Cap.06

1160 Palabras
Alrededor de una hora después, una de las empleadas llamó a la puerta y Anna respondió casi de inmediato: —Adelante. —Señorita, necesito que me acompañe al despacho, el señor Visconti la está esperando alli.— informó la mujer. —En seguida — Anna se levantó de la cama con cuidado, sentía mucho dolor todavía. Se dirigieron al despacho donde inmediatamente Anna fué recibida por Gabriele, él le hizo seña para que se sentara en un sofá e imitó la acción sentandose frente a ella. Ambos se miraron por un momento, la mirada de Anna era retadora mientras que Gabriele permanecía inexpresivo. —¿Y? Estoy esperando que digas lo que tenías que decirme. ¿O irrumpiste en mi habitación solo con la intención de verme desnudo? —Gabriele quería incomodarla. Ella le dió una sonrisa sin gracia — ¿Por que diablos me pediste en matrimonio? Ni siquiera te conozco ¿Quién te crees que eres? No soy una vaca que puedas negociar conmigo. —Las palabras salieron sin control. —Te informo, para tú decepción que yo particularmente no te pedí en matrimonio, lo hizo mi padre y si de mí dependiera jamás me casaría con una mujer como tú.— las palabras afiladas de Gabriele salieron en un tono que a Anna no le gustó. —¿Una mujer como yo? No sé a que te refieres, pero una mujer como yo —Hizo énfasis nuevamente en la frase — Jamás se casaría con un desconocido y menos con un mafioso. —Entonces dile a tu padre y al mío que no lo harás, tendrás que afrontar las consecuencias, eso sí.—La mirada de Gabriele era fría — Además, te recuerdo que tú padre también es parte de la mafia, princesa. La mandíbula de Anna se tensó — Yo no tengo por qué pagar una deuda que no es mía... —Mmm tal vez, este mundo es injusto debo decir, sin embargo te recuerdo que por esa misma deuda de tu padre, fuiste secuestrada y yo te rescaté porque aunque no es tuyo el compromiso el solo hecho de llevar el apellido Zanetti te hace un blanco para los enemigos de Alessandro.—Gabriele cada vez hundía más a Anna. —Puedo irme del país. No es mi asunto. —Vete, apenas pongas un pié afuera de esta casa estarás muerta.— Él sonrió de medio lado —Eso sería genial porque me libraría del compromiso sin haber movido ni un dedo. —¿Entonces por qué me rescataste? —Contratacó Anna — Me hubieses dejado morir en manos de aquel desgraciado.—A ella se le hizo un nudo en la garganta al recordar lo sucedido. —Las circunstancias eran distintas, necesitaba que estés bien para que tu padre cumpliera con el acuerdo entre él y mi padre.—Explicó— Te repito una vez más, no me interesa casarme contigo, si acepté es porque debo obediencia pero jamás actuaré como un marido. Ese hombre parecía no tener sentimientos, era un témpano de hielo, lo único que quería herirla. —Tú tampoco me interesas como hombre, pareces una rana albina, jamás me fijaría en tí. —Anna arrugó sus labios en una mueca de disgusto, quería ofenderlo pero al parecer no pudo. —Esta rana albina jamás se acostaría con una mujer fea y desaliñada como tú —esa desvergonzada le había faltado el respeto— En lugar de mi esposa, serás una rehén, así aprenderás a respetarme. Los ojos de Anna se abrieron con asombro ¿fea y desaliñada? Ella se consideraba hermosa, era modelo, ese imbécil estaba ciego. —No seré tu rehen, desgraciado, ni sueñes con eso. Saldré de aquí de inmediato y nadie podrá detenerme.—Lo retó. —Quiero ver que lo intentes. —respondió él encogiendose de hombros, sabía que no lo lograría. Anna salió del despacho decidida, ella estaba tan molesta, se dirigía con pasos firmes a la salida y cuando abrió la puerta principal se quedó fría; habían guardias custodiando por todos lados, la salida de la propiedad ni siquiera se veía, más bien parecía una fortaleza de piedra ¿Dónde carajos estaba? Gabriele la miraba con cierta gracia, esa mujer era testaruda. Ella puso un pié afuera e inmediatamente los guardias la hicieron volver, tenían ordenes de no dejarla salir por ningún motivo. —¡Déjenme salir! —Chillaba Anna —Señorita entre, no queremos lastimarla —Dijo uno de los guardias. —Cállate inutil, solo quiero irme a casa. —Esta es tu nueva jaula, pajarito —Se burló Gabriele.—Ahora entra. Anna lo miró con odio, si él quería guerra, entonces ella se la daría. Volvió a entrar y lo encaró al ver que no podría lograr su objetivo tan fácilmente. —Necesito que traigan todas mis cosas desde casa, si me quieres tener en una jaula, deberá ser de oro.—Sentenció— ¿Puede hacer eso por mí, señor rana? —Por su puesto, tómalo como un deseo consedido por esta rana mágica.—Entraría en su juego— pero, no soy una rana albina, solo soy muy blanco.—aclaró entendiendo la referencia. —Para mí eres una rana albina, sin gracia alguna —Ella sonrió con burla y pasó por su lado para irse nuevamente a la habitación. Gabriele Visconti no sabía lo molesta que podía ser Anna Zanetti, ella estaba decidida a hacerle la vida de cuadritos, se arrepentiría de dejarla allí cautiva y peor aún de obligarla a casarse. Anna se recostó en su cama y decidió prender la tv para ver una película que la distrajera de la discusión con Gabriele, derrepente recordó lo que había sucedido con su novio, ni siquiera había tenido tiempo para estar deprimida por eso. No sabía nada de ese infeliz con el que desperdició tanto tiempo, tampoco tenía su celular para ver si tal vez habían mensajes de él, aunque de todas formas ya no podrían estar juntos a causa de la traición de su padre, ni siquiera le había importado que ella estuviera en una relación al momento de comprometerla. La puerta de la habitación se abrió sin aviso y Gabriele entró con una bolsa en las manos, se la extendió —Pájaro, aquí tienes algo para que te cambies esa pijama, ya apestas toda mi mansión.—Fué personalmente para poder molestarla. Anna puso los ojos en blanco. —Primero, debes tocar antes de entrar en la habitación de una dama y segundo, me quedaré así para que tengas que soportar mi olor desagradable.—Se cruzó de brazos como si no le importara lo que él decía. Aquella respuesta hizo que Gabriele quisiera darle una lección, aprendería quien mandaba en esa casa. Él salió de la habitación solo para volver unos minutos después con un balde de agua helada en las manos, sin dar tiempo a nada, lo vació sobre Anna dejándola empapada sobre la cama.
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