Capítulo 1. Humillación
Iris
—¡¿Qué haces aquí?!— El grito de Michael me hace saltar sobre la cama.
Su guapo rostro está distorsionado por el odio y enojo puro.
¿Por qué está enojado? No tengo ni idea.
¿Por qué me pregunta qué hago aquí? Es nuestra noche de bodas ¿Dónde más estaría?
Mi mirada lo recorre de arriba abajo.
Se ve muy bien con el traje de boda… ¿cómo se verá sin él?
Mi mente comienza a divagar sobre el cuerpo de mi esposo. Sí, mi esposo, me gusta cómo suena.
Suspiro nerviosa por mis pensamientos pecaminosos porque esta noche seré suya. Una noche mágica donde me entregaré a mi príncipe azul.
—¿Eres sorda? ¡¿Qué haces en mi habitación?! —vuelve a preguntar sacándome de mi ensoñación.
—Es nuestra noche de bodas— digo con timidez, siento mi rostro sonrojarse por el significado de lo que sucederá en esta noche tan importante.
Sus ojos se abren de una manera que me da risa. Parece que ahora entiende de qué hablo, sus mejillas también adquieren ese color rosado.
Lo veo cerrar los ojos y respirar profundo.
Al abrirlos regresa esa mirada de odio.
—¡Fuera de aquí! —grita y de nuevo salto en mi lugar, soltando la sábana que tenía cubriendo mi cuerpo semidesnudo.
La mirada de mi esposo me recorre y esa acción me hace temblar y sonrojarme más.
Michael pasa sus manos por el rostro con desesperación y sale del cuarto para gritar de nuevo.
—¡Rose! ¡Ven ahora mismo! — Le grita a la ama de llaves que mi suegro envío para cuidarnos en nuestra hermosa casa matrimonial, un regalo de los Harris, sus padres, para nosotros.
A lo lejos escucho los pasos rápidos de Rose al subir las escaleras hacia el segundo piso donde se encuentra nuestra habitación.
De un momento a otro mi esposo entra de nuevo y al verme, aún descubierta, bufa con molestia.
Bajo mi mirada hacia mi atuendo o más bien, hacia el trozo de tela transparente que me regalo mi suegra para esta noche especial y no veo nada de malo o raro. Me sonrojo más al darme cuenta de que mis pechos no son lo suficientemente grandes, tal vez, por eso se molestó Michael. Tal vez, no me veo tan sexy como debería verme.
Bueno, no herede la belleza griega de mi madre, solo sus ojos y su cabello n***o.
Un dolor atraviesa mi brazo y luego un tirón que hace que me levante de la cama con brusquedad y torpeza. Levanto mi mirada hacia mi esposo que me ha sacado de la cama con nada de delicadeza.
—¿Qué haces? —pregunto aún sorprendida por su acción.
—Sacarte de mi habitación porque eres tan tonta que no puedes hacerlo tú—dice con los dientes apretados, con ese mismo tono enojado.
—¿De qué hablas? Es nuestra habitación— digo con preocupación, tratando de que entienda que no tiene sentido lo que hace.
Llegamos a la puerta y me avienta fuera de la habitación. Esta acción no me la esperaba así que mi cuerpo se va para adelante y caigo de la manera menos elegante.
Por un momento me quedo paralizada por las acciones de mi esposo, hasta que un jadeo de sorpresa y las risas de una mujer me hacen reaccionar.
Me reincorporo poco a poco hasta quedar sentada en el piso.
Frente a mí está mi imponente y sexy esposo viéndome con sorpresa, arrepentimiento y luego con odio. No, no hay otra emoción en esa mirada más que odio, odio puro. Lo demás es seguro que me lo imagine.
Mi mirada se dirige a mi derecha y veo a Rose cubriendo su boca por la sorpresa de verme tirada en el suelo o más bien, porque me vio siendo lanzada, cayendo de boca directo al piso de madera del pasillo, dejando mi trasero al aire y gritando como loca.
A su lado se encuentra Loren, la exnovia de Michael viéndome con burla. Claro, de ella eran esas risas. No sé qué hace esa mujer en mi casa.
