El pitido del teléfono al cortar la llamada me dejó en un silencio que pesaba más que cualquier conversación. La voz de Abril, tan familiar y cálida, seguía resonando como un eco de un mundo que ya no me pertenecía.
—Estoy bien, Abril, de verdad. ¿Y ustedes, cómo están?
—¿Estás comiendo bien, hermana? —preguntó, y pude imaginarla frunciendo el ceño al otro lado de la línea—. ¿Te están tratando bien en ese trabajo? Suenas… distante.
—Sí, todo está perfecto —mentí. Cada palabra me sabía a ceniza—. El trabajo es exigente, eso es todo.
—Ok, digamos que te creo. Pero espero que pronto vengas a vernos, aunque sea brevemente. Max pregunta por ti cada vez que tiene un buen día.
Max. Mi hermano. El ancla y la razón de toda esta locura. Un nudo se me formó en la garganta. Él y Abril eran mi única familia, mi refugio. También mi punto más débil. Soñaba con tomar el primer tren y perderme en su abrazo, en su normalidad. Pero el miedo me congelaba: el temor de que la sombra de Zuri, de los Rodger, se extendiera hacia ellos a través de mí. Volver a casa sería marcarles una diana en la espalda. Nunca lo permitiría.
Al día siguiente, en la oficina, la normalidad forzada me asfixiaba. Enterré la cabeza en informes y hojas de cálculo, pero no lograba ignorar esa sensación de ser observada. No era Fernando, seguía de viaje. Era Ulises.
—¿Te sientes mal, Ai? —la voz de Paola me arrancó de mi trance. Comía unas galletas de chocolate de su bolso, aprovechando que nuestra supervisora no estaba cerca—. Tienes la misma cara que pongo yo cuando descubro que se acabó el helado. No me digas que es por el señor Twitchell. De todos modos, ¿no me habías dicho que no te gustaba?
—Y es así —respondí quizá demasiado rápido—. Pero no quiero que tu amistad con él se arruine por mi culpa. Lo he visto mirarte, y a ti te brillan los ojos cuando hablas de él.
Paola rió, aunque su risa no le llegó a los ojos.
—Gracias por preocuparte, pero has entendido mal algo fundamental. El señor Twitchell y yo nos reuníamos por ti. Antes de que llegaras, para él yo era invisible.
—Pero me habías dicho…
—Que me gustan varios aquí. Y es verdad. —Dejó la galleta a un lado, seria de pronto—. Sin embargo, tú, Ai, eres mi favorita. No dudes en usarme si lo necesitas.
—¿Usarte? —la palabra me resultó incómoda, demasiado intensa para una simple amistad de oficina.
—Sí. Siempre tendrás mi apoyo incondicional. —Me tomó la mano con fuerza sobre el escritorio, sorprendentemente firme—. ¿En serio no lo ves? Depende más de mí de lo que crees. Por favor, confía en mí.
No tuve tiempo de reaccionar. Con su mano libre, me metió un trozo de galleta en la boca. El gesto, inesperado e íntimo, me dejó helada. Luego, al soltarme, me acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Espero que algún día mi amable amiga confíe en mí —susurró antes de levantarse para volver a su trabajo. Me dejó con el sabor a chocolate en la boca y un torbellino de confusión en la mente. Quería confiar en ella, pero hacerlo sería arrastrarla a un peligro mortal.
Fingir que todo estaba bien mientras cada célula me gritaba lo contrario era agotador. Desde su rechazo, Ulises se movía por la oficina como un autómata: sonreía en las reuniones, firmaba documentos, pero su mente estaba atrapada en un bucle. Yo también lo estaba. ¿Fui la única que sintió algo aquel día, en el archivero? Verlo mirarme con dolor y luego a Fernando con una sonrisa de complicidad era como recibir una puñalada.
—Recuerda lo que hablamos. Respira —Paola me susurró desde su escritorio cuando por segunda vez en cinco minutos el bolígrafo se me cayó al suelo.
—No, no es eso… ya ni yo me entiendo —murmuré mientras lo recogía. ¿Qué deseaba de verdad? ¿Venganza o paz? ¿Destrucción o dormir una noche sin pesadillas?
—Disculpen.
La voz de Ulises me heló la sangre. Se había acercado sin que lo notáramos, con la mirada fría, distante.
—¿Está Fernando en su oficina?
—No, el señor Rodger se retiró temprano hoy —respondió Paola, y con perfecta sincronía se puso de pie—. Voy al tocador, ahora vuelvo.
Nos quedamos solos. El silencio se volvió campo de batalla.
