No hubo campanas de iglesia ni flashes de prensa. Nadie esperaba tras las rejas de la mansión con vestidos de gala ni cámaras al acecho. El matrimonio de Ginger Smith y Fernando Rodger no fue una celebración de poder ni una fusión de apellidos. Fue algo más simple y, por eso mismo, más verdadero: la unión silenciosa de dos almas que habían sobrevivido al infierno. Eligieron casarse en el conservatorio, el mismo lugar donde él se había arrodillado meses atrás. La luz dorada de la tarde se filtraba por los ventanales, tiñendo el aire de un resplandor cálido. Las plantas parecían inclinarse hacia ellos, y el perfume de las flores flotaba entre los rayos de sol. Todo olía a tierra húmeda, a renacimiento. El resto de la mansión seguía cargando el peso de los recuerdos —paredes frías, pasillos