Regreso mi mirada llena de dolor y sorpresa a mi esposo quien sale de la habitación viéndome desde arriba como si yo fuera una cucaracha y él, el Rey del mundo, listo para pisotearme.
Bufa molesto de nuevo y se agacha para tomarme del brazo, ese mismo que lastimo hace un momento sacando de mí un jadeo de dolor.
—Rose ¿Cuál es la habitación que arreglaste para ella? —dice con molestia.
—L-la, la última puerta a la derecha, señor— la voz de Rose tiembla.
Mi esposo sin preocuparse por mi dolor, la ropa o poca ropa que traigo, o el temblor de mi cuerpo me arrastra hacia la habitación de invitados, la más pequeña de toda la casa.
Michael abre la puerta de un empujón violento.
—Está es tu habitación desde ahora— me empuja hacia adentro, ahora con un poco más de delicadeza, pero eso no evita que casi caiga de nuevo.
—¿P-por qué? — es lo único que me sale cuando lo veo darse la vuelta para irse.
Se detiene dándome la espalda y lo veo tensarse.
Poco a poco se da la vuelta y me ve de frente.
Su mirada escrutadora va de mi rostro a mis pies y de vuelta por algunos segundos que a mí me parecen eternos. Su mirada se oscurece y no sé si eso es bueno o malo.
Nuestros ojos se encuentran y de repente, me da una sonrisa de lado, esa que he amado desde niña. Pero ahora no es tan linda como la recuerdo, tiene una pizca de maldad que no me gusta.
—¿Quieres saber por qué te quedarás en esta habitación? — asiento tímidamente.
Él se acerca a mí, poco a poco, acechándome, haciéndome temblar mucho más, pero ahora no por miedo o por la humillación, sino ante la expectativa. Tonto cuerpo.
Su rostro está casi pegado al mío.
¿Me va a besar?
Mi corazón comienza a latir mucho más rápido. Cierro mis ojos con anticipación.
—Jamás te tocaré, niña— sus palabras me hacen abrir los ojos con sorpresa.
¿Qué dijo?
Su rostro se transforma en una mueca burlona.
—¿De verdad pensaste que me acostaría contigo o siquiera que te besaría? ¡Qué ingenua! —su mirada vuelve a mi cuerpo y eso solo hace que ponga mis manos como protección para que no me vea, no me gusta su mirada.
Ya no es oscura, es una mirada de asco que me duele.
—Eres una niñita escuálida, sin curvas, no llenas ni siquiera el escote de esa terrible lencería. ¿De verdad pensaste que me gustarías? ¿qué caería a tus pies con… esto? — hace un gesto desdeñoso con la mano señalando mi cuerpo de arriba hacia abajo.
Sus palabras rompen más mi corazón y la vergüenza me inunda por completo.
—Escúchame bien, Iris. Nuestro matrimonio es solo un trato comercial— respira hondo— me case contigo por mi herencia, no me interesas como mujer, porque no lo eres, y nunca me vas a interesar— dice con burla.
—Nuestro matrimonio es solo un papel, cuando mi padre muera y tome posesión de lo que me pertenece nos vamos a divorciar y vas a desaparecer de mi vida. ¿Entendiste? — pasa su mano con falsa ternura por mi mejilla, dejando un rastro de calor y electricidad que recorre mi cuerpo y deja un extraño escalofrío de…terror.
—¿Entendiste? —repite en un susurro con una voz dulce que parece ser la mismísima voz del demonio.
Asiento aturdida. No podría hablar ni aunque lo intentara, el nudo en mi garganta crece a cada segundo.
Él asiente satisfecho por mi respuesta y después, sale de la habitación con la arrogancia de siempre.
Al estar sola, un sollozo de dolor se escapa de mis labios y mis piernas pierden la fuerza que tenían, derrumbándome sobre el piso frío.
Mi cuerpo no deja de temblar, mis lágrimas salen sin control nublando mi vista y siento que estoy a punto de tener un terrible ataque de pánico.
Con dificultad me arrastro hasta acomodarme sobre la alfombra en posición fetal esperando que todo acabe pronto, sí, que el dolor pase o sea lo suficientemente fuerte como para dejarme desmayada, así por lo menos dejaré de sentir.