Iris
Con dificultad camino al baño de mi habitación. Siento mi cuerpo tembloroso y mis músculos rígidos por lo mal que me ha dejado un nuevo ataque de pánico. Sin quererlo me observo detenidamente en el espejo.
No me gusta para nada la mujer que veo en el reflejo. Tiene una mirada triste y de dolor, ojeras marcadas y el rostro está demasiado perfilado…
—He perdido peso— digo en voz baja.
Respiro hondo. Esto no puede seguir así, ya son ocho meses y nada ha cambiado, cada día es peor.
“Yo me veo y me siento peor, mucho peor”
No queda nada o casi nada de Iris Martakis.
Cierro mis ojos grises con pesar y luego los abro para mirar seriamente mi reflejo, ese reflejo de la mujer que no quiero seguir siendo.
—¡Vamos! Soy Iris Martakis— me reprendo con voz temblorosa y viéndome fijamente, como tratando de traer al presente a esa mujer que fui, que soy.
Soy hija de Kostas y Artemisa Martakis, una pareja de genios griegos que llegaron a Estados Unidos desde hace más de 30 años, que tienen uno de los más grandes bufetes de abogados de Norteamérica.
Soy digna heredera de mis padres, una genio, una hacker internacional que ha formado su propio grupo para ayudar a quienes más lo necesitan. Somos algo así como los Robin Hoods digitales, pirateamos a empresas, bancos e incluso a los gobiernos. Mi seudónimo es Úrsula, como una de las pintoras suizas que más admiraba mi madre. Además, estoy por terminar mis estudios de abogacía, también en Suiza, mi tercera casa, donde he estado los últimos once años de mi vida.
Once años de preparación en el Institut auf dem Rosenberg y la Universidad de Zurich. El mejor instituto del mundo, donde asiste la elite del mundo, desde hijos de empresarios multimillonarios hasta los herederos a los reinos europeos, y luego la mejor universidad del mundo en leyes.
—Entonces, ¿qué hago aquí? —
Esa es una gran pregunta.
¿Qué hago marchitándome en esta casa solitaria, en este matrimonio sin amor?
Bueno, me obligaron a casarme.
Realmente, desde que nací me prometieron a Michael Jr. Harris, el hombre más guapo que conozco y el hijo de los mejores amigos de mis padres, mis padrinos.
La historia de este matrimonio es peculiar. No sólo es la típica historia donde se prometen para unir imperios y mejorar económicamente, no, mi historia es peor.
Mis padres y sus mejores amigos se impulsaron mutuamente en sus negocios, mis padres su bufete de abogados y los Harris su empresa de inversiones, se han llevado tan bien, casi como hermanos y hermanas. Entonces, desde su amor y amistad se les hizo fácil decidir el futuro de sus propios hijos uniendo nuestros destinos desde bebés. Una total tontería ¿cierto?
Así es, lo planearon mucho tiempo antes de que mi madre y su amiga estuvieran embarazadas, pero cuando yo estaba en camino esa promesa comenzó a consolidarse porque la señora Harris ya tenía a Michael de seis años y a un pequeño Liam en brazos, así que ahora venía una niña por nacer, la primogénita Martakis y la esposa de uno de sus hijos.
Sí, Michael ya tenía seis años cuando yo acaba de nacer y cuando hicieron ese pacto de amigos, en el mismo hospital, sellando mi destino. En el día uno de mi vida ya tenía un prometido, Michael, y además un mejor amigo, Liam, su hermano.
Tengo que admitir que los primeros diez años fueron mágicos a pesar de esa promesa. Mi madre me amaba y consentía demasiado, aunque mi padre la criticaba por criar a una “princesita sin modales”, ella seguía impulsándome a hacer lo que yo quisiera, incluso llevando a casa a diferentes instructores e instructoras de informática, idiomas, música, cocina, etiqueta…Mi padre quería que fuera la típica niña refinada de la élite de Illinois, Chicago.
Mi madre quería que yo fuera una niña poderosa, científica, poliglota, con múltiples habilidades porque vio en mí a esa pequeña genio que fue ella. Así que desde niña comencé a dominar todo lo que tenía que ver con las computadoras y el internet, desarmaba y armaba, comencé a programar y mis primeros pasos en el hackeo, de la mano con mi madre. Todo ello a escondidas de mi padre o eso creía.
