La Fundación Rodger celebraba su gala anual, el evento más esperado del año por la élite. La mansión, vestida de luces doradas y orquídeas blancas, parecía una versión refinada del paraíso: perfecta, costosa, y falsa hasta la médula. Ginger, envuelta en un vestido de seda color esmeralda que Fernando había elegido para ella, caminaba a su lado como una extensión impecable de su poder. Cada sonrisa, cada gesto, cada palabra estaba medida con precisión quirúrgica. Pero por dentro, sentía que su alma era un cristal al borde de romperse. Desde su rechazo a Emiliano, él se había convertido en una sombra distante. Lo veía al otro lado del salón, con una copa de whisky en la mano, el ceño fruncido, los ojos oscuros clavados en ella de forma intermitente. Había rabia, sí, pero también dolor. Un r

