Alessandro tomaba valor para lo que venía a continuación, sabía que su hija enloquecería. Decidió hablar sin más preámbulos:
—Nuestras empresas eran muy exitosas pero la realidad es que su principal misión era cubrir el verdadero negocio al que me dedico, tráfico de armas a gran escala.
La boca de Anna se abrió, no esperaba algo como eso.
—¿Cómo pudiste engañarnos tanto tiempo? — su voz temblaba
—Lo hice para protegerlos y que pudieran llevar una vida normal, lo que pasó contigo Anna, fué algo que no pude evitar y lo lamento hija —Alessandro sentía verdadera culpa.— algo salió mal y por desgracia estamos pagando las consecuencias.
Anna miró a su madre, a juzgar por su rostro inexpresivo, ella estaba enterada de todo.
—Y tú... —Las lágrimas se aglomeraban en sus ojos — Sabias todo lo que ocurría.
—Así es —afirmó Kara— Viviamos bien, sin preocupaciones económicas.
—Eso todo lo que te importa. —Escupió Anna— tú y tu maldita vanidad.
—Nunca escuché una queja tuya por los lujos que te dábamos —contratacó Kara
—Eres una persona horrible, me entregaste a esos hombres sabiendo lo que me pasaría... ¿Madre? ¡Mírame! — gritó levantando sus muñecas con moretones y rasguños para que ella los viera.
Algo en Kara se removió pero no hizo caso —Y lo volvería a hacer si eso implica que salvaré la vida de tu hermano.
—¡Suficiente! —Intervino Alessandro— Ya basta de herirse una a la otra.
—Quiero irme a casa —Anna sintió un dolor punzante cuando intentó levantarse — Recogeré mis cosas y me iré lejos, no quiero estar nunca más cerca de ustedes dos.
—No te irás, hay algo más que no te he dicho —Alessandro se preparaba para que su hija estallara una vez más — parte del trato con los Visconti es que a cambio de su ayuda para rescatarnos... Te casarás con Gabriele.
Anna sintió ganas de vomitar, ella debía estar viviendo alguna pesadilla, sí seguramente eso era, un mal sueño. Sacudió la cabeza intentando despertar pero no fué así.
—¿Me comprometiste con un maldito extraño? — En su voz se podía sentir la incredulidad.
—¿De qué te quejas? ¿Acaso no puedes ver lo beneficioso que será? —Kara estaba harta de su hija— Ya deja de comportarte como una mocosa malcriada, Gabriele Visconti es un hombre rico, muy poderoso y además atractivo que nos permitirá seguir viviendo como hasta ahora.—dispuesta a dejar todo claro, añadió: —Te quedarás aquí y harás de él un hombre muy feliz.
—Anna, sé que esto es muy difícil de asimilar pero te acostumbraras a tu nueva vida y lo más importante es que estarás a salvo. Gabriele prometió protegerte.—Alessandro quería hacerla entender aunque era algo imposible.
—Largo.... —gritó con la voz rota y lágrimas en el rostro— ¡Largo!
Alessandro tomó a Kara del brazo para que salieran, su hija tenía muchas cosas que procesar y necesitaban darle espacio, además aquello no era algo fácil de aceptar.
En el salón, Gabriele había escuchado algunos gritos y eso lo tenía algo incómodo, no estaba acostumbrado a esas escenas en su casa. Cuando por fin vió a la pareja aparecer en las escaleras, se relajó.
—Gabriele, gracias por rescatar a nuestra hija. —Kara le dió una sonrisa radiante —Harán una hermosa pareja.
El joven asintió incómodo, él no quería ser pareja de nadie.— Fue parte del trato—Respondió secamente —Alessandro, debemos firmar los papeles del traspaso — cambió el rumbo de la conversación rápidamente.
—Todo está listo, los veré a ti y a tu padre a medio día en la oficina.
—Bien, allí estaremos.—Gabriele era frío y cortante.
Cuando por fin estuvo solo, Gabriele subió nuevamente a la habitación para terminar de arreglarse. Tomó su chaqueta para completar su habitual traje n***o de tres piezas, lucía impecable. Al estar listo, salió de la casa para reunirse con su padre.
Fué un dia lleno de negocios entre las familias Visconti y Zanetti, su alianza se fortalecía para crear un bloque casi indestructible, algo beneficioso para ambas partes. Alessandro trató de convencerlos para que Anna volviera a casa pero recibió la misma negativa de antes, ella permanecerá con Gabriele.
Esa noche, Gabriele se fué a un club nocturno acompañado por algunos amigos, allí se encontró con Anette, compartían cama muy seguido y aunque ella quería más él siempre le dejaba claro que solo era sexo.
Anna estaba esperando a ese chico, quería hablar un par de cosas con él, pasó todo el día sumergida en llanto y tristeza; sin embargo, ella se durmió y no escuchó cuando llegó. “Perfecto, un prometido que no viene a casa.” Pensó Anna.
En la mañana, ella estaba en el salón esperándolo, una de las señoras del servicio le informó que él había llegado de madrugada. Sus ojos se abrieron de par en par cuando vió una mujer rubia y con unas curvas de infarto bajando las escaleras, su vestido estaba roto, aunque a decir verdad tampoco era que le cubriera mucho.
Aquella mujer le devolvió la mirada, sorprendida, jamás la había visto antes. Anna se miró, aún estaba en pijamas y se sentía extraña al ser barrida por la mirada de aquella desconocida.
—¿Tú quien eres? — preguntó Anette con evidente interés —¿Una nueva sirvienta? —ella sabía que no se trataba de ninguna sirvienta porque estaba en pijamas.
—No, y no le importa saber quien soy. —Anna no se dejaría intimidar.
—Insolente, yo soy la novia de Gabriele Visconti y me debes respeto seas quien seas.—Respondió Anette con aires de grandeza.
Se divertiria un poco con esa idiota, pensó Anna.
—¿Su novia? —preguntó Anna enarcando una de sus perfectas sejas— serás una ramera cualquiera porque YO soy su prometida.—sonrió con burla.
La cara de Anette se puso roja por la ira, apretó tan fuerte los puños que se estaba dañando la palma de las manos con las uñas. Anna disfrutaba la reacción que ocasionó en aquella mujer grosera.
—Eso es mentira —Escupió Anette— yo no estaría aquí si lo que dijiste fuera cierto.
—Preguntale a él entonces.—Anna se cruzó de brazos.
Anette no seguiría con ese estúpido juego, así que decidió irse o mataría a esa estúpida con sus propias manos. Ella decidió creer que las palabras sobre el compromiso eran mentiras.
Por su parte, Anna, decidió ir a buscar a Gabriele; desde el día anterior lo había estado esperando para reclamarle por ser parte de lo que pensaban hacer sus padres.
Fué hasta su habitación y tocó la puerta varias veces pero no recibió respuesta alguna por lo que decidió entrar sin permiso, ese imbécil no seguiría ocultandose de ella.
—Necesito hablar cont...—Las palabras se quedaron a medias al ver que Gabriele estaba totalmente desnudo. Ella no pudo evitar escanearlo con la mirada y ver su entrepierna. “¡mierda! ¡Es enorme!" pensó.
—¿Por qué diablos entras sin permiso a mi habitación? —Gabriele no se preocupó por taparse.
—Quería hablar de algo... ¡Por Dios, tapate! —ella giró su rostro sonrojado.
—No tengo nada de qué avergonzarme, estoy en mi habitación. —respondió encogiendose de hombros.
—Eres un idiota. —Anna salió del lugar y se fue rápido a su habitación mientras escuchaba la risa burlona de Gabriele.