—Ahora te veo más relajada con Fernando —dijo, su voz cargada de un sarcasmo helado—. Zuri debe estar feliz con su eficiente espía.
No respondí. No había nada que pudiera decir. Él se inclinó sobre mi escritorio, acercando su rostro al mío hasta que lo sentí demasiado cerca. Sus dedos rozaron la piel sensible de mi cuello y un escalofrío me recorrió.
—Quisiera continuar donde lo dejamos la última vez.
—Señor Twitchell… —retiré su mano, el corazón martilleando—. No creo poder cumplir su deseo. No volverá a pasar.
—¿Por qué? ¿Acaso no lo deseas?
—Sabes cuál es mi prioridad.
—Y sé también lo que no quieres admitir —sus ojos se torcieron de dolor—. Que si descubres que Fernando es inocente, te quedarás con él. Después de todo, es un buen partido, ¿no? A diferencia de mí, que no tengo un centavo sin la ayuda de…
—Lo siento —lo interrumpí, apenas un susurro roto—. Siento no poder ofrecerte un cien por cien de mí.
Su expresión se suavizó. Se sentó frente a mí, tomó mi mano.
—Estoy dispuesto a aceptar lo que quieras darme.
—No estoy segura ni de mí misma, Ulises.
Antes de que pudiera responder, escuchó los tacones de Paola acercarse.
—Se acerca la señorita Walker —dijo en voz baja—. Luego hablaremos. Por ahora, las invitaré a cenar. Y no acepto un no como respuesta.
La cena fue una mezcla extraña de risas y tensión. Con el alcohol relajando mis nervios, pude reír de las bromas de Paola y de las historias de Ulises. Por primera vez en semanas, sonreí con sinceridad. Pero entonces, el teléfono vibró. Fernando.
—¿Estás disponible más tarde? —preguntó.
—No estoy muy segura, salí con unos compañeros de la oficina.
—Qué lástima. Mi hermano y yo queríamos verte.
Paola me observó, intrigada, cuando mostré en la pantalla el nombre.
—Tengo que colgar, Fernando. ¿Hablamos luego?
—Claro, disfruta, mi bella novia.
La palabra “novia” quedó flotando, borrando de golpe la poca alegría que había logrado.
Dejamos a Paola en su casa. Cuando Ulises detuvo el coche frente a mi apartamento, su tristeza era insoportable. Se disponía a despedirse, a mantener la distancia. No lo soporté. Estiré la mano y jalé la manga de su camisa.
—¿Por qué ahora eres tú el que me rechaza? —supliqué, con la voz rota por el vino y la confusión—. No me dejes.
Me miró como si no pudiera creerlo.
—¿Ginger?
—Quiero hablar contigo.
Subimos en silencio. Apenas cerramos la puerta, la tensión estalló.
—Quiero que seas mía —su voz era ronca, me arrinconó contra la entrada—. No quiero ocultarme más.
—Ulises… no quiero lastimar a nadie.
—¿Te gusta él, no es así?
En lugar de responder, rocé mis labios con los suyos.
—Me gustas tú.
El resto fue un torbellino de besos, caricias y confesiones. El deseo se mezcló con miedo, con necesidad, con la urgencia de aferrarnos a algo real en medio de tanta mentira. No me importaba el dolor, ni el riesgo, ni las consecuencias. Por una noche, solo quería ser suya.
Desperté entre sus brazos al amanecer. Intenté moverme, pero él me apretó contra su pecho.
—¿Podemos quedarnos así un rato? —murmuró, todavía somnoliento.
Nos quedamos callados, con el sol filtrándose por la ventana. Después se marchó sin siquiera desayunar, dejándome con el cuerpo agotado y el corazón en un caos extraño de felicidad y culpa.
Condujo por la ciudad recordando cada instante. Paola había tenido razón: a veces solo se necesita un pequeño empujón para admitir lo que uno siente. Ella misma había preparado la cena, el alcohol, las circunstancias. El plan funcionó mejor de lo esperado.
Cuando llegué a la oficina, Paola me recibió con una sonrisa pícara, cruzando las piernas sobre su escritorio.
—Es raro que llegues a tiempo y no una hora antes.
—No te burles —protesté, todavía con rubor—. Pásame la agenda, por favor.
—Si quieres ahorrar tiempo, lo importante está en el párrafo siete. —Me guiñó un ojo, divertida—. Parece que a alguien le fue muy, muy bien anoche.
—Uh… sí —balbuceé, incapaz de darle detalles—. ¿Y tú?
—Siempre es divertido salir contigo. Siempre pasan cosas interesantes.