Cuando aquella voz profunda resonó a espaldas de Emmeline, un jadeo abandonó su garganta y su corazón golpeó con intensidad su pecho ante el susto. —Lo lamento, señor Blackthorne, yo solo… Las palabras perecieron en su lengua cuando alzó la mirada en dirección al hombre frente a ella. Emmeline no se dió cuenta que había roto la regla implícita de No mirar al señor Blackthorne a la cara hasta que ya fué tarde. El señor Blackthorne poseía una altura imponente, de la cual se adueñaba con una postura elegante y el mentón en alto, era esbelto e iba todo de n***o, con las manos tras su espalda. La penumbra del pasillo débilmente permitía distinguirlo con claridad. Como un príncipe de las tinieblas, las sombras lo envolvían como fieles súbditas, como si aquél fuera su lugar y se negaran a

