Capítulo 1: Entre aplausos.
Narra Ariana
La última nota quedó suspendida en el aire antes de desaparecer entre los aplausos.
Durante unos segundos, permanecí sentada frente al piano, con las manos descansando sobre las teclas y el corazón todavía atrapado en la melodía que acababa de terminar.
No me moví, no quería hacerlo… Había algo especial en esos instantes posteriores a una presentación. El silencio que precedía a la ovación, la respiración contenida del público y esa sensación de que una parte de mi alma todavía permanecía dentro de la música.
Entonces, el teatro entero se puso de pie.
Los aplausos llenaron la sala, sonreí… No porque me hubiera acostumbrado a ellos. Ni porque ya no me sorprendiera escuchar a cientos de personas celebrando algo que había creado con mis propias manos.
Sonreí porque, incluso después de tantos años, los aplausos todavía conseguían recordarme que había elegido el lugar correcto.
El escenario, el piano… La música…
Me levanté lentamente y realicé una reverencia. Las luces me golpeaban el rostro, pero alcancé a distinguir algunos rostros conocidos entre el público. Personas que habían seguido mi carrera desde mis primeros conciertos. Admiradores que habían viajado desde otras ciudades. Críticos que, durante años, habían encontrado algo que decir sobre mi manera de interpretar cada pieza.
Aquella noche, sin embargo, no me importaba lo que pudieran escribir al día siguiente.
Solo quería disfrutar de la felicidad que me recorría el cuerpo.
—¡Ariana!
La voz de mi madre llegó desde uno de los laterales del escenario.
Giré la cabeza y la encontré de pie, sosteniendo un enorme ramo de flores junto a mi padre.
Helena Bula, mi madre… ella sonreía con los ojos brillantes. Llevaba un elegante vestido color marfil y el cabello perfectamente recogido, aunque había un mechón que se había soltado cerca de su rostro. Mi padre, Samuel Bula, permanecía a su lado con una expresión orgullosa que conocía demasiado bien.
Era un hombre acostumbrado a las juntas directivas, a las negociaciones difíciles y a las decisiones capaces de mover millones de dólares… Pero, en aquel momento, no estaba mirando a la heredera de una de las familias empresariales más poderosas de Nueva York, estaba mirando a su hija.
Bajé del escenario con el corazón acelerado y caminé hacia ellos.
—No tenías que traer flores tan grandes —dije, abrazando primero a mi madre.
—Por supuesto que tenía que hacerlo —respondió ella, besándome la mejilla—. Mi hija acaba de ofrecer una presentación maravillosa.
—Tu hija acaba de hacer que me duelan las manos de tanto aplaudir —añadió mi padre.
Solté una risa.
—Eso es porque aplaudes demasiado fuerte.
—No existe algo como aplaudir demasiado cuando se trata de ti.
Mi padre me entregó el ramo. Era enorme, lleno de rosas blancas y flores pequeñas de color azul pálido. Lo acerqué a mi rostro y aspiré su aroma.
—Son preciosas.
—Las elegí personalmente —dijo mi madre.
—¿De verdad?
—No pongas esa cara. Todavía puedo elegir flores sin ayuda de un asistente.
—Nunca dije lo contrario.
Mi padre me observó con una sonrisa discreta. Luego miró hacia el escenario, donde algunos músicos y miembros del equipo comenzaban a retirarse.
—¿Cómo te sientes?
La pregunta parecía sencilla, pero conocía a mi padre lo suficiente para entender lo que realmente quería saber.
¿Estaba cansada? ¿Había salido todo bien? ¿Me sentía preparada para lo que venía?
—Feliz —respondí—. Muy feliz.
Y era cierto.
No había otra palabra que pudiera describir lo que sentía.
Durante años había trabajado para llegar a ese punto. Había renunciado a muchas cosas, había pasado noches enteras practicando hasta que los dedos me dolían y había aprendido a soportar la presión de escenarios cada vez más grandes.
La música no había sido un pasatiempo para mí, había sido mi elección, mi refugio.
La única parte de mi vida que nunca había sentido como una obligación.
—¿Estás segura de que no quieres descansar unos días? —preguntó mi madre—. La gira será exigente.
La sonrisa se apoderó de mi rostro.
