Siena observó cómo la sangre brotaba en cantidades alarmantes del pecho de Alejandro Vitale, un flujo espeso y rítmico que empapaba la camisa de lino del hombre antes de desbordarse hacia el suelo de mármol pulido. El olor metálico, ferroso y caliente, inundó sus fosas nasales de inmediato, mezclándose con el aroma de los perfumes caros y el ozono de la pólvora que aún flotaba en el aire. El líquido rojizo se extendía por el piso en un charco irregular que amenazaba con manchar el dobladillo de su vestido, pero ella no retrocedió. Se quedó allí, de pie, mirando cómo la luz de las lámparas de cristal se reflejaba en la sangre que seguía saliendo de un hombre que, hacía apenas unos segundos, la sujetaba por la cintura. Alrededor, el shock inicial se transformó en un silencio sepulcral, una parálisis colectiva donde los invitados contenían el aliento, aterrorizados no solo por el cadáver, sino por la figura que sostenía el arma. Siena, con una calma que resultó mucho más aterradora, se dio la vuelta con lentitud y caminó con paso firme hacia la mesa de cócteles. Se sirvió una copa de vino con mano firme, sin que el cristal tintineara contra la botella, y salió hacia el jardín de la mansión. Sus pasos eran lentos, deliberados, dejando atrás el caos y la mirada de cientos de personas que no daban crédito a su indiferencia.
Una vez fuera, el aire fresco de la noche golpeó su rostro, limpiando el rastro del olor a muerte que se le había pegado a la piel. Siena llevó la copa de vino a sus labios e ingirió el líquido con lentitud, saboreando el dulzor fermentado que ahora, por fin, parecía tener el cuerpo suficiente para anestesiarla. Disfrutaba de la soledad del jardín, del contraste entre la violencia que acababa de presenciar y la paz de los arbustos perfectamente podados de su mansión. Estaba sumergida en ese alivio momentáneo hasta que... Sintió cómo una mano grande se cerraba con una fuerza brutal alrededor de su muñeca, cortándole la circulación y obligándola a soltar el cristal. La copa voló por el aire y se estrelló contra el césped, desperdiciando el vino que ahora parecía una mancha negra bajo la luz de la luna. El tirón fue tan seco que su cuerpo giró por inercia, quedando frente con el hombre.
—¿Qué mierda estabas haciendo? —la voz de Tiziano Ventresca retumbó en el espacio abierto, cargada de furia—. Todo el mundo sabe que eres mi futura esposa y tú pretendías dejarme en ridículo bailando con ese hombre de manera s****l y provocativa en tu propia fiesta de cumpleaños. ¿Acaso perdiste el juicio?
Siena levantó la mirada para encararlo. No lo había visto de cerca desde aquella celebración en Nápoles hacía más de cuatro años, y el cambio era evidente. Tiziano estaba allí, invadiendo su espacio personal con una presencia que parecía devorar la luz del jardín. Se veía más grande, más imponente, con una espalda que bloqueaba cualquier vía de escape. El flequillo blanco que lo caracterizaba parecía haber tomado más espesor, contrastando con su cabello oscuro y dándole un aire de autoridad prematura y peligrosa. Sus ojos verdes, los mismos que habían disparado sin dudar minutos antes, se veían ahora más oscuros, inyectados en una maldad que Siena reconoció de inmediato.
«Vaya, mientras más viejo, más insoportable», pensó ella, aunque en el fondo de su mente sabía que la palabra "insoportable" era solo una defensa para no admitir que la virilidad violenta que emanaba el hombre la obligaba a mantenerse alerta para no flaquear.
—Es tu culpa —respondió ella con una suavidad que destilaba veneno—. Fuiste tú el que viniste cuando claramente me dijiste en tu estúpida nota que no lo harías. Si hubieras cumplido tu palabra, no habrías tenido que ver nada.
Tiziano torció la boca en una sonrisa incrédula, una mueca de puro cinismo que dejaba ver sus dientes apretados. No podía creer el descaro de la mujer que tenía enfrente; la estaba culpando por las mierdas que ella misma había provocado para llamar su atención o para herir su orgullo. La recorrió con la mirada, de arriba abajo, y por un instante el silencio se volvió más denso. El tiempo no solo la había hecho más insolente, sino que la había moldeado con una perfección que resultaba insultante. Tiziano tragó saliva de forma casi imperceptible al notar que sus pechos eran más grandes, redondos y firmes bajo la tela del vestido, que su vientre seguía siendo plano y su cintura se había vuelto tan pequeña que sentía que podría quebrarla con una sola mano. Ese rostro, enmarcado por el cabello azabache y coronado por los diamantes azules que él mismo le había enviado, era la peor pesadilla para cualquier hombre que intentara mantener el control. Era una belleza diseñada para destruir y él no la iba a dejar hacerlo.
