Mi hombría

2612 Palabras
Tiziano se subió los lentes oscuros para poder mirar con más claridad a los hombres con los que tendría que cerrar un trato millonario. No había ido a Florencia solo por el cumpleaños de Siena, aunque esa había sido la razón inicial; también tenía que cerrar algunos negocios con unos italianos que habían pedido un cargamento masivo de vino de sus viñedos en Sicilia, una fachada perfecta para mover mercancía más pesada. Ventresca se echó el cabello hacia atrás con un gesto impaciente, logrando que el mechón blanco volviera a caer sobre su frente, y avanzó entre los comensales del exclusivo restaurante con una zancada depredadora. Las miradas de muchos se dirigieron a él de inmediato; no solo porque después de haber pasado los treinta y cinco años se había vuelto más imponente y llamativo, sino porque su reputación le precedía. Él estaba muy claro de la reacción que provocaba su presencia: una mezcla de admiración y terror. No todos los días se veía de cerca al segundo al mando de una organización tan sonada y peligrosa. Él no solo era la mano derecha de Salvatore Morgan. Tiziano era el motor que mantenía la maquinaria en marcha, el hombre que manejaba la mayoría de los negocios operativos mientras Salvatore se encargaba de la política de alto nivel. Su mente guardaba registros de muertes y torturas impensables, pero también rutas de suministro y nombres que valían millones. Era una pieza fundamental no solo para la organización, sino también para el equilibrio de poder en el gobierno italiano, que prefería tenerlo como un aliado silencioso antes que como un enemigo declarado. Avanzó por el local hasta ver a sus tres socios sentados alrededor de una mesa redonda, cada uno con una copa de whisky en la mano pese a la hora temprana. El lugar era discreto, con una iluminación tenue. A Tiziano le molestaba el exceso, la bulla y, sobre todo, perder el tiempo en protocolos innecesarios. Por esa razón, la humillación que Siena le había hecho pasar la noche anterior seguía escociéndole en el orgullo como una herida abierta. ¿Quién se creía esa niña para hacerlo quedar en ridículo frente a sus subordinados? Si ella pensaba que podía doblegarlo o usar su sexualidad para humillarlo, estaba completamente loca. Ya había pasado por demasiado con mujeres como Caterina y Sofía en el pasado; si tenía que domar a esa yegua rebelde, lo haría sin que le temblara el pulso, pero ella no jugaría con él. —Buenos días, señores —dijo Tiziano al llegar a la mesa, y los tres hombres se pusieron de pie de inmediato para estrechar su mano con una urgencia que delataba su nerviosismo. Ventresca apretó las manos de los socios mientras los miraba directamente a los ojos, sosteniendo la presión un segundo más de lo necesario. Sabía que el contacto visual prolongado le sumaba poder y marcaba el territorio desde el primer segundo. Muchos en el restaurante podrían creer que estaba vulnerable al estar sentado allí, aparentemente solo en un lugar lleno de civiles, pero ignoraban que más de diez de sus mejores hombres rodeaban el perímetro, armados y listos para volarle los sesos a cualquiera que se atreviera siquiera a insultarlo. Tiziano se sentó con una elegancia pesada y levantó la mano para llamar a la mesera. Los socios esperaron en un silencio tenso, casi conteniendo el aliento, mientras él pedía un desayuno completo y un vaso de chocolate caliente, ignorando el alcohol que ellos consumían. —Espero que no les moleste que desayune mientras hablamos —preguntó Tiziano, aunque su tono no era una consulta, sino una afirmación. Los hombres apretaron los dientes antes de forzar una sonrisa de cortesía. —No, en lo absoluto, señor Ventresca —respondió uno de ellos, un hombre de piel bronceada llamado Gaetano Ricci. Tiziano comenzó a dar pequeños bocados a su comida con una parsimonia que desesperaba a los presentes. Se movía con una precisión asombrosa, manteniendo la espalda recta y los ojos recorriendo el salón de vez en cuando. Cuando iba por la mitad del plato, lo colocó a un lado con un gesto definitivo y se limpió la comisura de los labios con la servilleta de lino blanco. —Bien, oigo sus propuestas —dijo con atención, cruzando las manos sobre la mesa y esperando a saber cuánto estaban dispuestos a pagar por su mercancía. Escuchó las cifras y las rutas propuestas con una frialdad absoluta. El precio le parecía justo, no solo por el vino, sino por la pureza de la droga que viajaría oculta en los barriles. Sin embargo, su mente no estaba totalmente en la negociación. Quería cerrar el trato y volver a Sicilia lo antes posible; Florencia se le antojaba asfixiante, llena de gente que hablaba demasiado y actuaba poco. Por un momento, mientras Ricci hablaba sobre los puntos de entrega en el puerto, Tiziano no pudo evitar que su mente regresara a la imagen de Siena en la fiesta. Recordaba cómo el vestido se apretaba a sus curvas, la forma en que sus senos sobresalían por el escote mientras ella bailaba con