Feliz cumpleaños Siena

2434 Palabras
El cepillo de madera se paseaba una y otra vez por los cabellos azabaches de Siena, moviéndose con una cadencia monótona que buscaba, sin éxito, calmar la turbulencia de sus pensamientos. Sus hebras negras, densas y oscuras como el ébano, caían en cascadas pesadas que acariciaban sus caderas con cada movimiento del brazo, mientras sus ojos grises, del color del humo espeso, estudiaban su propio reflejo en el espejo de cuerpo entero. La silueta que le devolvía la mirada era la de una mujer en su plenitud, pero Siena solo veía a una mujer marcada. Hoy cumplía veinte años y, con ese aniversario, también se activaba el inicio oficial de su condena. Hacía exactamente cuatro años que su tío, Salvatore Morgan, el hombre que manejaba los hilos de su familia, la había entregado en matrimonio a Tiziano Ventresca. Solo pronunciar ese nombre en la privacidad de su mente le provocaba un escalofrío seco que terminaba en náuseas reales, mientras sentía cómo el corazón le golpeaba las costillas con una rabia sorda que no lograba drenar. No le agradaba. La palabra "agrado" se quedaba corta para describir el rechazo visceral que sentía por el hombre que pronto reclamaría su cuerpo y su libertad. La idea de casarse con un tipo que, en un principio, había estado obsesionado con su tía, le resultaba no solo insultante, sino profundamente repugnante. Era un plato de segunda mesa servido en una bandeja de plata, una pieza de repuesto genética para sellar una alianza que a ella no le beneficiaba en nada. Sin embargo, Siena conocía las reglas de la mafia mejor que nadie; sabía que en ese mundo no se nace persona, se nace activo financiero. Seguramente su tío había comprendido que, al ser ella una de las personas más importantes en su esquema afectivo, se convertía automáticamente en el blanco de sus incontables enemigos. Tiziano Ventresca era el único muro lo suficientemente alto y sangriento para mantenerla a salvo, o quizá, simplemente, Salvatore quería amarrar el apellido Morgan al de los Ventresca para siempre, asegurando una hegemonía que nadie se atreviera a cuestionar. A estas alturas, las razones le importaban poco; la realidad era un muro de piedra frente a ella y sabía que debía cumplir con lo exigido. Dejó el cepillo sobre el tocador de mármol con un golpe seco y se alisó la pijama roja de dos piezas que llevaba puesta. La seda se resbalaba entre sus dedos, fría y costosa, mientras caminaba hacia la puerta de su habitación, que sonaba con una insistencia irritante. Odiaba profundamente que la molestaran tan temprano, un rasgo de su carácter que toda la mansión respetaba por miedo a su lengua afilada. Sus padres solían esperar a que ella bajara por su propio pie para felicitarla en estas fechas, por lo que supo de inmediato que quien golpeaba no compartía su sangre. Al abrir la puerta, se encontró con la figura menuda de su nana, la única persona que se atrevía a desafiar su horario de sueño sin temer una represalia inmediata. Siena endureció el gesto, aunque mantuvo la cortesía mínima que le dictaba su educación. —¿Necesitas algo, Bea? —preguntó Siena, forzando una voz dulce que contrastaba violentamente con la frialdad de su expresión y el fastidio que le tensaba los músculos del cuello. —Sí, mi niña. Me llegó este paquete y esta nota de parte de su prometido —respondió la mujer con voz suave, extendiendo una caja que parecía pesar más de lo que su tamaño sugería. El estómago de Siena dio un vuelco violento al escuchar la palabra "prometido". Le generaba una exasperación física saber que ese hombre se casaría con ella sin haber hecho un maldito mérito para ganársela, simplemente esperando a que el calendario marcara la fecha pactada para pasar a recogerla. Ella era Siena Morgan, y no es que se creyera una mujer importante por arrogancia vacía; es que lo era de forma fáctica. No solo por la fortuna incalculable que heredaría de su padre, sino porque su belleza era una herramienta de guerra y su inteligencia, algo que la mayoría de los hombres en su círculo preferían ignorar por pura comodidad. Ella no era un trofeo pasivo, era una jugadora que todavía no había recibido sus cartas. Tomó la caja beige entre sus dedos, sintiendo la textura del cajón fino, y cerró la puerta sin más preámbulos, dejando a la nana del otro lado. Se sentó con una calma forzada en la butaca de lujo frente al espejo y abrió la caja con movimientos lentos y precisos. Dentro, descansaba una corona de diamantes azules. Las piedras eran perfectas, talladas con una maestría que hacía que la luz de la mañana estallara en destellos gélidos dentro de la habitación. Por un segundo, sus ojos se iluminaron sin poder evitarlo; la pieza era una obra de arte, una