—No seas descarada, niña —escupió Tiziano, estrechando el agarre en su muñeca hasta que Siena sintió el hueso protestar—. Es tu deber como mujer respetarme, especialmente frente a mis iguales y mis enemigos. Nos casaremos muy pronto, te guste o no, y debes entender de una vez por todas que harás lo que yo te diga. No toleraré otra exhibición de tu promiscuidad barata disfrazada de rebeldía. Eres una Morgan, pero vas a ser una Ventresca, y mi apellido no se arrastra se respeta.
Siena no retrocedió ni un milímetro. Al contrario, subió la mirada para buscar sus ojos verdes, reduciendo la distancia entre ambos hasta que pudo sentir el calor que emanaba de su pecho. Se puso de puntillas, obligándolo a inclinar levemente la cabeza para mantener el contacto visual, y con su mano libre levantó un dedo para golpear con fuerza el esternón de Tiziano, justo encima de donde guardaba su arma. El golpe fue seco, una advertencia física de que no le temía.
—¿Eso es lo que crees? —preguntó ella, con una voz que cortante—. ¿Crees que después de que me hagas tu esposa podrás hacer conmigo lo que tú quieras, como si fuera una de tus propiedades? —Siena soltó una risa baja, cargada de desprecio, mientras volvía a golpear su pecho con el dedo antes de apartarlo—. No soy una mujer que puedas doblegar a tu antojo, Tiziano. Puedes haber matado a ese hombre, pero no has matado mi voluntad. En mi mente y en mi mundo, es el rey el que besa el piso de la reina. Aprende eso antes de ponerme el anillo, cuervo.
Sin esperar respuesta, Siena se soltó de su agarre con un movimiento brusco y cargado de dignidad. Se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso a la mansión, moviéndose con una elegancia que gritaba desafío en cada paso.
Tiziano se quedó estático en medio del jardín, con la mano aún cerrada en el aire y la mandíbula tensa. Se quedó mirando el movimiento hipnótico de sus caderas, el cabello azabache meciéndose con un descaro que lo irritaba hasta la médula y el rastro de su perfume, dulce y floral, que se negaba a abandonar su espacio.
«Maldita loca», pensó sintiendo una mezcla de odio puro y una urgencia física que se negaba a reconocer. Estaba acostumbrado a que los hombres temblaran ante su presencia, a que las mujeres bajaran la cabeza, pero Siena Morgan acababa de escupirle en la cara y él, lejos de querer destruirla, sentía la necesidad de dominarla.
Soltó un suspiro pesado, ajustándose la chaqueta y mirando el charco de vino en el césped. Tendría que ir a limpiar el desastre que ella había provocado.
…
Siena entró al salón y, sin mirar a nadie, subió las escaleras hacia su habitación. Cada paso que daba era una victoria interna. Había visto el deseo mezclado con la rabia en los ojos de Tiziano, había sentido su pulso acelerarse bajo su dedo y supo, con la intuición de una mujer que ha crecido entre depredadores, que lo había herido donde más le dolía: en su control.
Sin perder tiempo, comenzó a deshacerse del vestido. Sus dedos se movieron con una agilidad mecánica sobre la cremallera y los ganchos, sintiendo la urgencia de arrancarse de la piel cualquier rastro de aquella noche. Cuando finalmente sostuvo la prenda entre sus manos, bajo la luz directa de la lámpara de su habitación, se dio cuenta de que la tela estaba salpicada de pequeñas gotas de sangre. Maldijo entre dientes, sintiendo una mezcla de asco y una satisfacción amarga que no pudo reprimir. Con un movimiento brusco y cargado de desprecio, lanzó el vestido al fondo del cesto de la ropa sucia. Luego, con la misma brusquedad, se desabrochó el brasier, liberando sus enormes pechos y dejando que el aire fresco de la habitación le rozara la piel. Soltó un suspiro profundo, un alivio físico que le recorrió la espalda.