aquel hombre. Se preguntó, con una curiosidad puramente física y posesiva, qué talla de brasier usaría y cómo se sentiría esa piel bajo sus manos cuando finalmente la tuviera en su cama. —¿Qué le parece la propuesta, señor Ventresca? —preguntó Ricci por segunda vez, sacándolo de su abstracción. Tiziano carraspeó, recuperando el foco y volviendo la vista a los hombres frente a él. Estaba a punto de dar su aprobación final cuando una risita cristalina y familiar, proveniente de una de las mesas cercanas, lo sacó de sus pensamientos. Casi se ahoga con el chocolate caliente que acababa de llevar a sus labios cuando vio a Siena Morgan sentada a pocos metros, acompañada por las gemelas pelirrojas. La escuchó con una claridad irritante debido a la proximidad. —Si él quiere que me case con él, pues tendrá que organizar todo, porque yo no pienso mover un dedo para eso —decía Siena con una voz que destilaba desprecio. Tiziano levantó una ceja, divertido por su audacia, pero sintiendo cómo una quemazón de rabia le subía por el pecho. —Yo que tú lo haría, Siena —respondió Ava, la gemela más atrevida—. Ese hombre es bellísimo y cualquier mujer querría estar en tu lugar. No entiendo cómo no ha tenido suerte en el amor. Primero lo de Caterina, luego tu tía que lo dejó por Salvatore... ¿Será que lo tiene chiquito? —preguntó la pelirroja con un descaro que hizo que los socios de Tiziano giraran el rostro hacia la mesa de las mujeres. Por supuesto que reconocieron a la sobrina de Salvatore Morgan. El rumor de la alianza entre los Morgan y los Ventresca se había extendido por toda Italia como un incendio forestal. No solo porque esa unión representaba un mandato próspero y violento, sino porque Siena era la joven más codiciada y acechada del país. Era hermosa de una manera peligrosa, casi hipnótica, con esos ojos grises y ese cabello azabache que la hacían parecer una bruja oscura capaz de dejar a cualquier hombre sin aliento. —¿Esa no es su prometida, señor? —preguntó uno de los hombres en un susurro, y Tiziano apretó los puños bajo la mesa hasta que sus nudillos se pusieron blancos. —Pues sí, puede ser que lo tenga pequeño —continuó Siena, pasando la lengua por su barquilla de fresa con una lentitud provocativa mientras sus mejillas se tornaban rojas, pero no por vergüenza, sino por la adrenalina de la burla—. Seguramente es malo en la cama y trata de compensarlo con esa actitud de matón que tiene. Tiziano sintió que su cuerpo ardía por dentro. ¿Malo en la cama? ¿Pequeño? Los hombres que estaban frente a él no pudieron evitar sonreír de forma nerviosa, e incluso carraspearon para disimular la tensión. En su mundo, la hombría de un jefe era un pilar fundamental de su autoridad; no podía permitirse que su propia mujer pusiera en duda su virilidad frente a socios estratégicos. La humillación de la noche anterior era nada comparada con esto. Se puso de pie con una calma letal, metiéndose los dedos en los bolsillos del pantalón mientras una sonrisa llena de sarcasmo y peligro se dibujaba en sus labios. Ya no veía la hora de mostrarle a su futura esposa de qué estaba hecho y lo mucho que la complacería en la cama, de una forma tan violenta y absoluta que le haría cerrar su pequeña y atrevida boca para siempre. Caminó hacia la mesa de las mujeres, ignorando a los socios que se quedaron estupefactos, y se detuvo justo frente a Siena, proyectando su sombra sobre ella. —Siena, ¿qué fue eso que acabas de decir? —preguntó Tiziano con una voz ronca que vibraba con una amenaza evidente. Siena subió la mirada para verlo, pero en lugar de intimidarse por su presencia física o por la mirada oscura que él le lanzaba, subió el labio en un gesto de desafío. Tiziano vio cómo la muy maldita parecía disfrutar del momento, regocijándose en el hecho de haberlo molestado de nuevo. No había rastro de miedo en ella, solo una chispa de victoria que lo hizo querer tomarla de la nuca allí mismo para demostrarle quién era el que mandaba. —Vaya, Tiziano, parece que tienes el oído muy fino para las críticas —respondió ella, sosteniendo el contacto visual con una insolencia que lo dejó sin palabras por un segundo—. ¿Te molesta la verdad o es que te asusta que el resto del mundo se entere de tus deficiencias? Tiziano apretó la mandíbula, sintiendo el pulso acelerado en su cuello. Las gemelas guardaron silencio, mirando la escena con los ojos muy abiertos, conscientes de que acababan de cruzar una línea de la que no había retorno. Tiziano se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la mesa de Siena y reduciendo la distancia entre sus rostros hasta que pudo oler el perfume dulce de ella mezclado con el helado de fresa. —Te aseguro, nena, que cuando estemos solos no vas a estar riéndote —susurró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Vas a estar demasiado ocupada intentando recuperar el aliento como para preocuparte por el tamaño de nada. Siena no parpadeó. Se limitó a lamer una gota de helado que caía por el borde de la