II

1386 Palabras
La cafetería era un lugar encantador, pequeño y acogedor. En el cálido interior la recibió el dulce aroma a café recién hecho y pasteles recién horneados flotando como una estela invisible en el aire. Las paredes, de tonos cálidos y suaves, estaban adornadas con cuadros coloridos que daban un toque hogareño, mientras que las luces suaves y tenues creaban una atmósfera tranquila y reconfortante. Era el lugar perfecto para refugiarse de las frías calles, como lo hacían varias personas cuyos murmullos llenaban de vida el lugar mientras conversaban. Se acercó a la joven detrás del mostrador, quien conversaba con la mujer sentada en la barra mientras ésta doblaba unas servilletas de tela, y tomó lugar en uno de los asientos vacíos. —Buenas tardes —le sonrió la joven con amabilidad, tendiendole un menú y Emmeline murmuró un Gracias. Tras decirle su órden, sacó el periódico que había comprado en la estación para revisar los anuncios en busca de empleo, no había tiempo para desperdiciar. Pasados unos minutos, la chica puso frente a ella una porción de pastel de vainilla que se robó toda su atención, mientras servía el café. —¿Eres nueva por aquí, verdad? —la voz de la joven hizo que Emmeline alzara la mirada en su dirección, encontrándose cierta curiosidad en su rostro—. Nunca antes te había visto. —Así es —asintió—. Me llamo Emmeline Lawson. —Corvina Black—se presentó y la mujer junto a Emmeline aclaró su garganta—. Y ella es mi madre, la dueña de la cafetería. —Lenore —la mujer de mirada cálida le tendió la mano y Emmeline le correspondió el gesto. —Un gusto conocerlas. —¿Cuándo llegaste? —curioseó Lenore. —Hace un momento. Me quedo en el hotel de enfrente, ví la cafetería cruzando la calle y quise venir por un trozo de pastel, está delicioso —comentó llevando otra cucharada de bizcocho de vainilla a su boca. —Es el favorito de todos en el pueblo —pronunció Corvina con una sonrisa orgullosa, dejando la taza de café humeante sobre la barra. —¿Y qué hace una chica como tú en un pueblo como este? —preguntó Lenore—. ¿Tienes familiares aquí? La pregunta, por un instante, tomó a Emmeline desprevenida y, de manera casi imperceptible, su sonrisa vaciló. Más se las arregló para evitar entrar en el tema. —Bueno… vengo de un pueblo pequeño y buscaba un cambio, así que pensé por qué no aquí. Planeo quedarme así que primero debo buscar un empleo —hizo una seña al periódico en su mano—. No conozco a nadie por aquí, así que lo primero es eso. No tengo nada más planeado por el momento. Esas últimas palabras mantenían algo oculto, algo que preservaba como un tesoro preciado y que era su más grande sueño, del cual se habían reído toda su vida pero que nunca tuvo el corazón de abandonar. —Bueno, suerte con eso —Corvina le guiñó de manera amigable antes de atender a otro de los clientes. Apenas llegaba y se sentía realmente cómoda rodeada de personas tan amables y cálidas, cosa que tomó como un buen indicio. Continuó ojeando el periódico hasta que dió con un anuncio que, en su mente, parecía el adecuado para ella pues, a sus veintiún años, carecía de mucha experiencia laboral. Se solicita niñera para la mansión Blackthorne. El anuncio estaba desde hace semanas, aunque el periódico era el del día, internamente se preguntó si continuaría vigente. —¿Saben si éste empleo aún continúa disponible? —preguntó y ambas mujeres ojearon el periódico, compartiendo una mirada entre ellas. —¿Niñera en la mansión Blackthorne? Sí, definitivamente —respondió Corvina—. Nadie quiere trabajar en ese lugar. —¿No? ¿por qué? —Porque es tenebroso —respondió con una risita. —Y por el hombre que allí vive —mencionó Lenore. —¿El dueño? —indagó Emmeline, antes de beber un sorbo del dulce café. La mujer asintió. —Su nombre es Lucien Blackthorne, es el hombre más rico de Coldbourn. Hace unos años tenía una vida repleta de lujos, una esposa guapa y hasta tuvo una pequeña niña, pero luego tuvo que ir a la guerra y al regresar no fué el mismo. Emmeline agachó la mirada un momento. ¿Quién podría seguir siendo el mismo tras pasar por los horrores y la devastación que provoca la guerra? —Dicen que su cuerpo está repleto de cicatrices, solo algunas personas que formaban parte del servicio en la mansión pudieron verlo. Se volvió alguien amargado, frío y solitario. —¿Y qué ocurrió con su esposa y su hija? —Dicen que la esposa no lo soportó y por eso lo abandonó con la niña, pero... —Corvina se inclinó ligeramente, disminuyendo el tono de su voz como si de un secreto se tratáse—... otros dicen que escapó con parte de la fortuna del señor Blackthorne junto a otro hombre. Aquella que estaban contándole hizo que el pecho de la joven Emmeline se apretara de solo imaginarlo. Pobre hombre, pensó. Nadie merece pasar por algo como eso. Lenore suspiró con pesadez, negando. —Nadie volvió a verlo desde entonces, vive recluido en esa enorme y solitaria mansión en la colina. —¿Igual su hija? —preguntó Emmeline. —Así es —asintió Corvina—. Tiene una ama de llaves que es la única del personal a la que le permitió quedarse cuando despidió a todo el resto. De vez en cuando la trae al pueblo, pero casi nunca abandona la mansión tampoco. —Vaya… —Emmeline torció su boca en una mueca—. Pobre hombre. —Créeme, no querrás trabajar ahí —aseguró Corvina—. De solo pensar en esa mansión me dan escalofríos. La madre de Corvina negó ante las palabras de su hija más no dijo nada al respecto. La conversación continuó, pero aquellas palabras resonaron en la mente de Emmeline más de lo que esperaba, despertando en ella una curiosidad inevitable por el dueño de la mansión Blackthorne. Decidió no dejarse llevar por los rumores y lo que se decía en el pueblo. Aquel empleo parecía perfecto para ella. Por eso, al abandonar la cafetería, regresó al hotel y marcó el número del anuncio. Un tono… Dos tonos… Al tercer tono, decidió colgar. Tal vez ya es tarde, pensó. Se dirigió a su habitación y se preparó para dormir, con la idea de volver a llamar al día siguiente o, tal vez, presentarse en persona. Como fuera, ser niñera en la mansión Blackthorne era una oportunidad que no estaba dispuesta a dejar pasar, aunque tuviera un extraño presentimiento al respecto. ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ Por la mañana, mientras Emmeline sacaba sus pertenencias de la maleta, unos golpes resonaron en la puerta. —¿Si? —Al abrir, se encontró a Maria, la mujer de recepción. —Señorita Emmeline, tiene a una mujer esperándola en el teléfono. Una ligera sorpresa cubrió las facciones de la jóven, quien rápidamente siguió a la mujer hasta la recepción. Aclaró su garganta cuando tomó el teléfono. —¿Hola? —Buenos días. Habla Elena, ama de llaves en la mansión Blackthorne. Recibimos un llamado de éste número la noche anterior. —Sí, así es. Lamento si fuí inoportuna, sé que era algo tarde. Me llamo Emmeline Lawson —se presentó—. Llamaba para preguntar por el puesto de niñera. Por un momento, hubo silencio. Emmeline mordió su labio inferior, sintiendo ciertos nervios. —Por supuesto. ¿Podría venir mañana a primera hora para una entrevista? —Por supuesto —aseguró más tranquila y con una ligera sonrisa. —¿Me daría su dirección? El chofer pasará por usted. Emmeline le pasó el nombre del motel donde se estaba quedando. —La estaré esperando, señorita Emmeline. —Ahí estaré. Que tenga buen día —se despidió antes de colgar. Emmeline regresó a su habitación ciertamente emocionada, dejándose caer en la cama con una sonrisa en su rostro. Comenzó a maquinar qué diría en la entrevista para conseguir el puesto. No tenía experiencia y tampoco sabía cómo lo pintaría, pero haría lo necesario para que la escogieran. Ese empleo debía ser suyo.
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