Adoraba estar sin nada que sostuviera a sus nenas; cada vez que usaba aquellas prendas de encaje y varillas le resultaba una tortura incómoda, una asfixia constante que solo aceptaba por el protocolo. Se quedó un momento frente al espejo, observando las marcas rojas que él había dejado en su brazo, sintiendo un escalofrío en su cuerpo, antes de tomar un camisón de seda beige que descansaba sobre la cama.
Se lo deslizó por el cuerpo, sintiendo la caricia fría del tejido bajando por sus caderas, y se sentó frente al tocador para comenzar con su ritual de cada noche. Tomó el cepillo de madera y comenzó a pasarlo por su cabello azabache. Sin embargo, no había terminado de pasar el segundo cepillado cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Salomé entró en la habitación.
—Se supone que debes despedir a los invitados, Siena —dijo su madre, deteniéndose en mitad del cuarto y poniendo las manos en su cintura mientras la aniquilaba con los ojos.
Siena la observó con lentitud a través del reflejo del espejo, sin dejar de pasar el cepillo por sus hebras oscuras. Salomé era, sin duda, una mujer hermosa; una de esas bellezas que desafiaban el paso del tiempo con una arrogancia natural. A pesar de su edad, conservaba una piel tersa que la hacía parecer una mujer de apenas treinta y cinco años, manteniendo ese cuerpo voluptuoso y esos ojos marrones, grandes y llamativos.
—Despídelos tú, por favor —respondió, volviendo su vista al espejo con indiferencia—. Sabes que no me gustan las celebraciones y esta, como habrás notado, no ha terminado nada bien. No tengo interés en fingir sonrisas ante personas que acaban de ver cómo mi futuro esposo le volaba el pecho a un invitado en medio de la pista.
Salomé soltó un suspiro largo. Se acercó a su hija con pasos silenciosos y tomó el cepillo de las manos de su hija. Comenzó a peinarla con movimientos suaves y rítmicos, para sentir, aunque fuera por unos minutos, que Siena seguía siendo la niña pequeña que podía controlar antes de que se convirtiera en esta mujer de voluntad de hierro y lengua afilada. El silencio en la habitación era denso, interrumpido solo por el siseo del cepillo contra el cabello.
—No debiste provocar a Tiziano, Siena —sentenció Salomé finalmente, su voz bajando a un tono de advertencia—. No has vivido jamás cerca de un hombre como él, y te aseguro que no tienes idea del terreno que estás pisando. Tiziano no es un hombre con el que puedas; él es como tu tío Salvatore: oscuro, peligroso y carente de cualquier límite moral cuando se siente desafiado. Mira lo que le ha hecho a esa mujer de Caterina... ni siquiera sabemos si murió o si sigue cautiva entre sus garras, pagando el precio de su insolencia. Con estos hombres no se juega, no se discute y, sobre todo, no se les contradice. Se les obedece, Siena. Se les respeta por puro instinto de supervivencia, a pesar de que lo desprecies como lo haces.
Siena sintió cómo la rabia le subía por el cuello, una oleada de calor que le tensó cada músculo del cuerpo. Apretó los puños al costado de sus piernas, hundiendo las uñas en la seda del camisón mientras escuchaba las palabras de su madre. La mención de Caterina, la mujer que había sido el objeto de la obsesión de Tiziano antes de que ella entrara en la ecuación, fue la chispa que terminó de incendiar su paciencia.
—No estoy diciendo que no lo respetaré, madre —soltó de repente—. Simplemente, haré que él también me respete a mí. No voy a entrar en esa casa como una cordera esperando ser sacrificada para que él se sienta más poderoso. Acepté ser su esposa porque las reglas de esta familia no me dejaron otra opción, pero eso no significa que voy a ser su maldito juguete ni que voy a permitir que me trate como a una de sus posesiones que puede ignorar o castigar a su antojo—. Además, yo no soy Caterina, soy mucho peor…
…
A la mañana siguiente, el silencio de la mansión solo se veía interrumpido por el eco de los pasos de Siena sobre los escalones de mármol. Al llegar a la planta baja, el olor denso y tostado del café recién hecho inundó sus fosas nasales, guiándola directamente hacia el comedor. Damián estaba sentado a la cabeza de la mesa, con la espalda recta y la mirada fija en las páginas de un periódico que sostenía con firmeza, mientras Salomé le servía una taza humeante con movimientos precisos. El ambiente estaba cargado de esa tensión típica de los desayunos que siguen a un desastre, pero Siena decidió ignorarlo por completo. Se acercó a su padre y, con un gesto cargado de una dulzura que reservaba únicamente para él, depositó un beso suave en su frente.