declaración de poder absoluto que encajaba perfectamente con su estética. La observó durante largos segundos, apreciando la frialdad del metal y el brillo de los diamantes, antes de volver a colocarla en la caja con una indiferencia fingida. Entonces, tomó la nota que acompañaba el regalo. "Feliz cumpleaños. No asistiré a tu fiesta, no me esperes". El mensaje era cortante, directo, carente de cualquier pretensión de afecto o cortesía básica. Tiziano ni siquiera se había molestado en dictar algo más elaborado, aunque fuera una disculpa por su falta de compromiso. Siena apretó los dientes con tanta fuerza que sintió un dolor agudo en la mandíbula, mientras arrugaba el papel entre sus dedos con un movimiento violento. El papel rugió bajo su puño y ella sintió cómo la sangre se le acumulaba en las encías por la rabia. Era un desprecio público, un recordatorio de que para él, ella no era más que un trámite que podía postergar mientras atendía sus asuntos. «Cree que puede marcar el ritmo de mi vida con una nota de dos líneas», pensó Siena, tirando el papel arrugado hacia el cesto de basura con un gesto de asco. No tendría por qué importarle su ausencia; de hecho, debería sentirse aliviada de no tener que soportar su presencia intimidante durante la noche. Pero el ego de una Morgan no perdonaba la indiferencia. Tiziano Ventresca era un engreído que se creía el centro del universo, pero Siena ya había tomado una decisión mientras miraba los diamantes azules: si él creía que ella sería una esposa dócil que esperaría en casa sus migajas de atención, estaba cometiendo el error más grande de su vida. El centro de su mundo, a fin de cuentas, terminaría siendo ella, porque así lo había decidido. Él tenía el poder, pero ella tenía el tiempo y la paciencia necesaria para quebrar cualquier voluntad. Se puso de pie, ignorando la joya y la nota, y caminó hacia el ventanal que daba a los jardines de la mansión. El sol empezaba a calentar el cristal, pero ella se sentía fría. Si Tiziano no iba a asistir a su fiesta de veinte años, ella se encargaría de que fuera una noche que él lamentara haberse perdido. Cada invitado, cada alianza y cada movimiento en ese salón servirían para recordarle al mundo que Siena Morgan no era una propiedad, sino una amenaza. Se miró una vez más en el espejo, esta vez con una sonrisa ladeada que no tenía nada de dulce. La guerra silenciosa no empezaría en el altar, había empezado en ese mismo dormitorio. «Que no venga», se dijo a sí misma mientras empezaba a planear su vestuario para la noche, eligiendo el vestido más provocativo y elegante que tuviera, uno que gritara que no pertenecía a nadie. «Que se quede en sus agujeros de rata en Sicilia o donde sea que esté escondido. Esta noche no es para él. Esta noche es para que todos vean lo que él cree que posee, pero que nunca podrá controlar». Siena regresó a la butaca y volvió a tomar la corona de diamantes azules. Se la colocó en la cabeza, mirando cómo el azul de las piedras resaltaba el gris tormentoso de sus ojos. El peso del metal era real, tangible. No era solo una joya, era el primer eslabón de una cadena que ella pensaba convertir en un arma. Se observó durante un largo rato, grabándose esa imagen en la mente. El desprecio de Tiziano acababa de darle el combustible necesario para dejar de ser una espectadora de su destino. Si él quería un matrimonio de conveniencia y distancia, ella le daría una guerra de desgaste y fuego. La pequeña e inteligente Siena que todos creían conocer se había quedado atrás, enterrada bajo los veinte años que acababa de cumplir. La mujer que saldría de esa habitación por la noche sería alguien que Tiziano Ventresca no sabría cómo manejar, ni con balas ni con diamantes. … Siena observaba el líquido rojo del vino desplazarse lentamente dentro de la copa de cristal. El movimiento era hipnótico, casi mecánico, como si su mente se hubiera aferrado a ese vaivén para no pensar en nada más. Ya había bebido tres copas completas y, aun así, no lograba encontrarle sabor a aquella botella costosa que había sido descorchada horas atrás. No le sabía a nada. No le provocaba nada. Elevó la mirada con lentitud y dejó que sus ojos recorrieran el salón de la mansión Morgan, decorado con una precisión impecable para aquella noche. Las paredes estaban cubiertas de telas elegantes en tonos oscuros, las lámparas de cristal colgaban desde el techo lanzando destellos controlados, y cada mesa estaba abarrotada de comida y bebidas cuyo valor superaba con facilidad lo que muchos ganaban en años. Todo brillaba. Todo estaba en su lugar. Demasiado perfecto. En el centro del salón se erguía un enorme pastel de varios niveles, cuidadosamente diseñado, con una vela gigante que anunciaba sin