VI

1018 Palabras
Esa tarde, el ambiente calmo de Coldbourne se vió impregnado de intriga mientras los habitantes murmuraban sobre la joven recién llegada y su visita a la mansión Blackthorne. El silencio expectante pareció condensarse en el aire helado cuando el sofisticado vehículo regresó al pueblo, atrayendo consigo algunas miradas curiosas. Todo aquello que tuviera que ver con la propiedad Blackthorne y su propietario despertaba el interés de las personas en Coldbourne. Daba de qué hablar, la historia del heredero que un día lo perdió todo, volviendose una sombra más vagando en aquella desolada mansión. La señora Maria, quien se encontraba detrás del recibidor revisando unas cuentas, no le prestó demasiada atención a la joven cuando regresó. Hasta que la vió bajando las escaleras con su maleta para entregarsela al chofer que esperaba por ella. Lo que más llamó su atención, fué la sonrisa radiante que iluminaba el rostro de facciones delicadas y grandes ojos azules. Fué cautelosa al preguntarle a Emmeline si ya se marchaba, aunque sabía la respuesta. La joven le contó que había conseguido unas semanas de prueba en el puesto y que, si lo hacía bien, se quedaría allí por tiempo indefinido. La mujer la escuchaba atenta, sin poder ignorar la ilusión en la voz de Emmeline, lo que la llevó a callar las advertencias sobre aquella propiedad y su dueño. Ella sabía que, tarde o temprano, terminaría abandonando la mansión, por un motivo u otro, como todos lo hacían. Nadie quería estar en aquél lugar, ni mucho menos cerca de la inquietante presencia del señor Blackthorne. Maria le deseó buena suerte, ofreciéndole una sonrisa que Emmeline percibió algo forzada. Tuvo la sensación de que había algo más que la mujer quería decirle pero, como se daba una idea de lo que podía ser, en lugar de indagar, simplemente le agradeció y se despidió con amabilidad. Emmeline pensaba que tal vez creían que no soportaría vivir en aquél lugar o que estaba siendo ingenua al ignorar lo que se decía sobre el carácter del señor Blackthorne, pero ella estaba tranquila y hasta emocionada por la oportunidad. Había dado su palabra y la mantendría con firmeza, no saldría huyendo. Se montó en el vehículo y el chofer condujo de regreso a la mansión, esa vez, ella ya no regresaría al pueblo por una incierta cantidad de tiempo. Unas mujeres mayores se habían detenido en la tienda frente al motel a comentar al respecto, sabiendo que si la joven regresaba a la mansión llevándose sus pertenencias era porque, después de tanto tiempo, finalmente alguien se había atrevido a aceptar empleo en la propiedad de Lucien Blackthorne. —Esa jovencita no sabe dónde se está metiendo —murmuró una de las señoras y otra asintió dándole la razón—. Saldrá corriendo de ese lugar. Los habitantes de Coldbourne se hacían las mismas preguntas: ¿Cuánto tardaría la joven en abandonar aquella solitaria mansión? ¿Cuánto tardaría en huir lejos del frío, cruel y sombrío Lucien Blackthorne? ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ Al llegar a la mansión, todos los rumores y las advertencias silenciosas se desvanecieron en el aire. La señora Elena le indicó que se instalara mientras ella terminaba de preparar la cena. Cuando todo estuvo listo, le dió unas últimas indicaciones respecto a los cuidados de Lucile, antes de marcharse cuando el cielo comenzó a oscurecer. Lucile y Emmeline compartieron la cena juntas en aquella gran mesa, rodeada de sillas vacías que se extendían por el vasto comedor. Sin embargo, el ambiente no se percibió vacío ni solitario. La niña parloteaba emocionada ante la nueva presencia femenina en la casa, mientras la joven la escuchaba atenta con una sonrisa, llenando el espacio de una calidez especial. Cuando llegó el momento de dormir, Emmeline se encargó de que la niña lavara sus dientes y cepilló sus rizos antes de arroparla, preparandola para leerle uno de los tantos libros que adornaban las repisas. El cuarto de Lucile era como un refugio en medio de la fría mansión. A diferencia de los tonos grises y apagados del resto de la casa, su habitación se bañaba en suaves tonos rosados. Almohadas y peluches descansaban sobre la cama vestida con mantas del mismo color. Un candelabro de luces cálidas iluminaba el espacio e incluso había una pequeña chimenea, como si en ese rincón aún buscara preservarse cierta calidez. A mitad de la historia, Lucile cayó profundamente dormida. Emmeline guardó el libro en su lugar y abandonó sigilosamente el cuarto de la pequeña. Al cerrar la puerta tras de sí, la penumbra y el silencio del corredor la envolvieron como un manto invisible, mientras sus pasos la guiaban hacia su habitación. Una extraña sensación de ser observada la recorrió, al igual que en el jardín, erizando su piel. Un susurro de inquietud que, aunque intentó disipar, persistió en su mente. Es una tontería, se dijo a sí misma. La única otra presencia en la mansión era el señor Blackthorne y debía encontrarse en el ala este descansado. Sin embargo, una voz tenue, como un eco lejano, la hizo recordar las palabras de la señora Elena: El señor Blackthorne es un hombre muy observador. Estará pendiente a usted, así no lo vea seguido. La advertencia se deslizó en su mente, y por un momento, la duda la invadió. Negó, despejando sus pensamientos, convenciendose a sí misma de que era su imaginación y que solo necesitaba tiempo para acostumbrarse a su nuevo entorno. En su habitación, se preparó para dormir antes de recostarse en la cómoda cama, la cual la acogió con una suavidad inesperada. El silencio de la mansión, denso y profundo, pareció envolverla por completo, y por un instante, pensó que le costaría conciliar el sueño en aquel lugar desconocido, con sus oscuros rumores flotando en el aire, como si del castillo embrujado de algun cuento se tratáse. Pero no fue así. Apenas se recostó, sus párpados se hicieron pesados y, en un suspiro, el agotamiento la arrastró al sueño, mientras pensaba en el cambio que había dado su vida y la incertidumbre por lo que ocurriría en las semanas siguientes, viviendo en la misteriosa mansión Blackthorne.
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