—Buenos días, papi —murmuró ella, intentando suavizar la atmósfera antes de que las preguntas empezaran a llover.
Damián ni siquiera bajó el periódico, pero su voz sonó grave y cargada de una autoridad que no admitía réplicas. Su presencia siempre había sido un recordatorio del poder que cargaba su apellido, un hombre que no necesitaba gritar para hacerse obedecer.
—Tenemos que hablar, fea. Lo que pasó anoche en la fiesta no es algo que podamos pasar por alto bajo el tapete como si fuera un vaso roto.
Siena forzó una sonrisa y se ajustó el bolso al hombro, retrocediendo un paso antes de que él pudiera continuar. Sabía perfectamente de qué quería hablar: del cadáver de Vitale, de su desplante en el jardín y del escándalo que ya debía estar circulando por las venas de toda la organización. Pero ella no tenía la energía mental para justificar sus actos. Sabía que había hecho mal en provocar a Tiziano, y ahora seguramente alguien querría vengar esa muerte.
—Lo haremos luego, papá. Evie y Ava llegaron de Alemania anoche y me invitaron a desayunar para recuperar el tiempo perdido. Ya voy tarde —dijo con rapidez, girándose hacia la salida antes de que su padre pudiera soltar el suspiro de frustración que ya se formaba en su pecho.
Apenas salió de la mansión, el sol de la mañana la recibió con una intensidad molesta. Caminó unos cuantos pasos hacia su auto, pero se detuvo en seco al percibir una presencia que no encajaba en el paisaje habitual de su jardín. Se volteó con brusquedad y se encontró con un hombre que no formaba parte de su equipo de seguridad habitual. Era alto, de una corpulencia imponente que llenaba el espacio de forma agresiva; tenía el cabello n***o azabache, la barba perfectamente afeitada marcando una mandíbula cuadrada y una piel bronceada que delataba un origen distinto al de los hombres de su tío. Su cuerpo fuerte y corpulento estaba enfundado en un traje oscuro que parecía a punto de reventar por la tensión de sus hombros.
—¿Quién eres tú? —preguntó Siena, entornando los ojos y midiendo al extraño con una curiosidad que rayaba en la hostilidad. El hombre tenía rasgos árabes marcados, ojos oscuros y profundos que no se inmutaron ante su tono imperativo.
—Buenos días, señorita Siena. Soy su guardaespaldas de ahora en adelante. El señor Tiziano Ventresca me ha enviado personalmente para asegurar su protección y llevarla a donde usted desee. Mi nombre es Karim Al-Farsi —respondió el hombre con una cordialidad profesional, aunque sus ojos mantenían una chispa de firmeza que a Siena le resultó insultante.
Siena apretó los dientes con tanta fuerza que sintió un pinchazo en la mandíbula. El descaro de Tiziano no conocía límites. Ni siquiera se habían casado todavía, ni siquiera habían intercambiado una palabra civilizada tras el disparo de la noche anterior, y ya le estaba imponiendo una correa en forma de guardaespaldas. Era evidente que no estaba allí para protegerla, sino para vigilar cada uno de sus movimientos y reportar directamente al cuervo. Ella tenía a su disposición a decenas de hombres capaces de dar la vida por ella, hombres que conocía de toda la vida. No necesitaba a un extraño árabe apostado en su sombra.
—Muchas gracias, Karim —dijo ella con una lentitud cargada de sarcasmo—, pero prefiero llevar a mis propios hombres. Puedes decirle al señor Ventresca que agradezco el detalle, pero que sé cuidarme sola.
Siena se dio la vuelta para seguir hacia su coche, pero Karim se adelantó con una agilidad sorprendente para su tamaño, bloqueándole el paso con una sonrisa que rozaba lo arrogante. No fue un movimiento violento, pero sí lo suficientemente firme para dejarle claro que no se movería de allí.
—No es una petición, señorita Siena. Es una orden directa del señor Ventresca. Él fue muy claro: yo soy quien la escolta hoy y todos los días que sigan antes y después de la boda. Por favor, suba a la camioneta —dijo el hombre, señalando con un gesto de cabeza el vehículo blindado que esperaba con la puerta ya abierta por otro subordinado.
