Capítulo 8

1370 Palabras
El aire en el coche de Ulises era espeso, cargado con el aroma de su piel y la electricidad de lo que acabábamos de hacer. Mis labios todavía hormigueaban por la ferocidad de sus besos, mi cuerpo era un mapa de su recorrido. Nos besábamos con la desesperación de dos náufragos que encuentran una balsa en medio de la tormenta, hasta que él, con un autocontrol que me pareció sobrehumano, se detuvo. Apoyó su frente contra la mía; su respiración agitada era un eco de la mía. —Lo mejor es detenernos —murmuró, con la voz ronca por el deseo. —¿Vendrás a mi apartamento esta noche? —pregunté en un susurro necesitado. Necesitaba el ancla de su presencia para no ahogarme en mis propias mentiras. Se apartó lentamente, sus ojos oscuros escudriñando los míos en la penumbra del vehículo. La pasión fue reemplazada por una sombra de duda, la misma que siempre nos acechaba. —¿Te has acostado con Fernando? La pregunta cayó entre nosotros como una piedra: fría, dura y pesada. —Aún no —respondí con sinceridad. Era una verdad técnica que se sentía como mentira. —¿Aún? —repitió, y el hielo en su voz quemaba. Pude ver cómo se tensaba su mandíbula—. Eso no pasará. Antes de que pudiera replicar, volvió a besarme. Esta vez no había desesperación, sino una posesión feroz. Un beso que sellaba un pacto, que marcaba territorio. El reflejo en el cristal de mi estudio me devolvía la imagen de un hombre que apenas reconocía: ansioso, inquieto. Sentía que Aimar me evitaba. Desde aquella noche en que la invité a cenar y terminamos en casa de mi madrastra, algo se había roto. Una distancia sutil pero palpable se había instalado entre nosotros. Me respondía con frases cortas, sus sonrisas no llegaban a sus ojos y siempre encontraba una excusa para no quedarse hasta tarde. Ojalá estuviera equivocado, pero mi instinto rara vez me fallaba en los negocios, y esto se sentía como una mala inversión. —¿Pasa algo? La voz de Gabriel me sacó de mis pensamientos. Se había acercado en su silla de ruedas, observándome con esa agudeza que la inmovilidad le había regalado. —¿No te alegra la visita de este apuesto lisiado? —bromeó, aunque sus ojos eran serios. —No, claro que me hace feliz, hermano. Sabes que sí. —Sí, pero te haría más feliz tener a mi cuñada aquí, ¿no? —Déjate de tonterías. Ni siquiera es mi novia oficialmente. Gabriel soltó una risa seca. —Fernando, te conozco mejor que nadie. Tienes la misma cara que de niño cuando te quitaban un juguete. Si están peleados, si hiciste alguna estupidez, apresúrate y discúlpate. Una mujer como ella no espera mucho tiempo. Sus palabras, en lugar de calmarme, avivaron el fuego de mi ansiedad. ¿Y si no era yo el que había fallado? ¿Y si había otra persona? En mañanas como la de hoy, por un instante, me sentía libre. Despertar envuelta en los brazos de Ulises era el único momento en que no tenía que ser Aimar Murray. Era solo Ginger, una mujer en la cama de un hombre que, a su manera retorcida, la amaba. Me despertó con un desayuno frutal que había preparado en mi cocina: mangos, fresas y uvas, un festín de color y dulzura que contrastaba con la amargura de nuestra situación. Me aterraba que alguien descubriera lo nuestro. Un vecino entrometido, un hombre de Zuri vigilando, o el propio Fernando apareciendo sin avisar. El peligro era un tercer ocupante constante en nuestra cama. Pero no podía evitar ceder ante aquellos ojos que me miraban como si yo fuera la única verdad en un mundo de mentiras. Como algunas mañanas, Ulises me dejó a unas calles de mi apartamento antes de irse a la oficina. Una rutina de amantes clandestinos. —Quisiera no ir —le confesé, aferrándome a su mano un segundo más de lo debido. —Debo dejarte —dijo, con pesar—. Tengo que volver a mi