El aire en Graz se había vuelto pesado, casi hostil. Lo que antes le parecía hermoso —las fachadas barrocas, el murmullo del río Mur, los tejados teñidos por la luz del atardecer— ahora la asfixiaba. Todo tenía el eco de una trampa elegante. “Lena Weber” ya no existía. Solo quedaba Ginger Smith, una fugitiva con cuatro meses de embarazo esperando lo inevitable. Desde aquel día en la Herrengasse, cuando vio una sombra demasiado familiar entre los transeúntes, su cuerpo vivía en estado de alerta. No necesitaba confirmaciones: Zuri la había encontrado. La paranoia no era una debilidad. Era supervivencia. Su pequeño apartamento sobre la floristería, que antes le había parecido un refugio, ahora olía a encierro. Tenía una mochila lista junto a la puerta: pasaporte falso, efectivo, algo de rop