pudor la edad que estaba cumpliendo. Chasqueó la lengua con fastidio al verlo. Sabía perfectamente lo que significaba aquel número. Siempre lo había sabido. Desde niña había sido consciente de que ese día llegaría, que no se detendría, que no habría forma de esquivarlo. Aun así, le molestaba que hubiera llegado tan rápido, que el tiempo no le hubiera dado tregua ni espacio para respirar antes de colocarla exactamente donde no quería estar. Volvió a bajar la vista y llevó la copa a sus labios. El trago descendió por su garganta con suavidad, apagando apenas el malestar que crecía dentro de ella desde hace horas. Por primera vez en toda la noche, el sabor dulce del vino se le pegó al paladar de una forma intensa, provocadora, casi excesiva. Sus dedos se deslizaron hacia las plumas de Ebony, su búho n***o, que reposaba tranquilo a su lado. Acarició el plumaje del animal con las uñas pintadas del mismo tono del vino, mientras observaba cómo los invitados se movían bajo el ritmo de la música, sonriendo, brindando, fingiendo. Deseó que aquella celebración terminara cuanto antes. Le molestaba, y no poco, ver tanta gente hipócrita reunida en un solo lugar. Le resultaba aún más irritante tener que fingir que no le desagradaba la mayoría de los presentes. Rostros conocidos, sonrisas estudiadas, miradas interesadas. Todos estaban ahí por lo mismo. Ninguno por ella. —¿Qué? —murmuró inclinándose levemente hacia Ebony—. No me digas que tú también quieres largarte de aquí cuanto antes. El búho la miró con sus enormes ojos dorados, vivos, atentos. Emitió un sonido bajo, breve, y Siena sonrió apenas al entender la respuesta. Él tampoco quería estar allí, pero era necesario. Se puso de pie buscando la manera de distraer su mente bailando, pero… No alcanzó a dar más de un paso cuando una mano firme se interpuso en su camino. —Señorita Siena. Se detuvo. Alzó la mirada y se encontró con el hombre que estaba frente a ella. Era alto, de hombros anchos, con el cabello n***o oscuro perfectamente peinado hacia atrás. Su porte era seguro, invasivo, y en su rostro se dibujaba una sonrisa intimidante, calculada, como si supiera exactamente quién era ella y lo que representaba. Vestía un traje impecable y su presencia no pasaba desapercibida. —¿Me concede esta pieza? —preguntó con voz ronca, marcada por un acento italiano profundo—. Alejandro Vitale. Siena lo evaluó durante varios segundos. No respondió de inmediato. Observó sus manos, su postura, la manera en que la miraba sin titubear. Luego, con la elegancia que le habían inculcado desde niña, estiró la mano. Antes de hacerlo, dejó a Ebony detrás de ella, ignorando el leve sonido de protesta del animal. Caminó junto a Alejandro hacia la pista y permitió que la música la envolviera por completo. No supo cuánto tiempo estuvo bailando. El ritmo era envolvente, intenso. Alejandro la sujetaba con firmeza por la cintura, demasiado cerca, demasiado seguro. Su mano no temblaba. Su cuerpo la guiaba sin pedir permiso, marcando cada paso con autoridad. Siena no se apartó. No retrocedió. Se dejó llevar, consciente de cada mirada que recaía sobre ellos. —Eres arriesgado —dijo ella de pronto, girándose para quedar de espaldas a él, moviendo las caderas con control—. Bailando de forma tan intimidante con la sobrina del hombre más poderoso de Italia. Su voz fue baja, calculada, acompañada de una sonrisa ladeada que no alcanzó a sus ojos. Alejandro sonrió apenas, pero no se inmutó. No negó nada. No respondió. Continuó bailando, manteniéndola sujeta mientras sus cuerpos chocaban una y otra vez bajo el sonido de la música, ajenos al resto del mundo, ajenos a todo lo que estaba a punto de ocurrir. El estruendo fue seco. Brutal. El sonido de una bala impactando en el pecho de Alejandro resonó en el salón con una violencia absoluta. El cuerpo del hombre se tensó contra el de Siena antes de perder fuerza. Ella se quedó inmóvil. El tiempo pareció detenerse mientras alzaba la mirada. Y entonces lo vio. Los ojos verdes del hombre que sería su esposo. Y, efectivamente, también su maldita conden o quizás, ella sería la de él. Nota de autor; Hola mis hermosas diablitas. Iniciamos con las actualización esporádicas de esta historia. NO DIARIAS. Espero les guste. Está historia, NO PERTENECE A LA SAGA, por favor, disfruten de los personajes aquí descritos sabiendo que son distintos a los de las novelas anteriores. Recuerden que es mafia y que ambos tienen personalidades cuestionables que no justifico y no comparto, pero a fin de cuentas es ficción. Leer bajo su propio riesgo. Si buscas una novela rosa, de aprendizaje AQUI NO ES, pero su habrá mucha pasión, sexo explícito y romance oscuro, mucho romance.
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