I
Bienvenido a Coldbourne
Letras labradas en bronce relucían sobre la madera oscura de aquél cartel que anunciaba que, tras casi dos días de viaje en tren desde su pueblito natal al sur de Inglaterra, Emmeline Lawson finalmente había llegado a su destino y la emoción inevitablemente provocó un hormigueo en su vientre.
Coldbourne era un pueblo al norte de Inglaterra, no tan inmenso pero tampoco tan pequeño como en el que Emmeline había crecido y, definitivamente, prometía mucho más.
Desde el otro lado de la ventana, envuelta por el calor agradable dentro del tren, se maravillaba con el exterior en movimiento.
Era un bosque espeso lo que rodeaba el andén de camino al pueblo, con frondosos pinos cubiertos por una escasa capa de nieve blanca que la tenían deslumbrada ante tan etéreo escenario.
En esa época del año los brazos del invierno comenzaban a envolver el pueblo y las nevadas prometían ser más intensas y frecuentes.
Cuando el tren finalmente se detuvo en la estación, procuró estar lo suficientemente abrigada antes de descender.
Había escuchado lo crudo que podía ser el invierno en Coldbourne, por lo que llevaba un grueso abrigo blanco, unos delicados guantes del mismo color y un gorro de lana.
Una voz anunció la llegada desde un parlante y recogió sus pocas pertenencias, las cuales no ocupaban más que una maleta grande y una de mano en las cuales, casi literalmente, llevaba su vida, pues era todo lo que le quedaba.
Tras la muerte del último familiar cercano que le quedaba, se armó de valentía para finalmente tomar la decisión que cambiaría su vida.
Vendió todo lo que le había quedado, lo cual no era mucho realmente y mucho menos costoso, pues venía de una familia humilde y, tras saldar deudas, compró un pasaje de tren a un pueblo lejano.
La idea de comenzar desde cero en un lugar desconocido, más que aterrarla, la emocionaba.
Emmeline siempre se consideró una jóven muy positiva. No cualquiera es capaz de encontrar el lado bueno incluso en los momentos más oscuros y esa cualidad la hizo sobrevivir y ser fuerte durante mucho tiempo.
Finalmente se había liberado de la última cadena que la apresaba a una vida que no deseaba y esa libertad la hacía sentir que estaba frente a todo un nuevo mundo de posibilidades.
Muchos podrían considerarla una niña ingenua, pero había sido valiente al hacer lo necesario para buscar una vida mejor. Una con la que soñaba y que merecía. Sin dejar que el miedo la dominara, obligándola a permanecer en un rincón oscuro y desolado, porque así se sentía en su antiguo pueblo.
Cuando bajó del tren, el ambiente frío la abrazó como una sensación filosa aferrándose a su delgado cuerpo, enfriando sus mejillas y volviendo roja la punta de su pequeña naríz.
Se acomodó la chaqueta para intentar cubrir más su cuello y comenzó a andar viendo cómo su respiración formaba vahos en el aire helado.
En cuanto subió al tren, marcó el número de un motel que había leído en el periódico para reservar una habitación. No tardó en encontrarlo, era modesto y pequeño pero, apenas cruzó la puerta, el interior cálido resultó agradablemente acogedor.
Luces cálidas iluminaban el interior que, mayoritariamente, era de madera oscura. Incluso había un recibidor con una chimenea y dos sofás que lo volvían aún más acogedor. Ese sería su refugio durante los días que tardara encontrando empleo.
El tenue sonido de una campanilla anunció su llegada y la mirada de la mujer mayor detrás del recibidor se posó sobre ella con la curiosidad que era usual entre los habitantes ante la llegada de alguien nuevo al pueblo.
—Buenos días —se acercó con una sonrisa tímida—. Me llamo Emmeline Lawson, hice una reserva hace unas horas.
La manera en que la mujer correspondió el gesto con una sonrisa cálida la hizo sentir más relajada y cómoda.
A veces las personas no parecían ser conscientes de cómo con una mala mirada o una simple sonrisa podían cambiar el día de la otra.
—Por supuesto —asintió la mujer.
Se puso unas gafas para revisar el libro que descansaba sobre el recibidor y luego se volvió hacia el cuadro del cual colgaban varias llaves detrás de su espalda.
—Habitación número catorce, por las escaleras —le indicó a Emmeline cuando ésta tomó las llaves—. Y Bienvenida a Coldbourne.
—Muchas gracias.
La jóven se despidió, continuando su camino hacia las escaleras directo a la que sería su nueva habitación.
Al abrir la puerta, se encontró con paredes cubiertas por papel tapiz color crema algo desgastado, el mismo suelo de madera oscura, una cama pequeña con sábanas limpias, un armario antiguo pero bien cuidado y una pequeña puerta que debía dar al tocador.
Cerró detrás suyo y dejó sus pertenencias junto a la cama.
Mientras se quitaba el gorro, se acercó a la pequeña ventana que daba a la calle, donde las personas caminaban y entraban o salían de tiendas.
Justo en la vereda opuesta había una cafetería e inmediatamente sintió su estómago gruñir ante la idea de un café caliente y algo esponjoso para comer.
Volvió a ponerse el gorro y tomó algo de dinero.
Al final, nadie puede resistirse a la tentación de algo suave y dulce.