Estoy muy feliz. Mañana empiezo a trabajar con mi tío Elliot en la recepción de la empresa. No es el gran puesto soñado por todos, pero para mí es un paso importante. Quiero aprender, ganarme las cosas por mí misma, no depender de nadie. Pasé por el supermercado y llegué a casa cargada de bolsas, con la ilusión de preparar una buena cena para mamá. Pero en cuanto abrí la puerta, todo se vino abajo. Bruno estaba allí. Sentado como si nada, con una cerveza en la mano y el rostro torcido por la amargura. A su lado, Bianca sonreía con burla. —Mira quién llegó… la bastarda —murmuró Bruno, con ese tono despreciativo que me helaba la sangre desde niña. Me quedé inmóvil. —¿Qué haces aquí? —pregunté, conteniéndome. —Vine a ver a mi hija —dijo, señalando a Bianca—. No a ti. Tú nunca fuiste nad

