Habían pasado tres semanas desde la noche en que el mundo de Ginger se hizo pedazos. Tres semanas desde que el sonido del metal retorciéndose se incrustó en sus pesadillas y la verdad se derramó como veneno en la biblioteca de la mansión Rodger. Ulises estaba muerto. Fernando lo sabía todo. Y, sin embargo, la vida seguía como si nada hubiera ocurrido. Esa era la parte más cruel del castigo. Fernando no la había despedido, ni entregado a la policía, ni siquiera la había desenmascarado ante el mundo. En cambio, la mantenía a su lado. La obligaba a seguir interpretando el papel de Aimar Murray, con la misma ropa elegante, la misma rutina, el mismo tono de voz que alguna vez había sido una máscara. Ahora era una prisión. Compartían oficina, reuniones, el coche. Cada día era una coreografía m

