficina se volvió denso, cargado de palabras no dichas. —Quería hablar acerca del beso —murmuró. Pero el destino, o quizás el diablo, tiene un pésimo sentido de la oportunidad. La puerta se abrió de golpe y Paola Walker apareció con una carpeta azul en la mano y una sonrisa inocente que no engañaba a nadie. —¡Buenos días, disculpen! A Aimar se le olvidó esto en su escritorio. Qué cabeza la tuya, amiga. Dejó la carpeta sobre mi mesa, sus ojos curiosos saltando de mi rostro al de Ginger, absorbiendo la tensión de la habitación. A pesar de la interrupción, pude sentir la mirada de Ginger sobre mí, una pregunta silenciosa que se quedó flotando en el aire mucho después de que ambas se marcharan. Más tarde, cuando me encontraba a solas, mi secretario tocó la puerta. —Señor Twitchell, ¿puedo? —Adelante. Vamos, sé que deseas hablar —le insté, recostándome en el sillón. Su lealtad era a Zuri, no a mí. Lo sabía perfectamente. —¿Se ha acostado con la señorita Murray? —preguntó, respetuoso pero con filo de acero. —No. —¿Deberíamos creerle? —El “deberíamos” era plural. —Es la verdad. Me sostuvo la mirada un instante más, evaluando. Luego asintió. —Le creo. Pero en sus ojos vi la advertencia clara: Zuri no toleraría complicaciones. Fernando me pidió que lo acompañara a visitar a su hermano. La idea me produjo un nudo en el estómago. Enfrentarme a otro Rodger era arriesgado, pero negarme habría levantado sospechas. La habitación de Gabriel no parecía de hospital, sino un dormitorio elegante en la mansión familiar, con vistas a un jardín impecable. Estaba pálido y delgado, pero sus ojos tenían una viveza sorprendente. Tan pronto como me presentaron, me sonrió con dulzura melancólica. Tomó mis manos entre las suyas, frías al tacto. —Tienes manos de luchadora. Si no te importa, te llamaré hermana desde ahora. Su propuesta me descolocó. Miré a Fernando, y él asintió con una pequeña sonrisa. —Hermana… —repetí, probando la palabra—. Me gusta. Pasamos una tarde increíble. Bebimos vino y jugamos a las cartas sobre una mesita junto a su cama. Gabriel era ingenioso y divertido, contaba historias de su juventud con Fernando que lo hacían reír a carcajadas, una risa profunda y real que jamás le había oído en la oficina. Por unas horas olvidé que era Aimar Murray, la vengadora. Fui solo Ginger, compartiendo un momento de calidez. Ojalá no nos uniera este terrible secreto. Ojalá todo esto fuera real. De vuelta en el coche, Fernando conducía con una mano en el volante y con la otra sostenía la mía. Al llegar a mi edificio, apagó el motor y me besó. Esta vez no había nerviosismo ni duda, solo una posesividad tranquila. Su lengua exploró mi boca con lentitud, su mandíbula sometía la mía. Sentí el calor crecer en mi vientre y la presión evidente de su deseo. Fingí ignorarlo. —Desde ahora, cuando estemos a solas, llámame por mi nombre —susurró contra mis labios. Un escalofrío me recorrió la espalda. El destino me concedió una tregua: Fernando tuvo que viajar tres días fuera del país. Era mi oportunidad. Encontré a Ginger en la sala de archivos, la misma donde la había besado por primera vez. —Ahora que estamos a solas, ¿podemos hablar? —cerré la puerta tras de mí. Ella asintió con calma. Le entregué un sobre. —Es la información del forense que trabajó para la difunta esposa de Fernando. Helena Rodger. Sus ojos se abrieron con sorpresa. —¿La madre de Emiliano? ¿Fernando no lo sabía? —No lo sé. Dile a Nueve que investigue. Tomó mi mano. El contacto fue eléctrico. La aparté bruscamente. —¿Tanto me odias? —susurró. —No lo hago. —Entonces no me rechaces. ¿Has pensado en aquel beso? Yo no he dejado de hacerlo. Su mano acarició mi mejilla. Se inclinó y me besó suavemente. Fue como prender una mecha. La tomé del rostro y la besé con toda la desesperación que había reprimido. —¿Lo deseas? —preguntó, vulnerable. —Lo deseo. La besé de nuevo, con rabia contenida. Sus dedos temblaban entrelazados con los míos. —Desde hoy seremos amantes —murmuré. En ese momento, su celular sonó. También el teléfono de la oficina. Maldije. —Debo salir. Luego continuaremos, amor. ¿Te llevo? —No, pediré un taxi. Cuando se fue, me apoyé contra la pared, temblando. Quizás la interrupción fue lo mejor. Esa noche le envié un mensaje: “Olvida lo que estuvo a punto de suceder”. Los días siguientes fueron una tortura. Lo evitaba, lo espiaba desde mi escritorio. En público todo era correcto, pero entre nosotros había un abismo de dolor. No sé si lo que siento por Ulises es amor, pero duele. Duele como el infierno. Soy una mujer marcada por el odio, con las manos manchadas de sangre. No tengo derecho a arrastrarlo conmigo. La voz de Fernando me sacó del trance. Estábamos en un café al aire libre, su mano acariciaba la mía sobre la mesa. —Pensaba en lo bonito que debió ser tu viaje, ver a tu familia —dije. —Sí… ellos desean conocerte. —Me encantaría. —¿Te gustó el collar que te traje? Toqué el dije de plata en mi cuello. —Totalmente. ¿Y la bufanda? —Es del color de tus ojos. En momentos como ese, bajo el sol de la tarde, con su mirada cálida sobre mí, me cuesta aceptar que este hombre destruyera tantas vidas. La verdad se esconde en su familia, y la descubriré. Pero no puedo, no debo, bajar la guardia. Nunca.
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