La orden, como todas las que Fernando daba últimamente, llegó con la frialdad de una sentencia. —Esta noche es la gala benéfica del hospital infantil. La familia siempre ha patrocinado el ala de pediatría. Irás en mi representación. Asegúrate de que todo salga perfecto. No hubo cortesía ni amabilidad. Solo el tono de quien acostumbra a ser obedecido. Era su forma de recordarle quién tenía el poder. La enviaba a ser el rostro público de la caridad de los Rodger, sabiendo que la ironía la desgarraría por dentro. Convertirla en el emblema de la benevolencia del mismo imperio que había jurado destruir era su forma favorita de humillarla. El salón del hotel resplandecía con el exceso habitual de la élite: vestidos de seda, joyas que cegaban y sonrisas tan blancas como vacías. Ginger avanzó e