—Precisamente por eso quiero hablar de ella.
Mi padre alzó ligeramente las cejas.
—¿De la gira?
Asentí.
—Me confirmaron las últimas fechas esta mañana.
Mi madre abrió los ojos.
—¿Las últimas fechas?
—Sí. El contrato está cerrado. La gira internacional comenzará en unos días y durará varios meses.
Mi padre permaneció en silencio durante un instante.
—Ariana… Dios, no pensé que fuera tan pronto ¿Cuánto es “en unos días”?
Solté un suspiro…
—Pasado mañana me iré.
Mis padre me miran con asombro, felicidad y al tiempo, con tristeza.
—Voy a tocar en Londres, Viena, París, Tokio y varias ciudades más. —Sentí que la emoción me hacía hablar más rápido—. También añadieron una presentación en Nueva York para cerrar la primera parte. Es mucho más grande de lo que imaginé cuando comenzaron las negociaciones.
Mi madre dejó escapar una pequeña exclamación de alegría y volvió a abrazarme.
—Sabía que lo conseguirías.
Cerré los ojos durante un segundo, apoyando la mejilla sobre su hombro.
—Todavía no puedo creerlo.
—Deberías hacerlo —intervino mi padre—. Has trabajado para esto desde que eras una niña.
Me separé de mi madre y miré a mi padre.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Que, cuando era pequeña, pensaba que algún día tocaría frente a un público enorme y eso sería suficiente. Pero ahora que está ocurriendo, siento que apenas estoy comenzando.
Mi padre me sostuvo la mirada.
—Porque apenas estás comenzando.
Sus palabras me hicieron sonreír.
En nuestra familia, casi todo estaba relacionado con los negocios. Las conversaciones durante las cenas solían girar alrededor de contratos, inversiones, adquisiciones y proyectos que podían tardar años en completarse.
Mi apellido, Bula, tenía peso en los círculos empresariales. Mi padre había convertido el Grupo Bula en una compañía respetada, y mi hermano Daniel había comenzado a ocupar un lugar cada vez más importante dentro de la empresa.
Yo, en cambio, había elegido un camino diferente… Nunca quise sentarme en una sala de juntas. Nunca soñé con dirigir una compañía ni con aparecer en las portadas de las revistas financieras.
Quería tocar el piano, quería viajar con mi música, quería que las personas pudieran sentir algo cuando escucharan una pieza interpretada por mí.
Al principio, mi decisión había preocupado a mi familia. No porque no me apoyaran, sino porque sabían lo difícil que era construir una carrera artística. En nuestro mundo, los negocios podían heredarse, fortalecerse y protegerse con estrategias.
La música no ofrecía ninguna garantía, un solo error podía arruinar una presentación. Una lesión podía terminar con una carrera. El talento no siempre era suficiente.
Aun así, mis padres nunca me obligaron a abandonar mi sueño y yo había hecho todo lo posible para demostrarles que no me había equivocado.
—Tu padre tiene razón —dijo mi madre, interrumpiendo mis pensamientos—. Este es tu momento, cariño.
Miré el ramo que sostenía entre mis brazos, mi momento… No sabía cuánto iba a cambiar el significado de esas palabras.
—Quiero celebrarlo con ustedes —dije—. Aunque primero necesito comer algo. Creo que podría devorar todo lo que haya en la mesa.
Mi padre soltó una carcajada.
—Eso sí que es una buena noticia. Tu madre lleva toda la tarde preocupada porque apenas probaste el almuerzo.
—Tenía ensayo.
—Siempre tienes ensayo.
—Porque siempre hay algo que mejorar.
Mi madre negó con la cabeza, aunque su sonrisa no desapareció.
—Vamos. Reservamos una mesa.
Salimos del teatro rodeados por algunos miembros del equipo y personas que se acercaron para felicitarme. Respondí a cada saludo con amabilidad, acepté un par de fotografías y agradecí los elogios.
Mientras caminaba junto a mis padres, sentía que el mundo estaba exactamente donde debía estar.
Mi carrera avanzaba, mi familia estaba orgullosa y el futuro parecía extenderse frente a mí como un camino interminable.
Dentro de poco tiempo, mi carrera llegaría al punto más alto… no podía estar más feliz por eso.