Siena lo fulminó con la mirada, sopesando la posibilidad de montar un escándalo allí mismo, pero comprendió que Karim solo cumplía órdenes y que Tiziano disfrutaría sabiendo que la había hecho perder los estribos. Se subió a regañadientes a la camioneta, golpeando la puerta con fuerza al cerrar. El trayecto hacia el restaurante se le hizo eterno, con la presencia de Karim en el asiento delantero recordándole en cada segundo que su libertad estaba siendo recortada por un hombre que ni siquiera se dignaba a darle la cara.
Al llegar al restaurante, la tensión se disipó un poco al ver a las gemelas esperándola en una de las mesas de la terraza. Eva y Evie se pusieron de pie apenas la vieron cruzar la entrada y se lanzaron a sus brazos con una emoción que logró sacarle una sonrisa genuina. Eran las hijas de su tío Brahim y las únicas amigas reales que Siena conservaba en ese mundo. Eran hermosas y despampanantes, con cabellos rojos rizados que brillaban bajo el sol, rostros salpicados de pecas encantadoras y labios carnosos que siempre estaban listos para soltar alguna imprudencia. Evie era la más callada de las dos, con sus ojos esmeraldas ocultos tras unos lentes para ver que le daban un aire intelectual, mientras que Ava era el puro retrato del descaro.
—Intentamos llegar anoche a la celebración, pero el maldito vuelo se retrasó en Frankfurt. Feliz cumpleaños, amiga. Te trajimos este obsequio de la joyería más exclusiva de Berlín —dijeron casi al unísono, entregándole una caja pequeña y elegante.
Siena tomó la caja entre sus dedos con gratitud, la guardó en su cartera sin abrirla para no perder el tiempo y se sentó con ellas. El desayuno transcurrió entre risas y anécdotas del viaje a Alemania, permitiendo que Siena olvidara por un momento el charco de sangre de la noche anterior y la sombra de Karim, que permanecía de pie a unos metros, vigilando el perímetro con una eficiencia gélida. Después de desayunar, las tres pidieron barquillas de helado para cerrar la mañana. Las gemelas optaron por el de Oreo, mientras que Siena pidió el suyo de fresa, disfrutando del contraste del frío contra su paladar.
—¿Y entonces? ¿Cuándo es la maldita boda? —preguntó Ava, echando su melena pelirroja hacia atrás con un gesto dramático mientras lamía su helado.
Siena suspiró, revolviendo el helado con la cuchara de plástico antes de responder. La sola mención del enlace le revolvía el estómago.
—Aún no lo sé. Tiziano ni siquiera ha dicho una fecha concreta y yo, la verdad, no pretendo organizar nada. Si quiere casarse conmigo, que lo planee él o que contrate a alguien. A mí no me interesa elegir flores para mi propio funeral.
—Yo que tú lo haría, Siena —intervino Ava con una mirada maliciosa—. No vaya a ser que se arrepienta y te quedes vestida y alborotada. Ese hombre es bellísimo. Cualquier mujer en Italia mataría por estar en tu lugar. No entiendo cómo no ha tenido suerte en el amor: primero la Caterina esa, luego tu tía lo despreció por Salvatore, y ahora tú lo odias como si fuera un monstruo. Me hace pensar... ¿Será que lo tiene chiquito? ¿Será que por eso todas huyen? —preguntó con un descaro que hizo que un par de personas en las mesas cercanas se giraran.
Siena pasó la lengua por su barquilla de fresa, sintiendo cómo el frío la ayudaba a procesar la pregunta. Imaginó por un segundo la figura imponente de Tiziano, su arrogancia y la forma en que dominaba cada espacio que pisaba. La idea de que tuviera algún defecto físico le resultó divertida, una forma de restarle poder en su mente.
—Sí, es lo más seguro —dijo sonriendo con maldad al ver la cara de decepción fingida de las pelirrojas—. Debe ser un desastre en la cama para compensar tanta prepotencia.
Las gemelas soltaron una carcajada, pero la sonrisa de Siena se desvaneció de golpe. Sus ojos se posaron en una figura que acababa de aparecer frente a su mesa, bloqueando la luz del sol. El aire pareció escaparse de sus pulmones y el helado de fresa le supo de repente a metal.
Tiziano Ventresca estaba allí, de pie, con las manos en los bolsillos de su pantalón de traje y una expresión que indicaba que había escuchado mucho más de lo que Siena hubiera deseado. Sus ojos verdes estaban fijos en ella, cargados de una intensidad que prometía represalias por cada palabra pronunciada.
¿Qué demonios hacía Tiziano ahí?