Prólogo
Si me detenía un segundo más… él me alcanzaría.
El sonido del motor no estaba lejos. Nunca lo estaba.
Corría sin mirar atrás, pero ya podía sentirlo: esa presencia que lo llenaba todo, como si la ciudad misma le perteneciera. El aire me desgarraba los pulmones y mis piernas temblaban, pero no podía frenar. No con él tan cerca.
—Alis… —su voz se deslizó a través del ruido distante de la calle, suave, peligrosa—. Sé que puedes oírme.
Un escalofrío me atravesó entera. No necesitaba verlo para saber que sonreía.
—No te escondas. Esto siempre termina igual… —murmuró—. Siempre vuelves a mí.
Seguí corriendo, cruzando la calle sin fijarme en los autos, con el corazón latiéndome con violencia. Las luces de la ciudad se mezclaban en mi visión, difusas, inestables, como si todo a mi alrededor se derritiera.
El aire me quemaba los pulmones mientras avanzaba con toda la fuerza que mis piernas me permitían, y cada respiración era un golpe seco en el pecho. Cada paso era una lucha contra el dolor que se extendía por mi cuerpo, como si me estuviera rompiendo por dentro.
La noche me envolvía, húmeda, pesada, y el asfalto resbalaba bajo mis tacones. Apenas podía distinguir el camino frente a mí entre las luces y sombras que se alargaban en cada esquina.
El sonido del motor se acercó más.
Demasiado.
Era como si la ciudad entera conspirara contra mí, como si cada calle me llevara directo a él.
Pero no podía detenerme.
No podía permitírmelo.
Porque sabía perfectamente lo que vendría después.
El dolor actual era solo una sombra comparado con lo que él era capaz de hacerme.
—No huyas de mí… —su voz volvió, más cercana, más baja—. No tienes que hacerlo.
Apreté los dientes y seguí corriendo, aunque mis piernas ya temblaban por el esfuerzo.
—No importa cuánto corras… —murmuró, con una calma inquietante—. Sigues siendo mía.
Un nudo se me formó en la garganta, pero aun así no me detuve.
No iba a hacerlo.
—Ven a mí, Alis… —susurró—. Prometo no castigarte por tu imprudencia.
—¡Mentira! —mi voz salió quebrada, pero firme.
Porque lo sabía.
Desde el momento en que me compró, mi vida dejó de pertenecerme.
Su único objetivo era atraparme de nuevo, devolverme a esa prisión disfrazada de lujo, a esa jaula de oro de la que había logrado escapar.
Obligarme a seguir siendo su esposa de adorno, mientras la tristeza me consumía lentamente tras los muros de la mansión Montgomery.
Seguí corriendo tanto como mis fuerzas me lo permitían, mientras la angustia se apretaba en mi pecho. Giré en una esquina sin pensar, alejándome de la avenida principal, internándome en una calle más oscura… más solitaria.
De pronto, la luz de un faro me cegó.
El chirrido de unos neumáticos rompiendo el silencio de la noche me hizo reaccionar tarde.
Y fue entonces cuando cometí el error.
No vi el desnivel en el pavimento.
Caí.
Mi cuerpo rodó sin control contra el asfalto, y un grito de dolor escapó de mis labios al sentir cómo algo se desgarraba en mi pierna.
El impacto fue brutal, como si el cuerpo entero se me incendiara por dentro.
Intenté moverme.
No pude.
Mi respiración se volvió irregular y el corazón me golpeaba el pecho con violencia, como si quisiera romperlo.
—No… —susurré, temblando mientras el pánico me dominaba.
Me obligué a pensar en mi madre, en la libertad, en cualquier cosa que me diera fuerzas… pero el dolor me mantenía atrapada.
El motor se apagó.
La puerta del auto se abrió.
El silencio fue peor.
—Aquí estás… —susurró él.
“Mi Alis.”
Todo en mí se tensó al instante.
Ya lo sabía… había llegado.
Siempre lo hacía.
Intenté arrastrarme hacia atrás, pero mi cuerpo no respondía como yo quería.
—Por favor… no me hagas daño —supliqué con la voz rota.
—Nunca lo haría, Alis —respondió con una suavidad inquietante.
Demasiado perfecta.
Pero su mano cerrándose con fuerza alrededor de mi brazo decía exactamente lo contrario.