Azul Ayer Federico me enseñó a conducir. Es simpático, no puedo negarlo. Tiene ese aire despreocupado que hace que todo parezca un juego, y siempre tiene algún comentario gracioso en la punta de la lengua. Pero también es un coqueto empedernido, de esos que sonríen demasiado y saben que son atractivos. No me malinterpreto: no estoy interesada. No quiero saber nada de hombres, al menos no ahora. Hoy se hizo tarde sin que me diera cuenta. Terminé mis deberes, ordené un poco la casa y preparé la cena para mamá. Me gusta tener todo listo cuando llega del trabajo, tan agotada. La admiro tanto… y, aunque a veces discutimos, siempre termina sacándome una sonrisa. —¿Y cómo estuvo tu día, mi amor? —me preguntó al sentarse, soltando un largo suspiro mientras se quitaba los zapatos. —Normal, la v