Frente al mundo era la niña de sus ojos de los griegos millonarios Martakis, iba en el mismo nivel escolar que Liam Harris para cubrir las apariencias. Mi madre siempre quiso que disfrutara de mi niñez aunque fuera una genio. Así que yo era feliz aprendiendo todo de ella y sus instructores, en la escuela y con mi mejor amigo Liam, y con mi amor platónico desde… “niña”, Michael.
Suspiro al recordar mi tonto enamoramiento de pequeña.
Con calma paso por mi rostro una capa más de maquillaje para que no se vea mi tez pálida, sin vitalidad, incluso para que no se vea que ha perdido su suavidad.
—Lo que hace el amor no correspondido— me digo burlona pero mis ojos se enrojecen.
Michael fue mi primer amor.
Siempre supe que era mi prometido, mamá y su amiga lo repetían todo el tiempo, así que mi corazón infantil se creaba sus propias historias de princesas y príncipes azules, claro que siempre con los mismos protagonistas, Michael y yo.
¡Vaya! Era tan ingenua.
Siempre llevaba vestidos de princesa cada vez que él iba a mi casa. Era una manera de reafirmarle que yo era su princesa. Nunca me di cuenta de que yo no le gustaba, o nunca quise verlo.
Lo perseguía y él me decía cosas feas para que me fuera. Yo lo miraba y él me ignoraba. Le regalaba algo en su cumpleaños o navidad y botaba el regalo en la basura o sobre su cama. A mis diez años le declaré mi amor el día de su cumpleaños, frente a sus amigos y la que era su novia, eso solo hizo que fuera el peor día de mi vida. Rompió mi corazón gritando que era solo una “niñita mimada horrible”, que nunca saldría conmigo ni me miraría, que sólo era la amiga de su hermano y así me quedaría por siempre.
Esa fue la última vez que lo vi, mi mamá murió a la semana siguiente y luego mi padre me envío a Suiza, sola.
Michael jamás me llamó. Bueno, no le caía bien.
—Puf— bufo molesta.
Nunca le agradé.
—Ni lo voy a hacer— término de maquillarme y bajo las escaleras rumbo a la cocina para preparar, una vez más, la cena que mi “querido esposo” no va a comer. No lo ha hecho en todo este tiempo.
Hace nueve meses que mi padre me pidió regresar a Estados Unidos para contraer matrimonio con Michael. No podía negarme ¿Tenía sentido hacerlo cuando mis padres han decido mi futuro? A pesar de tener 21 años recién cumplidos, edad legal para tomar mis propias decisiones no podía hacerlo.
Mamá me hizo prometerle que me casaría con Michael justo días antes de morir. Así que, tampoco iba a romper la promesa que le hice, y soy griega, los griegos no rompemos las promesas, mucho menos aquellas que hacemos a la familia.
La familia es lo más importante para nosotros.
Así que regresé y en un mes ya estaba casada.
Tristemente casada como en un triste y mal cuento de princesas, nunca escrito porque sería muy deprimente. No exagero.
—¿Por qué sigues aquí, Iris? — me pregunto en voz alta.
“Porque lo amas. Y te prometiste enamorar a ese príncipe rubio de ojos azules como el mar”
—Sí, aún lo amo. A pesar de todo— digo en un susurro.
A pesar de que me engañó en mi noche de bodas quedándose con su exnovia en nuestra habitación. A pesar de que me ignora y me trata como si fuera un mueble más en este frío castillo.
Aunque, las únicas veces que me ha tratado como su esposa es cuando salimos a eventos, fiestas de su empresa o cenas con clientes importantes. Sus besos, abrazos o cuando me toma de la mano hacen erizar mi piel y mi corazón martillar con locura. Incluso he notado como su mirada se transforma, como me ve con adoración y amor, dándome esperanzas…
Lamentablemente, esos eventos duran poco y todo vuelve a ser horrible, real y sin amor de por medio. Cuando nadie nos ve me ignora o se burla de mí, de mis pocas habilidades de etiqueta, de no ser lo suficiente mujer y esposa para él.
Lo amo a pesar de que no nota ni le interesan mis cuidados y mis intentos por enamorarlo.
Estoy terminando de servir la cena junto con Rose cuando se escucha un estruendo en la puerta.
Ambas corremos con preocupación y lo que veo me congela en mi lugar.