Mi madre estaba trabajando, como siempre. La casa estaba en silencio, salvo por el sonido del reloj en la pared. Aarón estaba sentado en el sofá, revisando el móvil con aburrimiento. Yo me senté cerca, en el suelo, con las piernas cruzadas. —¿No vienes al cine con nosotros? —me preguntó sin mirarme—. Extraño tus críticas absurdas sobre las películas, Azul. —¿Y desde cuándo te importan mis críticas absurdas? —bromeé. Él sonrió, pero no respondió de inmediato. Luego, alzó la vista. —Me gusta cómo eres —dijo de pronto—. Eres... diferente. Siempre me haces pensar. —Eso no suena a cumplido —respondí, medio divertida, medio incómoda. —Sí lo es —aseguró—. Contigo siempre fue fácil hablar, reír... ser yo. No sé, Bianca no es así. Lo miré con el ceño fruncido. —¿Entonces por qué estás con e