barquilla, mirando fijamente los labios de Tiziano con una mezcla de odio y una curiosidad que ella misma se negaba a admitir. —Karim —exclamó Tiziano, elevando la voz un poco. Buscaba al sarraceno, ese hombre de rasgos marcados y lealtad inquebrantable que se mantenía a una distancia prudencial, vigilando el perímetro como un halcón. El árabe se acercó al instante, moviéndose con una agilidad silenciosa que contrastaba con su volumen físico. Tiziano lo miró de reojo antes de clavar sus ojos verdes de nuevo en Siena, quien seguía sosteniendo la barquilla con una mano y su dignidad con la otra—. Lleva a mi prometida a casa. El desayuno con sus amigas se acabó —sentenció él, con una frialdad que indicaba que la decisión no estaba abierta a debate. Las gemelas, Ava y Evie, casi abrieron la boca al mismo tiempo cuando detallaron al guardaespaldas que acababa de detenerse frente a ellas. No lo habían notado antes con detenimiento, ya que se había mantenido como una sombra borrosa cerca de la entrada, pero ahora que lo veían de cerca, el impacto fue inmediato. Karim era un hombre imponente, de una belleza ruda y exótica que no encajaba con el estándar italiano al que estaban acostumbradas. Su piel bronceada, la barba perfectamente recortada que subrayaba una mandíbula de piedra y esos ojos oscuros, casi negros, que parecían leer las intenciones de cualquiera, lo hacían ver como un guerrero sacado de otra época, pero enfundado en un traje de tres piezas que apenas contenía sus músculos. —Señorita, por favor, me acompaña —dijo Karim con una seriedad absoluta, ignorando las miradas indiscretas de las pelirrojas y enfocándose únicamente en Siena. Su voz era profunda, con un rastro de acento que la hacía sonar aún más imperativa, aunque mantenía la cortesía profesional que Tiziano le había exigido. Siena apretó los labios, sintiendo cómo el calor de la rabia le subía por el cuello. Se acomodó el bolso en el brazo con un movimiento seco, ignorando la mano extendida del sarraceno. No estaba dispuesta a permitir que Tiziano dictara el final de su mañana. Su orgullo, herido por la interrupción y por la presencia dominante del hombre frente a ella, la impulsó a contraatacar con la misma moneda. —No iré a casa, Karim —dijo ella, dirigiendo sus palabras al guardaespaldas pero manteniendo la mirada fija en Tiziano—. Tengo una cita en una boutique ahora mismo para probarme unos vestidos, así que ahorra tus impulsos posesivos, Ventresca. Siena se echó el cabello azabache hacia atrás con una tranquilidad fingida, desafiándolo con la barbilla en alto. Tiziano se quedó observándola en silencio, analizando cada microgesto de su rostro. No confiaba en ella, ni un poco. Sabía por experiencia que cada vez que Siena estaba sola o se sentía acorralada, cometía una imprudencia, buscaba una forma de quebrar las reglas solo para demostrar que podía hacerlo. La idea de dejarla suelta por Florencia, incluso con Karim a su lado, le revolvía el estómago. Necesitaba adelantar la boda, necesitaba tenerla bajo su propio techo en Sicilia para poder dominarla a su antojo, lejos de la influencia de sus amigas y de la protección permisiva de los Morgan. La tensión entre ambos era casi palpable, una corriente eléctrica que hacía que el aire alrededor de la mesa se sintiera pesado. Tiziano recorrió con la mirada el cuerpo de Siena, deteniéndose en la curva de su cuello y en la firmeza de su postura. Una idea maliciosa empezó a formarse en su mente, una forma de recordarle quién tenía las riendas del juego de una manera mucho más directa y personal. —Karim, acabo de cambiar de opinión —dijo Tiziano de repente, soltando una risa corta y carente de humor que hizo que las gemelas intercambiaran una mirada de pánico—. Yo mismo la llevaré a la maldita boutique. Tú quédate aquí, paga la cuenta y despide a mis socios. Siena sintió que el mundo se detenía por un segundo. La sonrisa de maldad que se dibujó en los labios de Tiziano le indicó que acababa de caer en su propia trampa. Él no iba a dejarla ir; iba a escoltarla personalmente, transformando lo que debería haber sido una mañana de compras en un interrogatorio privado o, peor aún, en una demostración de su control absoluto sobre ella. Tiziano dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal hasta que pudo oler de nuevo el perfume de fresa y seda de ella. Disfrutó del destello de sorpresa y fastidio que cruzó los ojos grises de su prometida. Sabía que, con ese simple cambio de planes, acababa de arruinarle la mañana por completo, y eso le generaba una satisfacción oscura que no se molestó en ocultar. —Vamos, Siena —murmuró Tiziano, extendiendo una mano hacia ella con una falsa caballerosidad que destilaba amenaza—. No queremos llegar tarde a tu cita, ¿verdad? Estoy ansioso por ver qué tipo de ropa eliges —le dijo satisfecho. Lo que no sabía él era que, si quería molestarla con eso, ella buscaría la manera de molestarlo aún más.
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