apartamento a cambiarme o Fernando podría sospechar si llego con la misma ropa de ayer. Al llegar a la oficina, el corazón me dio un vuelco. La primera persona que vi fue a Fernando. Estaba sentado en mi silla, frente a mi escritorio, con dos cafés humeantes sobre la mesa. Su presencia allí se sentía como una invasión. —Me alegra por fin haberte visto —dijo, y su sonrisa no lograba ocultar la tensión en su mirada. —… —Solo pude devolverle una sonrisa amistosa, esperando que pareciera genuina. —Estuve hablando con mi familia. Ya todos saben de ti, de lo importante que te has vuelto para mí. Así que espero seguir contando contigo. Cada palabra era un eslabón más en la cadena que me ataba a él. —Gracias, Sr… perdón, Fernando. —¿Pasa algo malo? Te noto pálida. —No, es solo… el cambio de tiempo. —¿No te gusta el café? —insistió, señalando el vaso. —No, no es eso. Me encanta. —Entonces, ¿podemos salir hoy? A cenar. Un lugar tranquilo, solo tú y yo. El pánico me atravesó. Necesitaba una excusa, rápido. —Me encantaría —mentí, apartando mi mano cuando intentó tomarla—. Pero ya quedé con Paola esta noche. Vamos a ver una película. En ese instante, como enviada del destino, Paola apareció, salvándome con su parloteo sobre el tráfico. Más tarde, en el tejado, el viento frío me devolvía algo de calma. —Se ve a leguas que has cruzado la línea con Ulises —me dijo Paola sin rodeos, mirando el horizonte—. ¿Ya están saliendo? —Algo así —admití, sin fuerzas para negarlo. —¡Me alegro! —exclamó, dándome un abrazo que me pareció extrañamente posesivo—. Hacen una pareja perfecta. Pero no lo comentes en la empresa, ¿de acuerdo? Hay que ser discretos. Esa noche, el refugio fue el apartamento de Ulises. Estábamos tumbados en su sofá, la televisión encendida, pero ninguno de los dos la miraba. —Termina con Fernando —dijo de repente, su voz rompiendo el silencio—. Eso no afectará tu misión. —¿Estás seguro? Él es mi acceso directo. —Sí. Ya tengo otra manera de investigar a esa familia. Un contacto interno. Más lento, pero más seguro. Ya no necesitas estar tan cerca de él. La idea de acabar con esa farsa me alivió tanto que casi lloré. Pero el miedo a Zuri, a desviarme del plan original, pesaba más. —No me siento muy segura, Ulises. —Te entiendo, y no te presionaré —dijo, abrazándome—. Mañana sal con él. Dile que estás confundida, que necesitas un tiempo. Solo un tiempo. Últimamente, sentía que algo no andaba bien. Quería negarlo, culpar al estrés o a mi propia paranoia, pero la diferencia en ella era evidente. Llamadas sin respuesta, mensajes leídos horas después, excusas para no vernos. ¿Por qué alguien no tendría tiempo para su pareja, a menos que hubiera otra persona? La idea era un veneno lento en mis venas. En el camino a mi apartamento, el silencio en el coche de Fernando era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Ambos mirábamos al frente, perdidos en pensamientos. —Hoy solo te llevaré a tu apartamento —dijo finalmente, con la voz plana. —¿Sí? —Te veo cansada. Luego saldremos. Sus palabras, tan consideradas en la superficie, me revolvieron el estómago de culpa. Este hombre, mi objetivo, el monstruo que debía destruir, me trataba con ternura. Prefería mil veces estar con Ulises; con él al menos no me sentía una impostora. El arrepentimiento era un sabor amargo en mi boca. —Eres muy considerado, Fernando. Se detuvo en un semáforo y me miró con una intensidad que me hizo encogerme en el asiento. —Solo contigo, Aimar. Solo contigo. Acarició mi mejilla, su pulgar trazando la línea de mi mandíbula. —Así que no me faltes. No era una petición. Era una orden. El semáforo cambió a verde, pero el frío de su advertencia me acompañó hasta casa.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR