III

1045 Palabras
Por la mañana, de manera puntual, un discreto y sofisticado vehículo se detuvo frente al motel. Emmeline lo vió desde la ventana de su habitación mientras terminaba de cepillar las ondas de su largo y sedoso cabello chocolate. Del vehículo descendió un hombre mayor enfundado en un pulcro traje y supo que se trataba del chofer que pasaría por ella. Se apresuró en ponerse sus guantes y su abrigo. No tardó en escuchar unos golpes contra su puerta y supo que se trataba de Maria incluso antes de abrir. —Buenos días, Emmeline. Hay un hombre buscándote en recepción. —Lo sé. Gracias, Maria —le dió una amable sonrisa antes de cerrar a sus espaldas y seguir a la mujer hacia las escaleras. En el recibidor se presentó ante el educado chofer de la mansión Blackthorne antes de despedirse de Maria, quien no pudo ocultar la intriga que aquello le provocaba. Emmeline estaba tan distraída con sus pensamientos que tampoco se percató de las miradas discretas de los pueblerinos que por allí pasaban, quienes sabían a quién le pertenecía aquél vehículo. Todos intrigados por la misma cosa: ¿Por qué esa joven se dirigía a la mansión Blackthorne? Hubo murmullos curiosos donde se preguntaban si tal vez tenía algo que ver con la búsqueda de una niñera para la única hija de Lucien Blackthorne. Sabían que la joven era recién llegada al pueblo y que posiblemente desconocía el por qué nadie quería trabajar en la mansión Blackthorne porque, ¿qué otro motivo llevaría a una chica tan dulce y joven a querer vivir aislada bajo las estrictas reglas del frío y reservado Lucien Blackthorne? El chofer condujo hacia las afueras del pueblo, tomando un camino que cruzaba el espeso bosque hasta detenerse frente a un imponente portón de hierro con una B forjada en el centro y una enredadera de hiedra serpenteando alrededor de su estructura. Estas se abrieron, dando paso al vehículo a la propiedad. Emmeline observó los árboles de hojas oscuras a los costados del camino empedrado, envueltos en una suave neblina, sin poder evitar pensar que parecía a propósito el haber construído la mansión en un lugar tan oculto y apartado. El jardín principal era inmenso, contaba con arbustos y frondosos árboles a su alrededor, así como también una delicada fuente y estatuas que se habían oscurecido con el pasar del tiempo y el poco cuidado. Emmeline pensó en que existió una época donde debió haberse visto cuidado y deslumbrante, pero en ese momento parecía opaco y carente de vida, como si se hubiera detenido en el tiempo. El chofer le abrió la puerta para que descendiera. La joven no pudo ocultar el destello de asombro que cubrió las delicadas facciones de su rostro ante la imponente estructura que se alzaba frente a sus ojos. Nunca había visto nada igual. La mansión se erguía imponente, con columnas adornando el frente y enormes ventanales de los cuales la mayoría mantenían sus cortinas cerradas, impidiendo el paso a la luz natural. La piedra se había oscurecido y la hiedra escalaba sobre las paredes, más esos detalles no le restaban majestuosidad. Su estilo renacentista, de una elegancia aristocrática, reflejaba la sofisticación, la riqueza y el poder que envolvía al apellido Blackthorne desde hacía generaciones. Emmeline se preguntó cuántas personas habían habitado tan deslumbrante propiedad, cuántos secretos y misterios se escondían tras aquellas paredes. Incluyendo a su actual dueño, el cual era un enigma que le había despertado una innegable intriga. La puerta principal se abrió mostrando a la señora Elena, una mujer mayor que llevaba siendo ama de llaves en la mansión Blackthorne desde hacía décadas. Llevaba su cabello n***o con algunos rastros de gris en un moño perfecto, tan pulcro como su uniforme n***o. —¡Buenos días! —Emmeline le ofreció una sonrisa que a la señora Elena le resultó encantadora. —Usted debe ser la señorita Lawson —pronunció la mujer, observandola con cierta sorpresa, sin esperar encontrarse a alguien tan jóven y simpática. Desde el primer momento en que la vió, le pareció una joven encantadora. Tenía un brillo especial que no le pasó desapercibido, mucho menos estando acostumbrada a habitar un entorno tan monótono y apagado. —Así es —Emmeline se acercó y le tendió la mano educadamente—. Un gusto conocerla, señora Elena. —Está helando aquí afuera, venga conmigo —le hizo una seña y Emmeline la siguió al interior de la mansión—. ¿Le gustaría una taza de té? —ofreció cerrando detrás suyo. —Me encantaría. —Acompañeme. Puede dejar su abrigo junto a la puerta. Tras quitarse su abrigo, Emmeline siguió a Elena hacia la cocina, no pudiendo contener la curiosidad e intentando ser discreta mientras detallaba el interior de la propiedad. Durante el viaje, surgieron dudas y temor ante la posibilidad de no ser escogida para el empleo, pero todo desapareció al poner un pie dentro de la mansión. Mientras más se adentraba, se sentía envuelta por una inesperada sensación de calma y comodidad, lo cual era extraño porque era un lugar desconocido para ella, dueño de una enigmática reputación. Por un instante, ante todos los rumores, esperó encontrarse algo diferente. —No me imaginé que fuera tan joven —comentó la señora Elena, metiendo las manos dentro del delantal sobre su falda de tubo negra. Emmeline la miró con duda. —¿Cree que sea un problema? —cuestionó intentando ocultar su temor. La mayoría de las personas piensa que con los años viene la experiencia, pero la realidad es que no hace falta vivir toda una vida para experimentar situaciones que te hagan crecer y aprender. A veces, muchos de nosotros nos vemos obligados a madurar y entender ciertas cosas antes de tiempo. Emmeline se consideraba lo suficientemente madura y responsable, incluso sabiendo que aún le quedaba mucho camino por recorrer y errores de los que aprender. Y estaba dispuesta a demostrar lo capaz que era y cuánto merecía esa oportunidad. La señora Elena guardó silencio un momento, dándole una mirada que Emmeline no logró descifrar pero que, en el fondo, no creyó que se tratara de algo malo. Entonces negó y los hombros tensos de Emmeline se relajaron. Continuó su camino dejando escapar un silencioso suspiro.
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